La noche era joven y oscura, con un cielo cubierto de nubes espesas que bloqueaban incluso el más leve rastro de luz lunar. La fogata que Nalia y Egan habían encendido en el centro del templo en ruinas crepitaba con suavidad, proyectando sombras titilantes sobre las columnas quebradas y los muros decorados con glifos ancestrales. El ambiente parecía estar suspendido en un estado de calma tensa, como un suspiro contenido entre tormentas.
La chica observaba las llamas, inmersa en sus propios pensamientos, pero su atención estaba dividida. Él, sentado en un escalón desgastado al otro lado del fuego, estaba inquieto. Sus movimientos eran torpes, como si intentara ahogar una energía contenida que lo superaba. Su mirada, habitualmente sarcástica y fría, estaba fija en un punto invisible, perdida en un abismo de recuerdos.
El templo, una reliquia del mundo antiguo, irradiaba una presencia solemne y majestuosa, a pesar de su estado de decadencia. Las paredes estaban cubiertas de hiedra que se arrastraba como venas vivas, y el suelo, antaño de mármol pulido, estaba agrietado y cubierto de escombros. Las estatuas desmoronadas de figuras divinas flanqueaban los pasillos, con sus rostros erosionados por el tiempo pero aún imponentes.
El aire estaba cargado de humedad y un leve olor a moho, mezclado con el aroma a madera quemada de la fogata. El silencio era casi absoluto, roto solo por el ocasional crujir de las llamas y el susurro del viento al colarse entre las grietas de las paredes.
—¿Por qué estás tan callado? —preguntó Nalia al fin para romper el silencio. Su tono era casual, mas sus ojos estaban fijos en él con atención.
Él no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y dejando caer la cabeza entre las manos. El fuego reflejaba su silueta, proyectándola en las paredes como una sombra inquieta.
—¿Alguna vez te has preguntado si todo esto vale la pena? —dijo con voz baja, casi en un susurro.
Ella frunció el ceño. La vulnerabilidad en su tono era nueva, un contraste sorprendente con el hombre arrogante y seguro de sí mismo que había conocido.
—Depende de a qué te refieras con "esto" —respondió mientras mantenía su tono neutro.
El chico levantó la vista, con sus ojos oscuros encontrando los de ella y contestó:
—El odio. La lucha. La condena. Todo.
Nalia no respondió. Algo en su tono la obligó a guardar silencio, dándole espacio para continuar.
Egan inhaló hondo, como si el aire mismo fuera pesado de cargar.
—No siempre fui… esto —comenzó, al señalarse a sí mismo con un gesto vago. Sus ojos se desviaron hacia las llamas, como si buscaran respuestas en su danza errática—. Hubo un tiempo en el que creí en cosas. En la justicia, en los lazos familiares, en que el bien podía superar al mal —se detuvo, como si las palabras se negaran a salir—. Mi familia era todo para mí. Vivíamos en un pequeño pueblo, alejado de los grandes conflictos. Teníamos una vida sencilla, pero feliz. Hasta que llegaron las guerras.
Su voz se quebró ligeramente, y ella pudo ver cómo apretaba los puños.
—Los dioses decidieron que nuestra aldea era un lugar estratégico. Enviaron sus guerreros, sus monstruos. Mi gente no tuvo oportunidad. Mi madre… mi hermana pequeña… —él cerró los ojos, como si el recuerdo fuera demasiado doloroso para enfrentarlo directamente—. No quedó nadie.
El silencio que siguió fue ensordecedor. La joven lo rompió con suavidad al preguntar:
—¿Y Hades? ¿Cómo entra él en tu historia?
Él soltó una risa amarga y continuó:
—Apareció cuando estaba en mi punto más bajo. Estaba dispuesto a cualquier cosa por venganza, por justicia… por algo que me diera sentido. Hades lo sabía. Me ofreció un pacto: poder para destruir a aquellos que habían causado el sufrimiento de mi familia. A cambio, mi alma sería suya.
—¿Y aceptaste? —inquirió, aunque la respuesta era obvia.
—¿No lo harías tú? —replicó él con amargura. Su mirada se oscureció, llena de autodesprecio—. Al principio, fue… glorioso. Me convertí en una sombra viviente, capaz de infiltrarme en cualquier lugar, de cazar a mis enemigos sin ser visto. Pero pronto descubrí la verdad: no eran los mortales los responsables de la destrucción de mi aldea. Fueron los dioses mismos, jugando su juego eterno de poder y control —se levantó, comenzando a caminar en círculos alrededor del fuego—. Hades lo sabía desde el principio. Me usó como un peón, sabiendo que mi odio no tendría fin, que siempre encontraría un nuevo objetivo para mi ira. Cada vez que mato, cada vez que uso los poderes que me dio, siento cómo mi humanidad se desvanece un poco más.
Nalia lo observó en silencio, con sus palabras resonando en ella. Aunque sus caminos hacia el dios habían sido diferentes, comprendía la desesperación y el vacío que venían con estar atrapada bajo su yugo.
Egan se detuvo y la miró para decir:
—Por eso quiero esa reliquia, Nalia. No solo para vengarme de él, sino para acabar con este ciclo. Si puedo destruirlo, quizás haya esperanza para los demás… para los que aún no han caído bajo su control.
—Tienes razón en una cosa: esto tiene que terminar —asintió la chica—. Pero destruir a Hades no será suficiente. Si él cae, otro dios tomará su lugar. Lo que necesitamos es una manera de romper el sistema.