El aire en la caverna se volvió denso, cargado con una sensación opresiva que Nalia y Egan sintieron de inmediato. Los cristales que iluminaban la sala perdieron su brillo, sumergiendo el espacio en penumbras. Una presencia helada recorrió la habitación, erizándoles la piel.
Un eco de risas resonó desde las sombras, reverberando en las paredes como una melodía siniestra. La chica apretó la reliquia en su mano, mientras él, aún sangrando por las heridas de la batalla anterior, levantaba su espada con esfuerzo.
—Qué conmovedor. Dos mortales enfrentándose a lo imposible con tanto… ¿cómo lo llaman? ¿Esperanza? —La voz gélida y autoritaria llenó el espacio.
Desde las sombras emergió una figura imponente. Hades, el dios del Inframundo, se presentó ante ellos con su usual porte intimidante. Su cabello negro caía en ondas perfectas, y sus ojos oscuros brillaban con un destello burlón. Vestía una armadura negra ornamentada con relieves de huesos y cadenas, que parecían moverse como si tuvieran vida propia.
—Hades —murmuró ella, apretando la reliquia con más fuerza.
El dios inclinó la cabeza ligeramente, con una sonrisa fría que le curvaba en sus labios.
—Sorprendidos, ¿verdad? ¿De verdad pensasteis que encontrar una reliquia capaz de liberaros de vuestras maldiciones sería tan sencillo?
Con un chasquido de sus dedos, el dios alteró el entorno. La caverna desapareció, y los tres se encontraron en un paisaje que parecía sacado de una pesadilla. El cielo era de un negro perpetuo, atravesado por nubes rojas y relámpagos oscuros. El suelo bajo sus pies era árido, como ceniza comprimida, y ríos de lava fluían en la distancia, emitiendo un calor abrasador.
—Bienvenidos a mi dominio —dijo al extender los brazos como si mostrara un tesoro.
—¿Qué estás haciendo? —gruñó Egan, dando un paso al frente, aunque el dolor en su costado lo hacía tambalearse.
—Simplemente poniendo las cosas en contexto —Hades lo observó con indiferencia—. No quiero que os vayáis de aquí con falsas ilusiones —se giró hacia Nalia, quien todavía sostenía la reliquia—. Ese anillo que tienes en las manos es una obra maestra, ¿no te parece? La artesanía, las runas que parecen cobrar vida… Todo diseñado para tentar a los desesperados como vosotros.
La chica lo miró fijamente, con su respiración acelerada, y preguntó:
—¿Qué significa eso?
Hades dejó escapar un suspiro teatral, como si estuviera hablando con niños que no entendían lo obvio y explicó:
—Significa que es una trampa. Esa reliquia no os liberará de vuestras maldiciones. Al contrario, las reforzará. Si decides usarla, Nalia, no solo no recuperarás tu humanidad, sino que perderás todo rastro de quien eres. Te convertirás en un ser completamente consumido por las sombras.
Las palabras golpearon a la muchacha como un mazo. Sus manos comenzaron a temblar, y casi dejó caer la reliquia.
—Eso no puede ser cierto…
—Oh, pero lo es —Hades sonrió con crueldad—. Es mi manera de garantizar que mis "acuerdos" sean respetados.
Egan avanzó con dificultad, empuñando su espada con ambas manos e inquirió:
—¿Por qué molestarte en decirnos esto? Podrías habernos dejado caer en tu trampa.
El dios se rio con una carcajada baja y profunda que resonó en el paisaje.
—Porque me divierte veros luchar con vuestras pequeñas decisiones. Creéis que sois héroes, que podéis vencerme. Pero sois simples peones en un juego mucho más grande.
La chica miró el anillo con horror. Las runas parecían brillar con más intensidad, como si respondieran a la presencia del dios.
—No puedo… No puedo permitir que esto me consuma —dijo, arrojando la reliquia al suelo.
—Buena elección —la sonrisa del dios se amplió—. Aunque, debo decir, que eso no cambia mucho. Sigues atrapada en mi juego, querida.
Egan, aún tambaleante, levantó su espada y lo señaló mientras decía:
—No somos tus peones. Encontraremos una forma de romper tus maldiciones, incluso si eso significa enfrentarnos a ti.
Hades alzó una ceja, claramente entretenido.
—¿De verdad crees que puedes desafiarme, mortal? —preguntó, con su tono cargado de amenaza.
Un chasquido de sus dedos bastó para que el chico cayera al suelo, sujetándose el pecho mientras un dolor insoportable recorría su cuerpo.
—¡Basta! —gritó Nalia al arrodillarse junto a él.
El dios la miró con desdén y dijo:
—Siempre me sorprende lo rápido que os sacrificáis por los demás. Es tan... humano.
Antes de que Hades pudiera continuar, algo inesperado sucedió. Una luz brillante surgió del cielo oscuro, perforando las nubes como un rayo de esperanza. El dios retrocedió un paso, con su expresión cambiando de burla a sorpresa.
—¿Qué es esto? —gruñó, entrecerrando los ojos hacia la luz.
De la luz emergió una figura alta y majestuosa, con una armadura dorada que reflejaba un brillo celestial. Era alguien que irradiaba autoridad y poder, un opuesto directo al aura de Hades.