La madrugada había llegado con un cielo despejado, como si la tormenta de la noche anterior nunca hubiera ocurrido. El bosque, que antes parecía un lugar amenazante, ahora estaba envuelto en un resplandor dorado. Gotas de agua colgaban de las hojas, brillando como diminutos cristales. El aire estaba fresco, impregnado del aroma de la tierra mojada y el susurro de un arroyo cercano. A pesar de la calma, Nalia y Egan avanzaban en silencio, cada uno inmerso en sus pensamientos tras la intensa batalla que los había unido de una manera inesperada.
La cueva donde habían pasado la noche aún parecía cercana, pero ambos sentían que algo había cambiado en la dinámica entre ellos. Una tensión sutil flotaba en el aire, una mezcla de curiosidad, respeto y algo más que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar.
Mientras avanzaban, el bosque se abrió lentamente, revelando un valle cubierto de hierba alta que ondulaba como un océano bajo la suave brisa. En el centro del valle, había una formación rocosa con ruinas de columnas partidas y restos de lo que una vez fue un templo. El lugar emanaba una energía peculiar, como si el tiempo se hubiera detenido allí. La chica sintió un escalofrío al cruzar el umbral invisible del valle.
—Este lugar… es diferente —dijo en voz baja.
Egan, que caminaba unos pasos detrás de ella, asintió con una seriedad inusual y comentó:
—Está cargado de recuerdos. Algo grande ocurrió aquí.
Nalia giró para mirarlo, sorprendida por el tono melancólico en su voz. Su figura parecía extrañamente vulnerable bajo la luz del sol, como si las sombras que normalmente lo rodeaban se hubieran desvanecido momentáneamente.
Decidieron detenerse junto a un arroyo que serpenteaba cerca de las ruinas. El agua era cristalina, y su murmullo constante proporcionaba un alivio a la tensión acumulada. La joven se arrodilló para lavarse el rostro, observando cómo las gotas caían y se deslizaban por la corriente. Su reflejo le devolvió la mirada, cansado pero resuelto. Al girar la cabeza, notó que el chico la observaba desde una roca cercana, con sus ojos oscuros que la estudiaban con una intensidad que le hizo apartar la vista.
—¿Qué? —preguntó, tratando de sonar indiferente.
Él se encogió de hombros, mas la leve curva en sus labios delató que estaba disfrutando de incomodarla.
—Es extraño verte… tranquila —dijo al fin—. Casi siempre estás lista para pelear.
Ella lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión al inquirir:
—¿Y tú qué? Siempre pareces listo para desaparecer en las sombras. ¿Qué haces aquí, bajo el sol? ¿No te quema?
Él soltó una risa baja, algo que ella no había escuchado antes. Era un sonido genuino, desprovisto de la ironía que solía acompañar sus palabras. Por un momento, el peso de sus respectivas misiones parecía desvanecerse.
Cuando el joven se acercó para tomar agua del arroyo, sus manos rozaron las de ella. Fue un contacto fugaz, mas suficiente para enviar una descarga a través de ambos. La muchacha retiró la mano con rapidez, no obstante, no pudo evitar mirarlo. Sus ojos se encontraron, y durante unos segundos, el mundo alrededor pareció desvanecerse. El ruido del arroyo, el susurro del viento, incluso la presencia de las ruinas… todo se desdibujó.
—Lo siento —murmuró él, apartando la mirada.
Nalia negó con la cabeza, pero no dijo nada. Su corazón latía con fuerza, y la sensación de calor en su mano aún persistía.
Decidieron explorar las ruinas mientras el sol ascendía en el cielo. Las columnas desgastadas estaban cubiertas de musgo, y las inscripciones en las piedras eran apenas visibles, borradas por siglos de abandono. Egan se detuvo frente a un grabado que representaba a un hombre que sostenía una balanza.
—¿Crees que esto tiene algo que ver con nuestra búsqueda? —preguntó la chica al acercarse a él.
El muchacho pasó los dedos por el grabado, limpiando parte del musgo.
—Tal vez. Pero lo más interesante es lo que no está aquí —señaló un espacio vacío donde parecía faltar otra figura—. Esto fue borrado deliberadamente.
La chica frunció el ceño, sin embargo, antes de que pudiera responder, una ráfaga de viento repentina levantó hojas y polvo a su alrededor. Instintivamente, el chico extendió un brazo para protegerla y la atrajo hacia él. Ella tropezó, chocando contra su pecho.
El contacto fue inevitablemente prolongado. El joven la sostuvo por los hombros para estabilizarla, mas ninguno de los dos se movió de inmediato. Sus miradas se cruzaron de nuevo, esta vez más cerca, y la tensión que había estado creciendo entre ellos se volvió casi palpable.
—¿Siempre tienes que estar en el lugar adecuado para salvarme? —murmuró ella, intentando aliviar la incomodidad con una broma.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió él, con su voz más baja de lo habitual.
Sus manos permanecieron en sus hombros un momento más antes de que ambos se apartaran con torpeza, como si el calor del contacto fuera demasiado.
Mientras continuaban explorando, los dos estaban inusualmente callados. Nalia no podía dejar de pensar en lo que había sentido en esos momentos de proximidad. Había algo en él que la atraía, algo más allá de su apariencia o sus habilidades. Era su manera de cargar con su oscuridad sin dejar que lo consumiera por completo.