Sombras del inframundo

Capítulo 16

La tormenta azotaba con furia el bosque que rodeaba a Nalia y Egan. El cielo, ennegrecido por nubes ominosas, rugía con truenos que resonaban como el eco de un dios iracundo. Lluvia helada caía en torrentes, empapando la tierra y convirtiendo los senderos en lodazales resbaladizos. Las copas de los árboles, altas y densas, se inclinaban con peligrosidad bajo el embate del viento, dejando caer ramas rotas como dardos letales.

La chica corría a través del caos, con su capa de cuero pesado empapada que se pegaba a su piel. Habían sido emboscados por una criatura del inframundo enviada por Hades, una bestia que parecía materializarse de las mismas sombras que el joven controlaba. Sus ojos brillaban con un rojo feroz, y su cuerpo, una amalgama de extremidades escamosas y garras afiladas, emitía un hedor a azufre.

Con cada paso, el suelo blando cedía bajo sus botas, dificultando mantener el equilibrio mientras esquivaba los ataques del monstruo.

El bosque tenía un aura inquietante que parecía amplificada por la tormenta. Los árboles tenían formas retorcidas, sus ramas entrelazadas formaban arcos que parecían susurrar secretos oscuros. La vegetación era espesa, con helechos que se alzaban hasta las rodillas y espinas que desgarraban la ropa con facilidad. Un manto de neblina cubría el suelo, dificultando ver más allá de unos pocos metros. Entre la maleza, había restos de antiguas estructuras: columnas quebradas, pedestales cubiertos de musgo y piedras talladas con runas casi ilegibles.

Este no era un bosque común; era un lugar que el tiempo había olvidado y que Hades parecía usar como su campo de caza personal.

Nalia jadeó al saltar sobre un tronco caído, girando con rapidez para enfrentarse a la criatura que la perseguía. Había intentado usar sus dagas imbuidas en energía celestial contra ella, pero el monstruo parecía inmune. La criatura rugió, y el sonido reverberó en sus oídos, como si las sombras mismas se burlaran de ella.

La bestia atacó de nuevo, extendiendo una de sus garras. La joven rodó hacia un lado, pero el filo de la garra rasgó su brazo, dejando un rastro ardiente que hizo que apretara los dientes para no gritar.

«Maldito Hades», pensó mientras intentaba encontrar una estrategia. Sus poderes, entrenados para lidiar con almas errantes y demonios menores, no parecían tener efecto aquí. El monstruo era algo más, una manifestación del mismo inframundo, diseñada para quebrarla.

Cuando pensaba que sería el final, una sombra oscura pasó a su lado a una velocidad increíble. Egan emergió del manto de lluvia y neblina, moviéndose como una ráfaga de viento nocturno. Sus ojos brillaban con una intensidad diferente, como si el desafío le hubiera despertado algo primitivo.

—¡Mantente atrás! —le gritó mientras extendía las manos hacia el monstruo.

De las sombras que lo rodeaban surgieron tentáculos oscuros que se enrollaron alrededor de las extremidades de la criatura. Ésta luchó, rugiendo y desgarrando los tentáculos con sus garras, pero el muchacho no cedió. Sus poderes parecían un reflejo del mismo abismo del que el monstruo había surgido.

—¡No es inmortal! —gritó él, con su voz cortando la tormenta—. Ataca cuando lo inmovilice.

Nalia asintió, aunque su cuerpo estaba agotado. Reunió la energía restante en sus dagas, susurrando un antiguo encantamiento que las hacía brillar con un fulgor dorado. Mientras Egan luchaba por mantener a la criatura contenida, la muchacha corrió hacia ella, saltando sobre una roca para ganar altura.

Con un grito, hundió ambas dagas en el cuello del monstruo. La criatura lanzó un último rugido, y su cuerpo comenzó a desmoronarse en un torbellino de cenizas negras que se mezclaron con la lluvia y el barro.

Nalia cayó de rodillas, respirando con dificultad mientras la lluvia seguía cayendo sobre ella. Sentía el sabor metálico de la sangre en su boca y el dolor punzante en su brazo herido. Egan se acercó, aparentemente ileso, aunque las sombras que normalmente lo rodeaban parecían más apagadas.

—¿Estás bien? —preguntó, con su tono más suave de lo habitual.

La chica levantó la vista hacia él, sorprendida por el gesto. Por un momento, las cicatrices en su rostro parecían menos marcadas, y su figura, que siempre había parecido tan intimidante, ahora irradiaba algo casi humano.

—Sí… gracias —murmuró, intentando levantarse.

Egan se inclinó para ayudarla, agarrando su brazo bueno y levantándola con facilidad. La cercanía entre ambos era nueva, y Nalia no pudo evitar notar cómo los ojos oscuros de él parecían analizar cada uno de sus movimientos, como si buscara asegurarse de que realmente estaba bien.

Buscaron refugio en una cueva cercana que habían divisado antes del ataque. Era pequeña, con una entrada parcialmente cubierta por raíces que colgaban como cortinas. En el interior, el suelo estaba seco, y un leve calor parecía emanar de las paredes, como si la cueva tuviera su propia energía ancestral.

El chico encendió una fogata improvisada mientras ella trataba de vendar su brazo con un trozo de tela de su capa. Sus manos temblaban, no tanto por el frío, sino por la adrenalina aún corriendo por sus venas.

—Déjame hacerlo —dijo él al sentarse frente a ella.

Antes de que pudiera protestar, el joven tomó el vendaje y comenzó a envolver con cuidado su brazo. Sus movimientos eran sorprendentemente delicados, y la muchacha notó que sus manos, aunque grandes y marcadas, no temblaban en absoluto.




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