Sombras del inframundo

Capítulo 21

El amanecer apenas empezaba a iluminar el horizonte cuando Nalia y Egan se adentraron en un paisaje rocoso y desolado. Frente a ellos se extendía un terreno lleno de grietas profundas y peñascos erosionados por los siglos, que parecían formar la entrada a un laberinto natural. Las montañas cercanas, ennegrecidas por alguna catástrofe antigua, se alzaban como gigantes dormidos. En el aire flotaba una sensación de peligro inminente.

La entrada de la caverna que buscaban estaba parcialmente escondida entre las rocas más grandes. Un arco natural de piedra marcaba su inicio, cubierto por enredaderas secas y musgo de color grisáceo. En su interior, la caverna era un lugar sombrío, donde la luz apenas penetraba más allá de unos pocos metros desde la entrada. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones antiguas que parecían pulsar con debilidad un brillo verde esmeralda, como si respondiera a una energía oculta.

El suelo era desigual, lleno de escombros y pequeñas estalagmitas rotas, mientras que el techo estaba cubierto de afiladas estalactitas que goteaban agua en un ritmo monótono, amplificado por el eco. A medida que avanzaban, un extraño frío comenzaba a calar en sus huesos, aunque el aire estaba cargado de humedad.

—No me gusta esto —dijo la chica, con su voz en un susurro mientras sus ojos exploraban cada rincón de la caverna.

Él, que caminaba unos pasos por delante, sostuvo su daga con firmeza, con sus movimientos tensos pero seguros.

—Dudo que alguien lo haya diseñado para gustar —respondió, aunque en su interior compartía el mismo mal presentimiento.

Ambos habían estado siguiendo las pistas del mapa de sombras que habían activado juntos la noche anterior. Los trazos en sus mentes los habían conducido a este lugar, pero nada había señalado que sería un camino fácil. De hecho, la creciente sensación de ser observados no hacía más que aumentar a medida que se adentraban aún más.

Un crujido repentino rompió el silencio. Antes de que la joven pudiera advertir al muchacho, el suelo bajo sus pies cedió, revelando una trampa oculta. Ambos cayeron en un hoyo profundo, aterrizando con pesadez en el suelo de lo que parecía una cámara subterránea más grande.

Se levantaron con rapidez, con sus sentidos en alerta. La cámara estaba iluminada débilmente por un brillo rojizo que provenía de una fisura en el techo, como si las entrañas de la tierra ardieran sobre ellos. Las paredes estaban decoradas con símbolos extraños que parecían formar rostros distorsionados, como si la roca misma estuviera viva y los observara.

Antes de que pudieran orientarse, un grupo de criaturas emergió de las sombras. Eran humanoides, mas sus cuerpos parecían estar hechos de una materia oscura y líquida que fluía constantemente. Sus ojos eran pozos brillantes de un rojo intenso, y en sus manos portaban armas primitivas: espadas oxidadas y látigos hechos de sombras sólidas.

Eran sombras vivientes, sirvientes del inframundo, enviadas para detenerlos.

La primera criatura atacó a Egan con un movimiento veloz, blandiendo su látigo con una precisión letal. El joven lo esquivó por poco, rodando sobre el suelo y contrarrestando con un corte preciso de su daga. La hoja brilló con una luz oscura al impactar contra el ser, desintegrándolo en una nube de sombras que se desvaneció con rapidez.

—¡Nalia! ¡Son vulnerables a la luz concentrada! —gritó, esquivando otro ataque.

La aludida, que ya había desenfundado su espada, utilizó su energía interior para canalizar una ráfaga de luz hacia otra criatura. La sombra gritó con un sonido desgarrador antes de explotar en fragmentos que se disiparon en el aire.

Pero por cada criatura que caía, dos más parecían tomar su lugar. La caverna se llenó de un caos de sombras en movimiento, gritos y destellos de luz y oscuridad.

A medida que la batalla se intensificaba, Nalia y Egan comenzaron a trabajar en perfecta sincronía. Donde él atacaba con movimientos rápidos y letales, ella lo complementaba con explosiones de energía que iluminaban la cámara, debilitando a los enemigos lo suficiente para que el chico pudiera eliminarlos.

En un momento, una criatura más grande y poderosa, que parecía ser una especie de líder, se abalanzó sobre la muchacha. Su forma fluctuaba constantemente, haciendo difícil predecir sus movimientos. El joven, al ver el peligro, lanzó su daga con precisión, golpeando al ser y deteniéndolo justo antes de que la alcanzara.

—¡Cuidado! —gritó al correr hacia ella.

Ella asintió con rapidez, se levantó del suelo y concentró toda su energía en un solo ataque. Una onda expansiva de luz salió de su espada, barriendo a varias criaturas a la vez.

—Esto no termina —murmuró él mientras las criaturas continuaban apareciendo.

En medio del combate, Nalia notó que los símbolos en las paredes parecían brillar con más intensidad cuanto más luchaban. Entonces comprendió: la caverna misma estaba alimentando a las criaturas. Su energía combinada no solo las atraía, sino que las fortalecía.

—¡Egan! ¡Tenemos que destruir los símbolos! —gritó, señalando las inscripciones.

Sin dudarlo, él saltó hacia la pared más cercana, utilizando su daga para grabar sobre uno de los símbolos. Al hacerlo, una explosión de energía oscura lo lanzó hacia atrás, pero el símbolo quedó destruido.




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