Sombras del inframundo

Capítulo 36

El silencio del amanecer cubría el valle como un manto frágil, interrumpido solo por el tenue murmullo del viento que atravesaba las copas de los árboles. Egan permanecía de pie frente al altar destruido, con los ojos fijos en el lugar donde Nalia se había desmayado horas antes. Ahora estaba nuevamente de pie, frente a él, con una determinación que le helaba el alma.

El cielo, todavía teñido de un púrpura amenazante, era testigo de su enfrentamiento. Las sombras en el ambiente parecían responder a la decisión de la chica para alzarse a su alrededor en un baile hipnótico, como si la protegieran de cualquier intento de detenerla.

—Nalia, no puedes seguir con esto —rogó él, dando un paso hacia ella, con su voz cargada de desesperación.

La joven, con la mirada fija en el altar y sin girarse hacia él, respondió en un tono frío y distante:

—No tienes derecho a detenerme, Egan. Esta es mi carga, mi destino.

El altar, ahora partido en dos, yacía como un símbolo de la lucha reciente. Las runas que una vez brillaron intensamente estaban apagadas, aunque pequeñas líneas de energía oscura todavía se deslizaban a través de las grietas en la piedra, buscando algún propósito.

A su alrededor, el valle se extendía, con un paisaje de árboles retorcidos y hierba plateada que parecía estar muriendo. Los árboles, que antes ofrecían una sensación de refugio, ahora proyectaban sombras que parecían cobrar vida propia.

En el horizonte, una tenue luz intentaba perforar la oscuridad que cubría el lugar. Pero la batalla reciente había cambiado el ambiente: el valle parecía un lugar entre mundos, atrapado entre la vida y la muerte.

El muchacho se acercó otro paso, sintiendo cómo las sombras lo empujaban ligeramente hacia atrás, como si Nalia misma le estuviera poniendo una barrera invisible.

—¿Qué estás tratando de probar? —preguntó, con su voz quebrada.

Por fin, la joven se giró para mirarlo. Sus ojos, antes llenos de vida, estaban oscuros, como si la energía que había usado la hubiera vaciado de emociones.

—Esto no es para probar nada. Es para salvarnos.

El chico sacudió la cabeza, sus manos temblaban mientras señalaba el altar destruido y exclamó:

—¡Salvación! ¿Esto te parece salvación? ¡Te está matando, Nalia!

Ella dio un paso hacia él, con su rostro ahora más cerca, mostrando una mezcla de tristeza y resolución.

—Egan, no lo entiendes. Si no hago esto, no tendremos futuro. Ni tú ni yo, ni nadie.

Él negó con la cabeza mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

—¿Y qué futuro tenemos si te pierdo? Si te conviertes en algo que ni siquiera puedes reconocer.

El silencio que siguió estuvo cargado de recuerdos. Él pensó en los momentos en los que ella había reído, en cómo sus ojos brillaban cuando encontraba alguna chispa de esperanza, en las noches en que ambos compartieron palabras sinceras bajo las estrellas.

—Recuerda quién eres, Nalia —susurró, dando otro paso hacia ella. Ahora podía tocarla si extendía la mano, pero no lo hizo. Temía que las sombras lo rechazaran.

Ella lo miró y, por un instante, su máscara de dureza se quebró para decir:

—Lo recuerdo, Egan. Pero también sé lo que tengo que hacer.

El joven, incapaz de contenerse más, extendió una mano y la tomó del brazo. Las sombras reaccionaron al instante y envolvieron su brazo como serpientes, intentando apartarlo. Pero él resistió al aferrarse a ella con toda su fuerza.

—¡No voy a dejarte hacerlo sola!

Nalia intentó apartarse, pero el contacto de su mano parecía romper algo dentro de ella. Las sombras titubearon y disminuyeron por un momento.

—Egan... —susurró, con la voz quebrada.

—Si realmente crees que este es tu destino, déjame cargarlo contigo. Déjame estar a tu lado, aunque signifique perderlo todo.

Ella apartó la mirada, con sus ojos llenos de lágrimas no derramadas.

—No puedo. No quiero que este poder te consuma también.

Él sacudió la cabeza, con el corazón latiendo frenéticamente.

—Ya me consumiste, Nalia. Y no quiero volver atrás.

Las palabras del joven la golpearon como un torrente. Dentro de ella, dos fuerzas luchaban por el control: el deseo de protegerlo, de mantenerlo a salvo a cualquier precio, y la necesidad de no enfrentarse a este camino sola.

Las sombras alrededor de la muchacha se intensificaron, como si sintieran su conflicto interno y contestó:

—Egan, no entiendes lo que estoy enfrentando. Esto no es algo que se pueda compartir.

—No lo entiendo porque no me lo permites. Pero lo que sí entiendo es que no puedo ver cómo te destruyes.

Nalia respiró hondo y cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, había una chispa de humanidad en ellos.

—Si me detienes ahora, pondrás todo en peligro. Pero si me dejas continuar... prometo que haré todo lo posible para regresar a ti —le propuso con la voz quebrada.

El chico aflojó el agarre, con el corazón dividido entre dejarla ir y seguir luchando.




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