El amanecer rompió el silencio del valle mientras el cielo se teñía de tonos dorados y rosados. Nalia y Egan despertaron con una extraña sensación de resolución. El descanso en aquel lugar seguro les había renovado la determinación. El camino hacia la reliquia, marcado por las pistas del oráculo, parecía finalmente a su alcance.
El mapa que habían encontrado en el templo antiguo los guiaba hacia una montaña al oeste. La reliquia, según el oráculo, estaba oculta en una caverna en la cima, protegida por magia ancestral. Mientras se ponían en marcha, el paisaje comenzó a transformarse: los verdes valles dieron paso a terrenos más áridos y rocosos. La vegetación escaseaba, y el aire se volvía más frío y denso con cada paso hacia la cima.
Después de horas de ardua escalada, se encontraron frente a una abertura oscura en la roca. La entrada de la caverna estaba adornada con antiguos grabados que brillaban tenuemente, como si la magia que los protegía aún estuviera viva.
—Este es el lugar —dijo él al limpiarse el sudor de la frente mientras desenvainaba su espada, más por costumbre que por necesidad.
Nalia pasó los dedos por los grabados, sintiendo un leve cosquilleo en la piel.
—Es magia vinculante —murmuró—. Algo que mantiene a las criaturas del inframundo fuera. Pero nosotros…
—¿Podremos entrar? —preguntó, mirándola con atención.
—Creo que sí. No somos del inframundo, pero nuestras maldiciones… —se detuvo, con sus ojos oscuros llenos de duda.
—No tenemos otra opción. Vamos —Egan colocó una mano en su hombro.
Con un leve asentimiento, ambos cruzaron el umbral.
El interior de la caverna estaba iluminado por cristales incrustados en las paredes, que irradiaban una luz tenue y etérea, proyectando sombras danzantes. El aire olía a humedad y a magia antigua. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones que contaban historias de dioses y mortales, de sacrificios y poder.
—Es como si la historia misma estuviera grabada aquí —susurró ella, fascinada por los relieves.
Él, siempre práctico, mantuvo su atención en el camino y comentó:
—No podemos distraernos. Si esta reliquia está tan bien protegida, algo nos espera.
Sus palabras parecieron invocar una respuesta. Un rugido profundo resonó en el interior de la caverna, y el suelo tembló bajo sus pies.
—Por supuesto —dijo él con amargura, desenvainando su espada—. No podía ser tan fácil.
De las sombras emergió una criatura gigantesca, con un cuerpo parecido al de un león, pero cubierto de escamas negras que relucían a la luz de los cristales. Sus ojos eran dos orbes rojos que brillaban con una inteligencia sobrenatural, y su cola era una serpiente viva, siseante y amenazante.
—Un mantícora —murmuró la chica mientras retrocedía un paso—. Esto no será sencillo.
—¿Alguna vez lo es? —replicó él al prepararse para el combate.
La criatura rugió de nuevo y se lanzó hacia ellos. El chico esquivó el primer ataque por poco, mientras ella extendía las manos, convocando las sombras que ahora respondían a su llamado con mayor facilidad.
Las sombras se arremolinaron alrededor de la manticora, intentando inmovilizarla. Sin embargo, la criatura luchó con furia, con sus escamas brillando con un destello mágico que repelía los ataques.
—¡No es suficiente! —exclamó Nalia, jadeando por el esfuerzo.
El joven se lanzó al frente, con su espada buscando un punto débil entre las escamas. Logró asestar un golpe en una de las patas delanteras, mas el mantícora contraatacó con su cola, golpeándolo con fuerza y enviándolo al suelo.
—¡Egan! —gritó ella al correr hacia él.
Él se levantó con dificultad, sangrando por un costado, mas con los ojos llenos de determinación y dijo:
—Tenemos que hacerlo juntos. Usa nuestras sombras combinadas.
La muchacha asintió, y ambos cerraron los ojos por un instante, dejando que sus poderes fluyeran en sincronía. Las sombras alrededor de ellos se intensificaron, envolviéndolos en una esfera de oscuridad que se extendió hacia la criatura.
La mantícora rugió, luchando contra la presión de la magia combinada, mas las sombras encontraron su camino hacia los ojos rojos para cegarlo momentáneamente. Egan aprovechó la apertura y dirigió un golpe certero al cuello de la bestia, esta vez rompió su defensa mágica.
Con un último rugido, la mantícora cayó, con su cuerpo desvaneciéndose en cenizas que se dispersaron por el aire.
El silencio regresó, pesado pero lleno de expectación.
—Eso fue… agotador —murmuró él mientras se limpiaba el sudor de la frente y cojeaba hacia el centro de la caverna.
Nalia se acercó a él, pasando un brazo por debajo del suyo para ayudarlo a mantenerse de pie.
—Pero lo logramos. Mira.
Frente a ellos se encontraba una plataforma elevada, rodeada por un círculo de cristales brillantes. Sobre la plataforma descansaba un objeto pequeño, pero cargado de energía.
La reliquia era un anillo de metal negro, adornado con runas que parecían moverse como si tuvieran vida propia. Una luz pulsaba en su interior, como el latido de un corazón.