Sombras del inframundo

Capítulo 22

El sol se ocultaba tras las montañas cuando Nalia y Egan llegaron al claro donde, según las antiguas leyendas, se encontraba el Oráculo de las Sombras. El lugar parecía suspendido en el tiempo, un fragmento de otro mundo incrustado en la tierra. En el centro del claro, rodeada por árboles retorcidos y flores que brillaban tenuemente con un resplandor sobrenatural, se erguía una estructura imponente: un templo de piedra negra y púrpura, desgastado pero intacto, como si la misma oscuridad lo hubiera preservado durante siglos.

El templo tenía un diseño único, con columnas que se alzaban como garras hacia el cielo. Sobre las paredes estaban talladas escenas de batallas antiguas entre sombras y luz, en las que figuras humanoides se enfrentaban a criaturas oscuras similares a las que habían combatido en la caverna. La entrada principal era un arco adornado con runas que emitían un leve brillo plateado, latiendo al ritmo de un corazón invisible.

Un aire pesado y cargado de energía rodeaba el lugar. Cada paso que daban hacia el templo parecía amplificar un eco invisible que vibraba en sus mentes, como si algo dentro de ellos respondiera al llamado de la construcción.

—¿Estás segura de esto? —preguntó Egan, con un tono más cauteloso de lo habitual.

Ella asintió, aunque su rostro traicionaba su inquietud, y contestó:

—Si el oráculo sabe algo sobre la reliquia o sobre lo que nos espera, no podemos ignorarlo.

La entrada los condujo a una sala circular envuelta en penumbras. Velas negras y violetas flotaban en el aire, derramando una luz que no parecía disipar la oscuridad, sino abrazarla. El suelo estaba cubierto por un mosaico de obsidiana que reflejaba las llamas, creando patrones caleidoscópicos bajo sus pies. En el centro de la sala, un pozo de sombras líquidas burbujeaba con lentitud, irradiando una energía hipnótica y peligrosa.

Frente al pozo, sentada en un trono de raíces y cristal, estaba el Oráculo. Era una figura andrógina envuelta en un manto hecho de humo, con sus rasgos difusos como si no existiera del todo en el plano físico. Sus ojos, dos orbes blancos sin pupilas, miraban con fijeza a los recién llegados.

—Los viajeros han llegado —murmuró con su voz resonando como si fuera un coro de susurros.

Nalia y Egan avanzaron con cautela hasta detenerse frente al pozo. Él, siempre desconfiado, se mantuvo a una distancia prudente, mientras ella daba un paso al frente.

—Buscamos respuestas —dijo con firmeza, aunque su voz temblaba ligeramente—. Sobre la reliquia, sobre nuestros poderes... sobre lo que está ocurriendo.

El Oráculo inclinó la cabeza, como si evaluara la honestidad de sus palabras.

—La reliquia... y los destinos que los atan a ella —dijo, alargando cada palabra—. Las sombras cantan tu llegada, Nalia, portadora del linaje traicionado, y tú, Egan, hijo del odio y la venganza. ¿Estáis listos para conocer la verdad?

Ambos intercambiaron una mirada cargada de incertidumbre. Finalmente, él dio un paso adelante, y con su voz llena de desafío respondió:

—No vinimos hasta aquí para detenernos. Habla.

El Oráculo levantó una mano, y las sombras del pozo comenzaron a elevarse, formando imágenes danzantes en el aire.

Primero, apareció una escena de destrucción: un reino consumido por las llamas y las sombras. Las figuras en la visión eran indistintas, pero la chica reconoció los símbolos de su linaje en las ruinas. Una mujer, que debía ser un antepasado suyo, extendió sus manos hacia el cielo mientras una figura oscura, imposible de identificar, se alzaba sobre ella.

—Tu linaje, Nalia, está ligado a la reliquia desde el principio. Fue creado con su poder y traicionado por su ambición. Para romper el ciclo, debes enfrentar la verdad de tus ancestros y aceptar el precio de la redención.

Antes de que pudiera procesar las palabras, la imagen cambió. Esta vez, mostraba al muchacho, mas no era el hombre que estaba junto a ella. Era más joven, casi un niño, encadenado en un lugar oscuro, con los ojos llenos de rabia y miedo. Frente a él, una figura gigantesca, que parecía ser Hades, extendía una mano cubierta de llamas negras.

—Tu odio, Egan, te guía, pero también te consume. La reliquia puede ser tu salvación o tu destrucción. La elección será tuya, pero el precio será más alto de lo que imaginas —informó el Oráculo.

La última visión mostró a ambos juntos, enfrentando a una criatura monstruosa. Sus poderes combinados irradiaban una energía tan intensa que la criatura retrocedía, pero la escena se tornó confusa. La criatura no estaba derrotada; algo más se alzaba detrás de ella, una presencia oscura y gigantesca que los hacía parecer diminutos.

El Oráculo dejó caer las sombras de vuelta al pozo, y la sala volvió a sumirse en penumbra mientras decía:

—La reliquia es la llave y la puerta. Si la encontráis, abriréis un camino que no puede cerrarse. Pero cuidado: no sois los únicos que la buscan. Y no todos vuestros aliados son lo que parecen.

—Eso no nos dice dónde encontrarla —se quejó el chico con el ceño fruncido—. ¿Dónde está la reliquia?

El Oráculo extendió una mano hacia el mosaico del suelo, y una luz tenue iluminó un mapa. Era el contorno de un continente, con una región montañosa destacada. En el centro, había una marca brillante que parecía moverse, como si el lugar exacto estuviera cambiando.




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