Sombras del inframundo

Capítulo 27

El bosque que los había rodeado durante días dio paso a un vasto prado iluminado por una luna llena. Las hierbas altas se mecían al ritmo de un viento suave y brillaban con un tono plateado bajo la luz nocturna. A lo lejos, un río serpenteaba entre colinas bajas, reflejando el cielo estrellado como un espejo quebrado. Este lugar, a diferencia de los oscuros escenarios anteriores, parecía ofrecer un respiro de la constante amenaza del inframundo.

Nalia y Egan caminaron en silencio hasta detenerse junto al río. Ambos estaban exhaustos después del enfrentamiento con la criatura, pero más que el cansancio físico, lo que los agobiaba eran las emociones acumuladas que parecían querer desbordarse esa noche.

El chico, con el brazo aún en cabestrillo y el rostro marcado por heridas recientes, dejó caer su espada al suelo y se sentó al borde del río. El agua, fresca y cristalina, fluía con un murmullo constante, como un susurro reconfortante. La joven permaneció de pie mientras lo observaba en silencio. Sus propios pensamientos eran un torbellino, y el peso de lo no dicho comenzaba a hacerse insoportable.

—Te ves cansado —dijo finalmente para romper el silencio.

Él dejó escapar una risa suave, sin levantar la vista y preguntó:

—¿Esa es tu forma de decir que me veo horrible?

—No —esbozó una leve sonrisa—. Es mi forma de decir que deberías descansar.

Él levantó la mirada hacia ella, con sus ojos brillando con algo más que el reflejo de la luna y contestó:

—Tú también deberías hacerlo. Pero aquí estamos, ¿no?

La muchacha suspiró y se sentó a su lado, con las piernas cruzadas. Durante un momento, ambos se quedaron en silencio, contemplando el río y la forma en que las estrellas parecían bailar en su superficie.

—Egan —comenzó, con la voz apenas audible—. Sobre lo que pasó antes…

—¿Qué parte? —respondió él, con un tono que intentaba ser ligero pero cargado de tensión.

—Cuando arriesgaste tu vida por mí.

Él desvió la mirada hacia el agua, como si temiera lo que estaba a punto de decir.

—Ya hablamos de eso, Nalia. No hay nada más que explicar.

—Sí, lo hay —lo miró fijamente, obligándolo a encontrarse con sus ojos—. Lo hiciste porque te importa, ¿verdad?

Egan sostuvo su mirada durante unos segundos, mas luego suspiró y volvió a mirar al río.

—¿Qué quieres que diga? Que sí, que me importas más de lo que debería. ¿Que cada vez que estamos en peligro, lo único que pienso es en cómo sacarte de ahí con vida?

Ella sintió cómo su corazón se aceleraba ante sus palabras, y al mismo tiempo, el peso del miedo comenzó a envolverla.

—Egan… no podemos permitirnos esto.

—Lo sé —dejó escapar una risa amarga—. Créeme, lo sé. Pero aquí estamos.

El viento sopló con más fuerza, haciendo que las hierbas susurraran entre ellas, como si el mundo mismo estuviera pendiente de su conversación.

—Toda mi vida —comenzó ella, con su voz temblando ligeramente— he sido una herramienta para otros. Mi linaje, mis poderes… siempre han sido una carga, algo que otros han intentado usar para sus propios fines. Y ahora, aquí estoy, luchando contra dioses y monstruos, y lo único que temo más que fallar es…

—¿Qué? —preguntó él al girarse hacia ella.

La chica tomó aire para reunir el valor y continuar:

—Es sentir. Sentir algo por alguien y que eso me haga débil.

Él se quedó en silencio por un momento, procesando sus palabras. Finalmente, habló, con su voz más suave de lo habitual:

—¿Crees que sentir algo te hace débil?

—No lo sé. Pero sé que me da miedo.

Él asintió con lentitud, como si entendiera perfectamente lo que ella estaba diciendo y confesó:

—A mí también me da miedo.

—¿A ti? —La muchacha lo miró, sorprendida.

—¿Crees que esto es fácil para mí? —dejó escapar una risa sin humor—. He pasado años alimentando mi odio, mi rabia, para mantenerme enfocado en lo que quiero. Pero desde que te conocí, todo eso se ha vuelto más… complicado.

—Egan…

—Nalia, no estoy diciendo que esto sea una buena idea. Pero tampoco puedo ignorarlo.

La tensión entre ellos era palpable, como una cuerda a punto de romperse. La chica desvió la mirada, incapaz de sostener su intensidad y comentó:

—Si dejamos que esto crezca, podría destruirnos.

—O podría salvarnos —respondió él sin titubear.

Ella lo miró de nuevo, con su rostro reflejando la lucha interna que sentía.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

El chico dejó escapar un suspiro al inclinarse ligeramente hacia ella y dijo:

—No estoy seguro. Lo que sí sé es que si no enfrentamos lo que sentimos, eso también nos destruirá.

El silencio que siguió fue tan pesado como el aire antes de una tormenta. Por fin, ella se permitió relajar los hombros y mirarlo con sinceridad.




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