La noche era oscura y sofocante, como si el mundo entero hubiera dejado de respirar. Nalia y Egan habían encontrado un momento de respiro después del encuentro con Helios, acampando cerca de un lago de aguas plateadas que reflejaban las estrellas como un manto celestial. Los árboles que rodeaban el lago eran altos y antiguos, con ramas nudosas que se extendían como manos buscando tocar el cielo.
A pesar de la calma aparente, ambos estaban tensos. Cada crujido de una rama, cada murmullo del viento los hacía girar en alerta. No podían sacudirse la sensación de que algo oscuro acechaba en las sombras, algo que esperaba el momento perfecto para atacar.
—¿Crees que Helios realmente nos liberó de Hades? —preguntó Nalia, mirando fijamente el reflejo del agua.
Egan estaba sentado junto al fuego, afilando su espada. Su mirada se alzó hacia ella, y después de un momento, negó con la cabeza.
—No lo sé. Hades no es el tipo de enemigo que se retira con facilidad.
Antes de que ella pudiera responder, una ráfaga de viento helado apagó el fuego. La oscuridad se cernió sobre ellos como un velo, y el aire se llenó de un silencio inquietante. Entonces, una figura emergió del bosque, con su silueta envuelta en una neblina oscura.
—¿Me extrañabais? —La voz gélida y burlona de Hades resonó como un eco en el claro.
Con un simple movimiento de su mano, el dios transformó el entorno. El lago, los árboles, y el cielo estrellado desaparecieron, reemplazados por un paisaje desolado y aterrador. Estaban en un valle infinito de roca negra y ríos de lava. Columnas de humo se alzaban en la distancia, y el aire olía a azufre. En el centro del valle, un trono de huesos y sombras se alzaba como un monumento macabro.
—Bienvenidos a mi verdadero dominio —dijo Hades, caminando hacia el trono con una gracia que contrastaba con la crudeza del lugar.
Nalia y Egan se pusieron de pie de inmediato, empuñando sus armas.
—¿Qué quieres ahora, Hades? —espetó el chico, con sus ojos ardiendo con determinación.
El dios se sentó en su trono, apoyando la barbilla en una mano como si estuviera aburrido y contestó:
—No vine a pelear, queridos. Vine a ofrecerles una oportunidad.
Extendió una mano, y frente a ellos apareció una visión hipnótica: Nalia, libre de su maldición, caminaba bajo la luz del sol, con su humanidad restaurada. Egan, por su parte, estaba rodeado de amigos y risas, una vida de paz y plenitud que siempre había deseado.
—Todo esto puede ser vuestro —dijo Hades, con su voz como miel venenosa—. Podéis tenerlo todo: libertad, felicidad... todo lo que siempre habéis anhelado.
La muchacha apretó los puños, intentando resistir el tirón de la visión e inquirió:
—¿A qué precio?
El dios sonrió ampliamente, mostrando sus dientes blancos y afilados para responder:
—Un precio muy sencillo: vuestra lealtad. Convertiros en mis siervos definitivos, y os garantizaré no solo vuestra libertad, sino un poder más allá de vuestra imaginación.
El silencio cayó entre ellos como una losa. La tentación era palpable, una promesa de todo lo que habían deseado durante tanto tiempo. Nalia miró a Egan, buscando en su rostro algún indicio de qué hacer, pero él estaba igual de perdido, con sus ojos fijos en la visión que Hades había conjurado.
—No puedes confiar en él, Nalia —dijo al fin el muchacho, con su voz baja y firme.
—¿Confianza? —El dios soltó una carcajada—. No me ofendas. Esto no se trata de confianza; se trata de conveniencia. Vosotros necesitáis lo que yo puedo ofrecer, y yo necesito lo que vosotros podéis hacer por mí.
La chica dio un paso al frente para enfrentar al dios directamente y preguntó:
—¿Y qué es lo que quieres exactamente?
La sonrisa de Hades se desvaneció, reemplazada por una expresión seria.
—Quiero que me ayudéis a reclamar lo que es mío. El equilibrio entre los vivos y los muertos está roto, y los dos tenéis el poder para restaurarlo. Con vuestro vínculo con las sombras, podríais ser mis heraldos, mis campeones.
—¿Y si nos negamos? —El chico avanzó para interponerse entre ellos.
El dios alzó una ceja, como si la pregunta lo divirtiera.
—Entonces, seguiréis sufriendo. Vuestras maldiciones os consumirán con lentitud, hasta que no quede nada de vosotros. ¿Es eso lo que queréis?
Nalia sintió que su mente se dividía en dos. Por un lado, la oferta de Hades era la única solución clara a su sufrimiento. Pero por otro, el precio era demasiado alto.
—No somos tus juguetes —murmuró, con la voz cargada de furia contenida.
El dios se levantó de su trono, con su figura proyectando una sombra inmensa sobre ellos.
—No os equivoquéis. No estoy ofreciendo esto por compasión. Pero considerad esto: si no trabajáis conmigo, todo lo que amáis será destruido. No tendréis a dónde huir.
De repente, las sombras que rodeaban al dios comenzaron a moverse, formando figuras grotescas. Criaturas hechas de pura oscuridad avanzaron hacia ellos, con sus ojos brillando con un rojo intenso.