Sombras del inframundo

Capítulo 28

La noche había caído sobre el campamento. Se encontraban en un claro rodeado de altos abedules, cuyas hojas susurraban al ritmo del viento nocturno. Una tenue luz plateada se filtraba a través de las ramas, creando sombras que danzaban sobre la hierba húmeda. Habían decidido no encender una fogata para evitar llamar la atención, pero el ambiente tranquilo ocultaba la tormenta que estaba a punto de desatarse.

El río que serpenteaba cerca ofrecía un sonido constante y reconfortante. A lo lejos, el ulular de un búho rompía la quietud, un recordatorio de que no estaban completamente solos.

Egan estaba sentado sobre una roca plana, repasando con cuidado las runas grabadas en su espada. A pesar de las heridas aún frescas, su determinación era inquebrantable. Nalia, por su parte, estaba a pocos pasos de él, explorando las páginas desgastadas de un libro antiguo que habían encontrado en el último templo.

—¿Qué crees que significa esta marca? —preguntó ella, mostrando un dibujo en el libro.

Él levantó la mirada, con sus ojos verdes brillando bajo la luz de la luna y respondió:

—Es un símbolo de advertencia. Algo sobre una barrera rota.

—Genial —contestó con sarcasmo—. Como si no tuviéramos suficientes problemas.

Un crujido proveniente del bosque interrumpió su conversación. Ambos se pusieron tensos al instante, con sus sentidos en alerta.

—¿Lo has oído? —preguntó ella en un susurro.

El chico asintió al ponerse de pie y desenvainar su espada.

—No estamos solos.

La calma del bosque se rompió con un rugido gutural. De entre las sombras emergieron tres figuras grotescas, criaturas del inframundo con piel escamosa, ojos rojos como el fuego y garras que brillaban bajo la luz de la luna. Sus movimientos eran ágiles y coordinados, como depredadores acechando a su presa.

—¡Cuidado! —gritó Egan al posicionarse entre Nalia y las criaturas.

El primer monstruo saltó hacia ellos, pero el chico lo recibió con un corte limpio de su espada, que chisporroteó con energía mágica al hacer contacto. El segundo se abalanzó sobre la chica, pero ella reaccionó con rapidez al extender una mano y desatando un látigo de sombras que atrapó a la criatura por el cuello para inmovilizarla momentáneamente.

—¡Son más rápidos de lo que parecen! —gritó ella al retroceder mientras intentaba mantener el control.

El tercer monstruo, más grande que los otros, emitió un rugido que reverberó en todo el claro antes de cargar contra ambos. Su fuerza era tal que el suelo tembló bajo sus pasos.

El muchacho, sin dudarlo, corrió hacia él, girando su espada con precisión. Pero la criatura lo golpeó con una de sus garras, lanzándolo contra un árbol cercano.

—¡Egan! —gritó la chica al ver cómo él se desplomaba al suelo.

La furia y el miedo se mezclaron en su interior, alimentando sus poderes. Extendió ambas manos y convocó una ráfaga de sombras que envolvió a las tres criaturas. Las sombras serpenteaban como serpientes vivas, apretando con fuerza hasta que los rugidos se convirtieron en aullidos de dolor.

Pero el monstruo más grande resistió. Rompió las sombras con un movimiento violento y avanzó hacia ella, con sus ojos brillando con un odio insaciable.

A pesar del golpe, Egan se levantó tambaleante, con sangre resbalando por su sien. Al ver que la criatura estaba a punto de alcanzar a la muchacha, reunió todas sus fuerzas y cargó hacia ella.

—¡Apártate! —gritó mientras la empujaba a un lado justo antes de que el monstruo embistiera.

El impacto lo hizo caer al suelo, pero no soltó su espada. En un movimiento desesperado, la clavó en el pecho de la criatura, liberando una explosión de energía que iluminó el claro.

La criatura emitió un rugido final antes de desplomarse, inerte.

El muchacho cayó de rodillas, jadeando y sosteniendo su costado donde una de las garras lo había alcanzado. Nalia corrió hacia él, con sus ojos llenos de preocupación, y preguntó:

—¡Egan! ¿Estás bien?

Él levantó la vista hacia ella, esbozando una sonrisa débil para contestar:

—He tenido noches mejores.

Nalia se arrodilló a su lado, colocando una mano sobre la herida para detener la sangre.

—No vuelvas a hacer algo así. Podrías haber muerto —le advirtió con los ojos vidriosos por las lágrimas no derramadas.

—Y tú podrías haber sido destrozada. No iba a permitirlo.

Ella lo miró, con sus ojos llenos de emociones contradictorias.

—No tienes que protegerme, Egan. Puedo cuidar de mí misma.

—Lo sé. Pero no puedo evitarlo.

El silencio que siguió estuvo cargado de tensión. El rugido del río y el suave murmullo del viento eran los únicos sonidos que llenaban el aire.

—No entiendes lo que esto significa para mí, ¿verdad? —dijo él al fin, con su voz baja pero firme.

Ella lo miró, confundida, y preguntó:

—¿El qué?

—El miedo de perderte —él desvió la mirada, como si las palabras fueran demasiado difíciles de decir en voz alta—. Antes de conocerte, todo lo que tenía era mi odio. Mi deseo de venganza era lo único que me mantenía vivo. Pero ahora… ahora no puedo imaginar este viaje sin ti.




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