Sombras del inframundo

Capítulo 35

La atmósfera alrededor del valle parecía vibrar con una intensidad inquietante. Desde que Hades había caído y el altar había despertado sus oscuros secretos, las energías del lugar estaban en caos. El cielo, antes cubierto de estrellas, estaba ahora envuelto en un manto de sombras en constante movimiento, como si respondieran a la presencia de Nalia.

Ella permanecía en el centro de un círculo de energía, con los ojos cerrados y los brazos extendidos. Las sombras la envolvían, fluyendo desde su cuerpo como corrientes de agua oscura. Su piel brillaba tenuemente, pálida como la luna, mientras las runas grabadas en el altar parecían arder con un resplandor negro azulado.

Egan estaba de pie a unos metros, observándola con una mezcla de asombro y horror. Su preocupación crecía con cada momento que pasaba. La conexión entre ellos le permitía sentir su dolor, un sufrimiento profundo que estaba consumiéndola desde adentro.

—¡Nalia, basta! —gritó, dando un paso hacia ella.

Pero una ráfaga de sombras lo empujó hacia atrás. Las fuerzas que emanaban de ella eran incontrolables, incluso para él.

El altar estaba situado en un claro rodeado de altos árboles de troncos retorcidos y raíces que parecían surgir del suelo como garras. El suelo estaba cubierto de hierba plateada, que brillaba bajo la tenue luz que se filtraba entre las sombras del cielo. A pesar de la oscuridad, el lugar no estaba en silencio; un murmullo constante de voces susurrantes llenaba el aire, como si las almas atrapadas en las sombras buscaran ser liberadas.

Alrededor del altar, el círculo de runas se extendía, grabado profundamente en la tierra. Cada símbolo parecía latir al ritmo del corazón de ella para sincronizarse con su respiración acelerada. El aire estaba cargado de energía, un zumbido bajo que hacía temblar el suelo bajo los pies del joven.

La chica abrió los ojos de golpe, y un destello de luz oscura brotó de sus pupilas. Su voz resonó, amplificada por la energía que fluía a través de ella.

—Puedo sentirlo todo... el poder... la vida y la muerte... todo está conectado.

Él sintió un escalofrío recorrer su espalda. La voz de ella sonaba extraña, como si no solo hablara ella, sino algo más a través de ella.

—¡Nalia! No necesitas hacer esto. Podemos encontrar otra forma.

Ella lo miró, pero sus ojos no reflejaban nada más que sombras en movimiento.

—Esto es lo que siempre fui, Egan. Una herramienta del poder oscuro. Todo lo que soy... todo lo que seré... está destinado a este propósito.

El chico negó con la cabeza mientras su desesperación crecía.

—¡No eres solo eso! Eres más que esta maldición. Luchaste por tu humanidad, por nosotros.

Pero ella ya no parecía escuchar. Las sombras comenzaron a extenderse más allá del altar para moverse como serpientes que buscaban algo. Cuando tocaron los árboles del bosque, estos se retorcieron y ennegrecieron, y sus hojas cayeron al suelo como cenizas.

El poder estaba destruyendo todo a su alrededor, y Nalia estaba en el centro de esa devastación.

A medida que las sombras se intensificaban, el cuerpo de la muchacha comenzó a mostrar signos del precio que estaba pagando. Su piel, que antes brillaba con un tenue resplandor, se tornó grisácea. Sus labios se volvieron pálidos, y las venas en sus brazos y cuello se oscurecieron, como si la energía la estuviera drenando desde dentro.

El dolor era evidente en su rostro, mas no se detenía.

—Esto es lo que tiene que suceder... —susurró, con su voz casi apagada.

Egan dio un paso más, forzando su camino a través de las sombras que intentaban empujarlo hacia atrás.

—¡Nalia, para! ¡Te está matando!

Ella lo miró de nuevo, esta vez con una chispa de emoción en sus ojos y contestó:

—Si es el precio para asegurarnos que tú vivas, lo pagaré.

El altar comenzó a temblar y las runas brillaron con una intensidad cegadora. Las sombras alrededor de la joven se alzaron en columnas para conectarse con el cielo como si intentaran abrir una grieta entre dimensiones. Las voces susurrantes se convirtieron en gritos ensordecedores y el aire se volvió tan denso que el chico apenas podía respirar.

Nalia levantó las manos, y las sombras obedecieron, formando una esfera de energía oscura sobre ella. El esfuerzo la hizo tambalearse y, por un momento, pareció que iba a colapsar.

El muchacho corrió hacia ella, ignorando las sombras que trataban de detenerlo.

—¡No puedes hacerlo sola! Déjame ayudarte.

Nalia lo miró, con las lágrimas recorriendo sus mejillas mientras luchaba por mantenerse de pie.

—No puedo permitir que sufras lo que yo sufro. Este poder no puede ser compartido, Egan.

—Entonces no me importa. Prefiero morir contigo a vivir sin ti.

Él llegó a su lado y extendió una mano hacia ella. Cuando sus dedos tocaron los de la chica, una explosión de energía los envolvió a ambos. Por un momento, todo quedó en silencio.

Las sombras se detuvieron, suspendidas en el aire como si contuvieran la respiración. La esfera de energía oscura comenzó a desvanecerse, reemplazada por un brillo plateado que irradiaba de ambos.




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