La noche había caído con un manto espeso de oscuridad, cubriendo el paisaje con un silencio inquietante. El único sonido era el eco lejano del agua golpeando las rocas, un ritmo constante que parecía latir con el mismo pulso de la tierra.
Habían encendido un pequeño fuego, pero incluso su luz parecía incapaz de disipar las sombras que se arrastraban por las paredes. Ambos estaban exhaustos después de días de viaje y enfrentamientos. Decidieron turnarse para vigilar, aunque ninguno de los dos podía sacudirse la creciente tensión que los envolvía, una sensación de que algo en esa noche era diferente.
Cuando le tocó descansar, Nalia se tumbó cerca del fuego mientras se envolvía en su capa. El calor la abrazó y, poco a poco, se hundió en un sueño profundo. Mas en lugar del alivio que esperaba, el sueño la arrastró a un lugar sombrío.
Se encontraba en un desierto interminable, con el suelo cubierto de cenizas y el cielo teñido de un rojo carmesí, como si estuviera en llamas. El aire era pesado, casi imposible de respirar. A lo lejos, divisó una figura alta y oscura, con su silueta borrosa por el calor ondulante.
A medida que se acercaba, reconoció el rostro de Hades. Su sonrisa era cruel, y sus ojos, pozos vacíos de maldad, parecían perforar su alma.
—Así termina todo, Nalia —dijo, con su voz resonando como un trueno—. Tu linaje siempre estuvo destinado a traicionar. Mira lo que has hecho.
Alrededor de ella, comenzaron a aparecer figuras familiares. Su madre, su padre, y otros miembros de su familia que jamás había conocido en persona. Todos tenían las mismas marcas de traición grabadas en sus rostros, sombras que los consumían con lentitud. La última figura era ella misma, con los ojos vacíos y las manos cubiertas de sangre. Gritó, pero el sonido quedó atrapado en su garganta.
De repente, el suelo bajo sus pies se abrió, revelando un abismo lleno de sombras que la llamaban con voces susurrantes. Sintió que la oscuridad la arrastraba hacia abajo, una fuerza imparable que la despojaba de su humanidad, transformándola en una herramienta de destrucción. Antes de que pudiera resistirse, se despertó de golpe, sudando y con el corazón latiendo desbocado.
Mientras tanto, Egan, sentado junto al fuego, luchaba contra el agotamiento, pero finalmente cedió al cansancio. Cuando cerró los ojos, fue transportado a un lugar diferente. Se encontraba en un campo de batalla cubierto de cadáveres, con espadas rotas y estandartes desgarrados ondeando al viento. Reconoció el paisaje de inmediato: era el lugar donde había perdido a su hermano, Arlen.
Sin embargo, esta vez no estaba solo. Nalia estaba allí, de pie frente a él, con su expresión llena de reproche.
—¿Vale la pena todo este odio, Egan? —preguntó, con su voz tan fría como el viento que barría el campo.
Antes de que pudiera responder, una sombra gigantesca emergió detrás de ella. Era Hades, pero más monstruoso de lo que el chico lo recordaba, con su forma cambiando constantemente entre humanoide y bestia. La sombra extendió una mano y agarró a la joven para levantarla en el aire.
—Todo lo que amas, todo lo que tocas, está destinado a ser destruido, Egan —rugió el dios, con una voz que resonaba en el campo como un trueno.
El aludido intentó correr hacia ella, mas sus pies estaban atrapados en el suelo, como si raíces invisibles lo sujetaran. Vio a la muchacha siendo devorada por la oscuridad mientras su grito le perforaba los oídos. Entonces, el rostro de su hermano apareció entre las sombras, con una expresión llena de decepción.
—Fallaste una vez, y volverás a fallar —dijo Arlen, antes de desvanecerse junto con el resto de la escena.
Egan despertó con un jadeo, con sus manos temblando mientras buscaba su espada por instinto. El fuego todavía ardía con debilidad, pero el sudor frío en su frente y el peso en su pecho eran una clara señal de que no había escapado de la oscuridad, ni siquiera en sus sueños.
Ambos se miraron en silencio, conscientes de que algo perturbador había ocurrido.
—Tuviste un sueño también, ¿verdad? —preguntó ella para romper el silencio, con su voz apenas en un susurro.
Él asintió, sin atreverse a mirar directamente a sus ojos y contestó:
—No fue solo un sueño. Fue una advertencia.
—Hades se burla de nosotros. Nos muestra lo que más tememos para debilitarnos —la chica abrazó sus rodillas, mirando las llamas danzantes.
—No me importa lo que intente. No caeré en sus juegos —el joven apretó los dientes, con sus nudillos blancos mientras sostenía el mango de su espada.
—¿Estás seguro? —replicó ella, levantando la vista hacia él—. Porque yo… No sé si puedo enfrentar esto sola.
Egan la miró y, por un momento, su fachada dura se resquebrajó. Podía ver el miedo en sus ojos, el mismo miedo que había sentido en su propio sueño. Quería decirle que estaría bien, que juntos podrían superar cualquier cosa, mas las palabras se le atragantaron. No estaba seguro de poder cumplir una promesa como esa.
Ambos decidieron investigar más a fondo la caverna. Avanzaron hacia un rincón oscuro donde escucharon un goteo constante. Allí encontraron un estanque subterráneo, con su superficie completamente negra, como si estuviera hecha de tinta. Las sombras que bailaban en sus bordes parecían vivas, y cuando Nalia se inclinó para mirar, las imágenes comenzaron a formarse.