La mañana llegó con un aire gélido que penetraba hasta los huesos. A pesar de estar refugiados en las profundidades de un bosque cubierto por una niebla espesa, la sensación de peligro se mantenía latente. Los árboles se alzaban como centinelas, altos y oscuros, con sus ramas desnudas que se entrelazaban en un cielo gris. El suelo estaba cubierto de musgo húmedo y raíces retorcidas que parecían serpentear bajo sus pies, como si el bosque mismo estuviera vivo.
Nalia y Egan avanzaban con cautela, siempre atentos a cualquier señal de movimiento entre las sombras. Habían estado siguiendo el rastro de una criatura enviada por Hades, un guardián monstruoso que, según el oráculo, custodiaba un fragmento crucial de la reliquia. Pero el rastro no era lo único que los inquietaba; los dos sentían una energía opresiva que parecía crecer con cada paso que daban.
—¿Sientes eso? —preguntó ella en voz baja para romper el silencio.
Él asintió, con su mano firme en la empuñadura de su espada y contestó:
—Está cerca. No bajes la guardia.
De repente, un rugido gutural desgarró el aire, haciendo eco entre los árboles. El suelo tembló, y un grupo de aves escapó del dosel en un frenesí caótico. Ambos desenvainaron sus armas al instante, preparados para lo que estaba por venir.
La criatura emergió de entre las sombras, un coloso grotesco que parecía una amalgama de varias bestias. Tenía el cuerpo de un lobo gigante, mas sus extremidades terminaban en garras afiladas como guadañas. Su piel estaba cubierta de escamas negras que brillaban con un resplandor aceitoso, y sus ojos, de un rojo intenso, parecían arder con odio puro.
Con un salto increíblemente rápido para su tamaño, la bestia se lanzó hacia ellos, obligándolos a esquivar en direcciones opuestas. Egan rodó por el suelo, recuperándose justo a tiempo para interponer su espada entre él y las garras de la criatura. El impacto lo hizo retroceder varios metros, pero logró mantener el equilibrio.
—¡Nalia! —gritó, buscando a su compañera con la mirada.
Ella estaba detrás de la bestia, canalizando su energía sombría. Sus manos brillaban con una luz oscura que parecía absorber la poca luz que quedaba en el ambiente. Con un movimiento ágil, lanzó una ráfaga de sombras hacia la criatura, golpeándola en el costado y haciéndola gruñir de dolor.
—¡No te preocupes por mí! —respondió, concentrada en mantener su ataque.
La bestia giró su atención hacia ella, avanzando hacia la chica con una velocidad aterradora. El muchacho, viendo el peligro, corrió hacia la criatura, desviando su atención con un golpe directo a su flanco. Su espada atravesó las escamas, pero no lo suficiente como para causar un daño significativo.
La criatura rugió de nuevo, levantando una de sus patas y golpeando al joven con una fuerza que lo lanzó contra un árbol cercano. Nalia gritó al ver cómo su compañero caía al suelo, aturdido.
La bestia volvió su atención hacia ella, con su boca llena de dientes afilados abierta como si quisiera devorarla de un solo mordisco. La muchacha conjuró una barrera de sombras a su alrededor, mas sabía que no podría mantenerla por mucho tiempo. La energía de la criatura era abrumadora, y cada golpe que daba contra la barrera hacía que las sombras parpadearan y se debilitaran.
Egan se levantó tambaleante, con un corte profundo en la frente y su brazo izquierdo colgando de forma poco natural. A pesar del dolor, su mirada estaba fija en Nalia, quien luchaba desesperadamente por mantenerse en pie.
Con un rugido propio, el chico corrió hacia la criatura para lanzarse contra ella con una fuerza renovada. Esta vez, apuntó a uno de sus ojos, clavando su espada con precisión. La bestia aulló de agonía, retrocediendo y soltando un chorro de sangre negra que salpicó el suelo.
—¡Nalia, ahora! —gritó, aferrado a la espada que aún estaba incrustada en el ojo de la criatura.
La aludida no perdió tiempo. Aprovechando la distracción, reunió toda la energía que le quedaba y la lanzó en una explosión de sombras que envolvió por completo a la bestia. La oscuridad se retorció alrededor de ella, sofocándola y desgarrándola desde dentro.
Cuando la luz finalmente regresó, la criatura yacía inmóvil en el suelo, con su cuerpo reducido a un montón de escamas humeantes.
Egan cayó de rodillas, agotado. La chica corrió hacia él y se arrodilló a su lado.
—¿Estás bien? —preguntó, con la voz llena de preocupación mientras examinaba sus heridas.
Él la miró, intentando sonreír a pesar del dolor y respondió:
—He estado mejor, pero… no te preocupes por mí. Estoy vivo.
Ella sacó vendas de su bolsa y comenzó a envolver su brazo, intentando detener el sangrado. Aunque sus movimientos eran precisos, sus manos temblaban.
—No tenías que hacer eso —dijo en voz baja, sin mirarlo a los ojos—. Pusiste tu vida en peligro por mí.
Egan levantó una ceja, intentando aliviar la tensión con un comentario sarcástico.
—¿Y dejar que esa cosa te convierta en su cena? No, gracias.
Nalia sonrió débilmente, pero su expresión se ensombreció con rapidez.
—Hiciste algo imprudente. Si hubieras muerto…