La bruma de la madrugada cubría el claro como un velo etéreo, envolviendo el entorno en un silencio pesado. Nalia estaba sentada al borde del arroyo que serpenteaba junto al campamento, con su mirada perdida en el agua que reflejaba los primeros destellos del amanecer. El beso de la noche anterior todavía ardía en su mente, como un eco persistente que la llenaba de sensaciones contradictorias.
El arroyo era un hilo de plata bajo la tenue luz del alba, flanqueado por rocas cubiertas de musgo y arbustos bajos. Los árboles alrededor del claro se alzaban como guardianes centenarios, con sus ramas extendiéndose hacia el cielo mientras dejaban pasar pequeños rayos de luz que danzaban sobre el suelo. El aire estaba impregnado de frescura y del débil aroma de la tierra mojada.
La chica había buscado refugio en este rincón apartado para ordenar sus pensamientos, lejos de la mirada intensa de Egan. El lugar, tan tranquilo y sereno, contrastaba con la tormenta que se desataba dentro de ella.
«¿Por qué lo permití?», se preguntó, con sus dedos jugando con el agua fría del arroyo. Sabía que él no era alguien en quien debía confiar completamente. Sus destinos estaban entrelazados, sí, pero no por elección, sino por las circunstancias que los habían empujado a estar juntos. Sin embargo, el beso no había sido algo impuesto. Había sido… natural, como si una fuerza invisible los hubiera atraído el uno hacia el otro.
La joven reflexionaba sobre su vida marcada por la soledad. Había construido muros a su alrededor, evitando cualquier tipo de cercanía, especialmente emocional. Pero él había encontrado una grieta, y eso la aterraba.
El sonido de hojas crujiendo detrás de ella la sacó de sus pensamientos. Giró con rapidez, con su instinto de guerrera activado, solo para encontrar al chico de pie a pocos metros, con una expresión que reflejaba la misma confusión que sentía ella.
Egan había estado caminando sin rumbo por el claro. No había podido dormir, con su mente atrapada en un torbellino de emociones. Cuando vio a Nalia junto al arroyo, algo en su pecho se contrajo. Quería acercarse a ella, pero no estaba seguro de qué decir. Finalmente, se decidió, aunque cada paso que daba le pesaba como una losa.
El borde del campamento estaba iluminado por los últimos vestigios de la fogata, que humeaba con debilidad. La hierba, aún húmeda por el rocío, crujía bajo sus botas mientras avanzaba.
—No quería interrumpir —dijo él, en voz baja pero lo suficientemente clara como para cortar el silencio.
La joven lo miró con los labios ligeramente fruncidos y su expresión en una mezcla de sorpresa y cautela.
—No lo has hecho —su respuesta fue breve, casi mecánica.
El muchacho se sentó en una roca cercana, a una distancia prudente. Había algo en la postura de ella, rígida y a la defensiva, que le indicó que debía proceder con cuidado.
—No he podido dormir —admitió después de unos minutos. Sus ojos estaban fijos en el arroyo, evitando la mirada de ella—. Lo de anoche... no puedo dejar de pensar en ello.
La muchacha suspiró, apartando la mirada hacia el agua.
—Yo tampoco. Pero eso no significa que deba significar algo —comentó, con su tono más cortante de lo que pretendía.
Egan frunció el ceño, herido por sus palabras, aunque no lo mostró abiertamente.
—¿No? —preguntó, tratando de mantener la calma—. Porque para mí, fue más que un simple momento. Fue... —se detuvo, buscando las palabras adecuadas—. Fue real.
Ella por fin lo miró, con sus ojos llenos de una mezcla de emociones: confusión, miedo y algo más que no podía identificar.
—Egan, no estoy diciendo que no lo fuera. Sin embargo, nuestras vidas son... complicadas. No hay espacio para... esto —hizo un gesto vago entre ambos, como si siquiera nombrarlo lo hiciera más real.
—¿Complicadas? —él dejó escapar una risa amarga—. Eso es quedarse corto. Y precisamente por eso creo que deberíamos aferrarnos a algo que nos haga sentir vivos.
El silencio se asentó de nuevo entre ellos, pesado pero no incómodo. Ambos estaban sumidos en sus propios pensamientos.
Para ella, el beso había removido algo profundo, algo que había enterrado hacía años: el deseo de conectar con alguien. Había vivido tanto tiempo para servir, para luchar, que había olvidado cómo era desear algo para sí misma. Mas abrirse a él también significaba exponer sus heridas, y no estaba segura de si estaba lista para eso.
Él, por su parte, estaba acostumbrado a la soledad. Había aceptado que su existencia estaba condenada a ser un reflejo de sombras y odio. Sin embargo, ella representaba algo distinto, algo que no podía ignorar. Y al mismo tiempo, temía que este sentimiento lo hiciera más débil, más vulnerable.
Egan se levantó, decidido a no dejar que el momento se desvaneciera en el aire como tantas cosas en su vida.
—Mira, no sé qué va a pasar mañana, Nalia. No sé si alguno de nosotros saldrá vivo de esta búsqueda. Pero sé que no quiero arrepentirme de no haber intentado algo que podría ser importante —su voz estaba cargada de emoción, y eso lo hizo sentir expuesto.
Nalia lo miró con fijeza, con su mente hecha una maraña de pensamientos. Sabía que él tenía razón en un sentido, no obstante, también sabía que este vínculo podría complicar aún más su ya caótica misión.