Sombras del inframundo

Capítulo 33

El aire era denso y estaba cargado de energía. Todo el valle parecía resonar con un zumbido constante, como si la tierra misma supiera que se avecinaba algo catastrófico.

Nalia y Egan se encontraban en un campo rodeado de montañas grises y cielos teñidos de rojo. En el centro, una explanada de roca negra parecía el escenario perfecto para una batalla final. Allí los esperaba Hades, de pie sobre una formación rocosa elevada, con una sonrisa malévola que irradiaba confianza absoluta.

Detrás de él, una gigantesca grieta en el suelo liberaba sombras que serpenteaban como criaturas vivientes. Las almas atrapadas en el inframundo gemían desde las profundidades, y un río de lava se retorcía como una serpiente en el horizonte.

—Habéis llegado más rápido de lo que esperaba —dijo el dios, con su voz retumbando como un trueno.

Egan dio un paso adelante, con su espada envuelta en un tenue resplandor oscuro, mientras ella invocaba las sombras que ahora respondían a su voluntad como extensiones de su propio cuerpo.

—No hemos venido a negociar esta vez —respondió el chico, con su mirada fija en el dios.

Hades levantó una mano, como si quisiera silenciarlos antes de que continuaran.

—¿Negociar? No seáis ridículos. Estáis aquí para caer de rodillas, o para morir. No hay más opciones.

El suelo tembló bajo sus pies cuando el dios lanzó la primera ofensiva. Unas columnas de sombras emergieron del suelo, rugiendo con la intensidad de un huracán. Nalia reaccionó con rapidez mientras extendía sus brazos e invocaba un muro de oscuridad que absorbió el impacto. La explosión resultante sacudió la explanada, enviando fragmentos de roca al aire.

Egan cargó hacia el dios, con su espada brillando con una energía sombría que parecía devorar la luz a su alrededor. Con un salto poderoso, atacó, pero Hades desvió el golpe con una facilidad casi insultante.

—¿Eso es todo lo que tienes, mortal? —se burló mientras extendía su propia arma, una lanza formada por las sombras mismas.

La lanza se movió como si tuviera vida propia, forzando al muchacho a retroceder mientras esquivaba sus golpes rápidos y letales.

Por otro lado, la chica mantenía a raya las criaturas sombrías que Hades había invocado. Usaba las sombras como látigos, azotando y desgarrando a los enemigos que se acercaban demasiado. Sin embargo, por cada criatura que destruía, dos más aparecían desde la grieta, con sus ojos brillando con un fuego maligno.

Egan retrocedió hacia ella, ambos respirando con dificultad pero con una chispa de determinación en sus ojos.

—No podemos derrotarlo separados —dijo él, con su voz firme.

La muchacha asintió, con sus ojos fijos en el dios, quien observaba desde su posición elevada con un aire de superioridad.

—Entonces,… hagámoslo juntos —respondió con la respiración entrecortada.

Ambos levantaron sus manos, y una onda de energía oscura comenzó a formarse entre ellos. Sus poderes, normalmente caóticos e impredecibles, comenzaron a sincronizarse, creando un vórtice de sombras que giraba con una intensidad creciente.

Hades frunció el ceño por primera vez.

—Interesante... pero inútil.

Saltó desde su posición para lanzarse hacia ellos con su lanza lista para atacar. No obstante, justo antes de que pudiera alcanzarlos, el vórtice explotó, enviando una onda de choque que lo empujó hacia atrás. Las sombras formaron una barrera protectora alrededor de la pareja mientras una figura oscura y resplandeciente emergía de su unión.

Era como si las sombras mismas hubieran tomado forma tangible, una amalgama de sus poderes combinados que irradiaba fuerza pura.

—¡Ahora! —gritó Egan al lanzarse hacia el dios con toda su fuerza.

Mientras él distraía a Hades con ataques rápidos y precisos, la chica invocó un enjambre de sombras que envolvió al dios para inmovilizarlo por un breve momento. Era como si la oscuridad intentara devorar al propio maestro de las sombras.

—¡Esto no será suficiente! —rugió Hades al liberarse con un estallido de energía que envió a ambos al suelo.

Sin embargo, antes de que pudiera contraatacar, la figura oscura que habían creado entre los dos se abalanzó sobre él. Las sombras lo rodearon, cubriéndolo como una segunda piel, y por primera vez, Hades pareció realmente preocupado.

La grieta en el suelo comenzó a cerrarse con lentitud, y las criaturas que habían salido de ella se disolvieron en el aire. Incluso el río de lava pareció detenerse, como si el equilibrio de poder en el valle estuviera cambiando.

El dios luchó contra las sombras que lo contenían, con su rostro mostrando una mezcla de furia y desconcierto, y rugió:

—¡Esto no es posible! ¡Soy el señor de las sombras!

Nalia, de pie junto a Egan, levantó una mano temblorosa y respondió:

—Tal vez lo eras. Pero ahora nosotros tenemos el control.

Con un último esfuerzo combinado, canalizaron toda su energía hacia la figura sombría, que explotó en un destello de luz oscura, liberando una onda de choque que derribó a Hades y lo dejó de rodillas.




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