Sombras del inframundo

Capítulo 29

La travesía los había llevado a una región desconocida, donde las montañas se alzaban como gigantes silenciosos. El aire estaba impregnado de un aroma fresco, a tierra húmeda y hojas recién caídas. Después de días enfrentando peligros y caminando sin descanso, al fin encontraron un rincón que parecía seguro.

El lugar era un valle oculto, rodeado por paredes de roca que formaban una barrera natural. En el centro corría un arroyo cristalino, con su agua tintineando con suavidad mientras continuaba su curso. El suelo estaba cubierto de una alfombra de musgo esponjoso y flores silvestres en tonos púrpura y amarillo. Sobre ellos, el cielo se extendía despejado para ofrecer una vista infinita de estrellas titilantes.

Egan fue el primero en explorar el terreno, con su espada aún desenvainada, mientras Nalia inspeccionaba el arroyo. La tranquilidad del lugar era desconcertante después de tantas noches de peligro constante.

—Parece que estamos a salvo, al menos por ahora —dijo él, guardando por fin su espada para dejarse caer sobre el musgo.

La chica asintió, con sus ojos oscuros reflejando la luz de las estrellas.

—Es hermoso. Casi parece irreal.

Sacó su cantimplora, la llenó en el arroyo y bebió con avidez antes de pasarla a su compañero. Él la aceptó con una leve inclinación de cabeza, con su semblante más relajado de lo habitual.

—No recuerdo la última vez que estuvimos en un lugar como este —murmuró el chico, mirando el cielo.

—Tal vez nunca lo hemos estado —respondió ella, dejando escapar una pequeña risa—. Siempre parece que estamos huyendo o peleando.

Él soltó una risa ronca, breve pero sincera, y comentó:

—Es cierto. Supongo que hemos olvidado cómo detenernos.

La muchacha se sentó junto a él, dejando que el sonido del agua llenara el silencio entre ellos. Sus manos descansaban sobre su regazo, y sus pensamientos parecían más ligeros por primera vez en semanas.

—¿Qué harías si todo esto terminara mañana? —preguntó ella para romper el silencio.

El joven ladeó la cabeza, considerando la pregunta.

—No lo sé. Nunca he pensado en un “después”. Mi vida siempre ha sido un ciclo de lucha.

—¿Y si pudieras elegir? —insistió ella, con una curiosidad genuina.

Él la miró, con sus ojos verdes brillando con una intensidad que ella no esperaba.

—Supongo que buscaría algo parecido a esto. Un lugar tranquilo, lejos de todo.

La chica asintió con lentitud al comprender más de lo que él decía con sus palabras.

Después de un rato, Egan fue quien rompió el silencio:

—Hay algo que nunca te he contado.

Nalia levantó la mirada, sorprendida por el cambio de tono en su voz.

—¿Sobre qué?

—Sobre mi familia —él tomó una piedra pequeña del suelo y la hizo rodar entre sus dedos. Ella no dijo nada para darle el espacio y continuar—: Mi madre era una sanadora —comenzó, con su voz más baja de lo habitual—. Vivíamos en una aldea pequeña, aislada, donde todos la respetaban. Pero también había quienes la temían. Decían que su don venía de los dioses oscuros —hizo una pausa, con la mirada fija en el arroyo—. Un día, los rumores se volvieron más grandes. Un grupo de hombres irrumpió en nuestra casa. Dijeron que mi madre había traído una maldición al pueblo y que debían “limpiarla”.

La joven sintió un nudo en el estómago, mas permaneció en silencio.

—Intenté detenerlos, pero solo era un niño. No pude hacer nada. La arrastraron fuera, y… —él cerró los ojos, respirando profundamente antes de proseguir—. La quemaron frente a mí.

La muchacha extendió una mano y la colocó sobre la de él, que aún sostenía la piedra.

—Lo siento, Egan.

El chico sacudió la cabeza, como si quisiera apartar el peso de sus recuerdos.

—Desde ese día, juré que nunca más sería impotente. Que protegería lo que me importa, sin importar el costo.

—Has pasado por tanto… —Nalia apretó su mano con más fuerza—. Y, sin embargo, sigues adelante. Eso dice mucho de quién eres de verdad.

El muchacho dejó escapar una risa amarga.

—¿Y quién crees que soy, Nalia?

Ella lo miró directamente a los ojos y respondió:

—Alguien que lucha por lo que cree. Alguien que ha cargado con más de lo que debería, pero que aún tiene esperanza, aunque no lo admita.

Después de un rato, la chica habló, con su voz apenas en un susurro:

—Yo tampoco he sido completamente honesta contigo.

—¿Sobre qué? —él levantó una ceja, curioso.

—Mi padre. Siempre lo describo como un hombre frío, calculador, obsesionado con el poder. Aunque no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que me cuidaba, me enseñaba cosas, me hacía reír.

El chico la observó en silencio para permitirle continuar.

—Cuando murió mi madre, algo cambió en él. Se volvió distante, como si hubiera perdido una parte de sí mismo. Creo que trataba de protegerme a su manera, sin embargo, lo único que consiguió fue alejarme —se llevó las manos al rostro, como si intentara contener una oleada de emociones—. Y ahora… ahora ni siquiera sé quién soy sin él.




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