El amanecer apenas comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y rosados cuando el chico se apartó del campamento, dejando a la muchacha dormida junto al fuego moribundo. Había algo inquietante en los sentimientos que habían empezado a brotar dentro de él. Durante años, su vida había sido una línea recta hacia la venganza, un camino marcado por el odio y la determinación inquebrantable de destruir a Hades. Pero ahora, con ella en su vida, esa línea se tambaleaba, y no estaba seguro de si podría recuperarla.
Se adentró en el bosque cercano, buscando refugio en el silencio. Los árboles eran altos y retorcidos, con ramas que se entrelazaban en una red densa que apenas dejaba pasar la luz del sol. El suelo estaba cubierto de hojas húmedas y musgo espeso, y el aire tenía un aroma a tierra mojada y madera. Aunque el lugar parecía apacible, él sabía que escondía peligros; después de todo, ese mundo estaba plagado de criaturas que acechaban en las sombras.
Mientras caminaba, el bosque parecía reflejar su propio estado interior: un laberinto de emociones conflictivas, oscuro y difícil de atravesar. Su mente volvía una y otra vez al momento en que sus labios habían tocado los de la chica, esa chispa inesperada que había encendido algo dentro de él, algo que no entendía y que temía reconocer.
Por un lado, sentía que se traicionaba a sí mismo al permitir que esos sentimientos surgieran. Su misión era clara: la reliquia, Hades, venganza. No había espacio para nada más, mucho menos para el caos emocional que ella provocaba en él. Sin embargo, por otro lado, había algo en ella que lo desarmaba. Era su fuerza, su vulnerabilidad oculta, su capacidad para enfrentar la oscuridad sin dejarse consumir por ella. Nalia era, de alguna forma, un espejo de sus propios demonios, y eso lo aterrorizaba.
Después de caminar sin rumbo durante lo que parecieron horas, Egan encontró un claro. El espacio estaba rodeado de árboles con troncos tan anchos que parecían columnas de un templo antiguo. En el centro, un pequeño estanque reflejaba el cielo naciente, con su superficie inmóvil como un espejo perfecto. Se sentó en una roca junto al agua, apoyando los codos en las rodillas y dejando caer la cabeza entre las manos.
«¿Qué estás haciendo, Egan?», se preguntó a sí mismo. Sus pensamientos giraban en torno a Nalia, al modo en que había empezado a depender de ella, no solo como aliada, sino como una presencia que lo mantenía equilibrado. Pero depender de alguien era un lujo que no podía permitirse. ¿Qué pasaría si la perdía? ¿Si Hades, o las maldiciones de la reliquia, se la arrebataban? No estaba seguro de poder soportar otra pérdida.
El agua del estanque comenzó a ondular con suavidad y, por un momento, creyó ver un rostro en la superficie: el de su hermano menor, Arlen. Los recuerdos llegaron como un golpe: la risa de Arlen cuando eran niños, los días despreocupados antes de que Hades se cruzara en sus vidas y los destruyera. Fue la pérdida de su hermano lo que lo había empujado a este camino oscuro, el catalizador de su odio. Y ahora, cada vez que miraba a Nalia, sentía el mismo miedo que había sentido por Arlen: el temor de que la oscuridad le arrebatara a alguien importante.
Apretó los puños, tratando de sofocar la ola de emociones. «No puedes permitirte esto», se dijo. «No puedes». Pero las palabras sonaban huecas incluso para él.
De repente, una sombra cruzó el claro. Egan levantó la vista de inmediato, con su mano instintivamente yendo a la empuñadura de su espada. Sin embargo, no era una amenaza, sino ella, que había seguido su rastro. Llevaba el cabello suelto, y su expresión era una mezcla de curiosidad y preocupación.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la chica, cruzando los brazos mientras lo miraba con esos ojos oscuros que parecían ver más de lo que él estaba dispuesto a mostrar.
Él suspiró, apartando la mirada hacia el estanque y contestó:
—Pensando.
—Eso parece peligroso en tu caso —bromeó, aunque su tono tenía una nota de seriedad—. ¿Sobre qué?
Por un momento, el chico consideró mentir. Decirle que estaba revisando su estrategia, que estaba preocupado por el próximo paso. Pero algo en la mirada de ella lo desarmó, como si supiera que la verdad ya estaba escrita en su rostro.
—Sobre ti —admitió por fin, con su voz baja—. Sobre lo que estamos haciendo aquí. Sobre lo que está pasando entre nosotros.
La joven no dijo nada al principio, mas su expresión cambió para suavizarse.
—Egan… yo tampoco lo entiendo del todo. Pero creo que ninguno de los dos puede ignorarlo.
Él la miró y, por un momento, el peso de su confesión pareció aligerarse. No obstante, recordó lo que estaba en juego: la reliquia, su venganza, el precio que ambos podrían pagar por seguir ese camino. ¿Valía la pena arriesgarse a sentir algo más, sabiendo que el final podría ser catastrófico?
Sin darse cuenta, el muchacho extendió una mano hacia la superficie del agua. Las sombras comenzaron a fluir desde sus dedos para mezclarse con el reflejo del estanque. A medida que lo hacía, las imágenes cambiaron, mostrando destellos del futuro. Vio a la chica enfrentando una figura oscura, una sombra más grande y aterradora que cualquiera que hubieran encontrado hasta ahora. Vio sangre, dolor y algo que se parecía demasiado a la pérdida.
Retiró la mano con brusquedad, como si el agua lo hubiera quemado. Ella se acercó, mirando el estanque con preocupación.