Sombras del inframundo

Capítulo 19

La noche se desplegaba como un manto de terciopelo negro sobre el paisaje mientras Nalia y Egan se refugiaban en un claro apartado, lejos del templo donde habían enfrentado a la criatura de sombras. Una fogata chisporroteaba con suavidad entre ellos, proyectando destellos dorados sobre sus rostros. La atmósfera, cargada de tensión no resuelta, parecía envolverlos con un calor diferente al del fuego.

El claro era pequeño, rodeado de árboles altos cuyos troncos parecían oscurecerse aún más bajo la débil luz lunar. Las hojas susurraban al viento, y un arroyo cercano añadía una serenata de agua corriendo. A lo lejos, se vislumbraba una colina que se levantaba como una sombra imponente contra el cielo tachonado de estrellas. El aire tenía el aroma de la tierra húmeda y los pinos, mezclado con el tenue olor a cenizas de la fogata.

Sobre el suelo cubierto de musgo, el chico había improvisado un pequeño espacio con mantas que había encontrado en su viaje. La muchacha, sentada con las piernas cruzadas, miraba el fuego como si buscara respuestas en las llamas danzantes.

El silencio entre ellos había sido denso desde el enfrentamiento en el templo. La joven no podía ignorar la fuerza de la conexión que habían sentido al luchar juntos. Era como si sus almas hubieran tocado algo profundo y desconocido, algo que la inquietaba tanto como la fascinaba.

—Hoy fue... diferente —dijo la chica para romper el silencio. Su voz era suave, pero cargada de significado.

Egan, quien afilaba con distracción la hoja de su daga, levantó la vista hacia ella. En la penumbra, sus ojos brillaban con un resplandor tenue, casi sobrenatural.

—Diferente es una forma de describirlo —respondió con una sonrisa torcida—. Nunca había sentido algo así antes.

Ella levantó una ceja, dudosa.

—¿Te refieres a las sombras? O... ¿a qué? —preguntó, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.

Él dejó la daga a un lado, se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas. La muchacha continuó:

—Me refiero a nosotros. Lo que pasó hoy... Esa conexión. Fue... extraño. Y poderoso.

La confesión lo hizo sentirse expuesto, y eso lo irritó. No estaba acostumbrado a abrirse, pero con ella, las palabras salían antes de que pudiera detenerlas.

Nalia sostuvo su mirada, buscando alguna señal de que esto fuera solo un comentario superficial. Pero los ojos de él eran honestos, aunque cargados de una vulnerabilidad que rara vez mostraba. Ella suspiró, sintiendo cómo una mezcla de emociones se arremolinaba en su pecho.

—Yo también lo sentí —admitió en voz baja, sorprendida por la sinceridad de sus propias palabras.

El viento se levantó, trayendo consigo una ráfaga de aire fresco que hizo temblar a la chica. El muchacho se levantó sin decir nada, tomó una manta y la colocó sobre sus hombros. Sus dedos rozaron con ligereza su cuello al hacerlo, y esa simple caricia hizo que un escalofrío recorriera la espalda de ella, aunque no tenía frío.

—Gracias —murmuró al sentir que su corazón comenzaba a latir con más fuerza.

Él se sentó de nuevo, pero esta vez más cerca. El fuego proyectaba sombras juguetonas en sus rostros, acentuando los ángulos de su mandíbula y los destellos en sus ojos. La tensión entre ellos se volvió casi tangible, como una cuerda tensada a punto de romperse.

—Nalia... —la llamó, con su voz apenas en un susurro—. A veces siento que no debería estar aquí. Que esta búsqueda, este viaje… no es mi lugar.

Ella lo miró con atención. Había algo en sus palabras que la tocaba profundamente.

—¿Por qué dices eso? —preguntó al inclinarse un poco hacia él.

Egan desvió la mirada hacia el fuego, con sus manos entrelazadas como si estuviera luchando por encontrar las palabras adecuadas.

—Por todo lo que he hecho. Las sombras no solo me rodean, Nalia. Soy parte de ellas. Y cada vez que uso este poder, siento que pierdo un pedazo de mí mismo. Como si me hundiera más en algo de lo que no podré salir.

Ella extendió una mano y la colocó sobre la suya, deteniendo su movimiento. El contacto lo hizo mirarla de nuevo, y por un instante, ambos quedaron atrapados en los ojos del otro.

—No eres solo sombras, Egan. Lo que hiciste hoy, salvándome, luchando a mi lado... Eso también es parte de ti.

Sus palabras eran sinceras, pero más que eso, estaban cargadas de una intensidad que hizo que el corazón del joven latiera con fuerza. Ninguno de los dos se movió, como si el tiempo se hubiera detenido en ese claro.

Fue un momento que no planearon, pero que ambos sintieron inevitable. Él inclinó la cabeza hacia ella, con una mezcla de duda y determinación en sus ojos. Ella no se apartó, con su respiración volviéndose más lenta mientras su mirada se fijaba en los labios de él.

Cuando finalmente se encontraron, el beso fue suave al principio, como si los dos estuvieran explorando un terreno desconocido. Mas pronto se volvió profundo, más intenso, como si la conexión que habían sentido en la batalla ahora se transformara en algo aún más poderoso.

Las sombras a su alrededor reaccionaron para moverse como si tuvieran vida propia, envolviendo el claro en un remolino de oscuridad y luz. El fuego parpadeó, como si fuera incapaz de competir con la energía que emanaba de ellos.




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