El aire se sentía más frío de lo habitual en el bosque que rodeaba el valle donde habían derrotado a Hades. A pesar de la victoria, el ambiente estaba cargado de una calma inquietante. Las sombras, que antes respondían a la pareja con energía fluida, ahora parecían más densas, como si supieran lo que se avecinaba.
Nalia se encontraba sentada en una roca cubierta de musgo, observando el lago que se extendía ante ella. El agua era oscura, con reflejos plateados bajo la luz de la luna, y las montañas circundantes proyectaban largas sombras sobre la superficie. El silencio era absoluto, roto solo por el ocasional crujido de las ramas al viento.
Egan estaba cerca, afilando su espada con movimientos automáticos, pero su atención estaba en la chica. Había algo en su postura, en la forma en que evitaba mirarlo, que le provocaba un malestar que no podía ignorar.
—¿Qué estás pensando? —preguntó finalmente para romper el silencio.
Ella no respondió de inmediato. Su mirada seguía fija en el lago, como si buscara una respuesta en las profundidades oscuras.
—Sobre lo que Hades dijo antes de desaparecer.
Él dejó de afilar la espada y se acercó para sentarse a su lado.
—¿El precio? —inquirió, con su voz tensa.
—El equilibrio siempre requiere un precio.
La muchacha se levantó de la roca y caminó hacia el borde del lago para hundir sus botas en la orilla embarrada. La luna iluminaba su rostro, revelando una mezcla de resolución y tristeza.
—Egan, lo he estado pensando. Todo lo que hemos pasado, todo lo que hemos logrado... no fue suficiente para romper nuestras cadenas. Hades puede haber desaparecido, pero su influencia sigue aquí, en nosotros.
El chico frunció el ceño y se levantó para avanzar hacia ella y contestó:
—No puedes estar diciendo lo que creo que estás diciendo.
Ella se giró para mirarlo, con sus ojos oscuros reflejando la luz de la luna.
—Sí, lo estoy. Si queremos liberarnos de esta maldición, de esta conexión que él forzó en nosotros, alguien tiene que romper el ciclo.
Egan sacudió la cabeza con incredulidad.
—¿Y crees que eso significa que tienes que sacrificarte? Eso es una locura, Nalia. Encontraremos otra forma.
—No hay otra forma —replicó ella, con su voz firme y cargada de emoción.
La joven se apartó, caminando lentamente por la orilla mientras el agua lamía la punta de sus botas y comentó:
—Desde que me convertí en lo que soy, he sentido cómo mi humanidad se desmorona poco a poco. Cada vez que uso estos poderes, cada vez que las sombras me responden, siento que una parte de mí desaparece.
Él la siguió y se detuvo a pocos pasos de ella para responder:
—No eres menos humana por lo que eres ahora, Nalia. Eres más fuerte, más valiente. No puedes simplemente rendirte.
Ella lo miró, con su expresión suavizada por un momento.
—No me estoy rindiendo. Estoy eligiendo. Por primera vez en todo este tiempo, estoy eligiendo mi destino.
Él apretó los puños, con la frustración evidente en cada línea de su cuerpo.
—¿Y qué pasa conmigo? ¿Voy a quedarme aquí viendo cómo desapareces?
Nalia sonrió débilmente, dio un paso hacia él y dijo:
—Te estoy liberando. Es lo único que puedo darte.
El paisaje cambió a medida que avanzaban. Nalia guiaba a Egan hacia un claro oculto en el bosque, donde el suelo estaba cubierto de hierba plateada que brillaba bajo la luz de la luna. En el centro del claro había un altar de piedra negra, cubierto de runas que parecían brillar con una energía propia.
—¿Cómo sabes de este lugar? —preguntó él, mirando el altar con recelo.
—Lo vi en las visiones que compartimos —respondió ella al acercarse al altar. Sus dedos recorrieron las runas, como si buscara algo específico.
El chico la tomó del brazo para detenerla y susurró:
—Nalia, por favor. No hagas esto.
Ella lo miró, con su expresión endurecida por la determinación, y sus ojos brillaban con lágrimas no derramadas.
—Egan, esto es lo correcto. Si sigo viva, Hades encontrará la forma de usarnos otra vez. Pero si yo...
No pudo terminar la frase. Las palabras se ahogaron en su garganta, mas la resolución en su rostro lo decía todo.
El muchacho no podía aceptar lo que estaba pasando. Se sentía impotente, como si todo lo que habían logrado juntos estuviera a punto de desmoronarse.
—Te prometo que encontraremos otra forma —insistió, con su voz quebrada.
Ella levantó una mano, tocó suavemente su mejilla y contestó:
—Egan, me salvaste de muchas maneras. Me mostraste que todavía podía luchar, que todavía podía sentir algo más allá del dolor. Pero esto es algo que tengo que hacer.
Él tomó su mano para apretarla contra su rostro.
—No puedo perderte.