Sombras del inframundo

Capítulo 37

El aire en el templo del inframundo era opresivo, cargado de un calor sofocante que emanaba de las paredes de obsidiana. Columnas talladas con relieves de almas torturadas se alzaban hacia un techo que parecía desaparecer en la nada. En el centro de la sala, un trono de huesos negros refulgía con un brillo siniestro. Sentado en él, Hades observaba con una calma casi burlona, con sus ojos como pozos sin fondo al fijarse en la figura de Egan que se acercaba, con una mezcla de determinación y furia grabada en su rostro.

Nalia yacía a un lado del trono, atrapada dentro de una jaula formada por sombras vivas que se movían y ondulaban como serpientes, envolviéndola con una energía que parecía drenarle la vida. Su piel estaba pálida, y apenas podía alzar la vista hacia él.

—Llegas tarde, mortal —dijo el dios con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Ella ya está en mis manos. ¿Qué crees que puedes hacer contra un dios?

La sala principal del templo era inmensa, un espacio diseñado para intimidar. Las paredes brillaban con inscripciones arcanas que parecían pulsar con un ritmo propio, como un corazón oscuro latiendo en las entrañas del inframundo. Antorchas de fuego azul adornaban cada columna, proyectando sombras inquietantes que se movían como si tuvieran voluntad propia.

En el suelo, un mosaico representaba el equilibrio entre la vida y la muerte, pero ahora estaba roto, una línea de oscuridad había invadido la parte de la vida, simbolizando el dominio de Hades sobre este lugar.

El aire olía a azufre y a algo más antiguo y primordial, como si la esencia misma del lugar estuviera compuesta de almas atrapadas en un eterno tormento.

El chico se detuvo a unos metros del trono, con su espada en la mano, rodeada por un aura oscura que había aprendido a controlar gracias a su conexión con la joven.

—No importa que seas un dios —comentó Egan, con su voz resonando con fuerza en la sala—. Si crees que puedes tomarla y destruir lo que queda de su humanidad, tendrás que pasar por encima de mí.

Hades se inclinó hacia adelante, con interés renovado.

—Curioso. Un simple humano que osa desafiarme. ¿Por qué? ¿Por amor? —Su risa retumbó, profunda y cavernosa—. Ese sentimiento tan inútil y frágil.

El muchacho apretó los dientes, con sus ojos ardiendo en una mezcla de rabia y convicción.

—El amor no es frágil. Es lo único que puede derrotar a alguien como tú.

Sin previo aviso, Hades extendió una mano, y del suelo surgieron espectros oscuros, cada uno con un rostro deformado por el sufrimiento. Las criaturas se lanzaron hacia el joven con movimientos rápidos y erráticos, como ráfagas de viento convertidas en carne y sombra.

Egan reaccionó con velocidad, usando su espada para cortar a través de las formas espectrales. Con cada golpe, las sombras se disipaban en una nube de energía oscura, pero eran reemplazadas por más.

El suelo bajo sus pies comenzó a temblar mientras el dios observaba, indiferente, con sus dedos tamborileando sobre el brazo del trono.

—Admiro tu tenacidad, mortal —dijo al levantarse con lentitud—, pero te enfrentas a algo que está más allá de tu comprensión.

Con un movimiento de su mano, Hades hizo que las sombras se condensaran en una criatura gigantesca: un coloso formado por almas atormentadas que gritaban mientras su cuerpo se moldeaba.

El chico retrocedió un paso, mas sus ojos no mostraban miedo. Recordó las palabras de Nalia, su promesa de que lo esperaría. Si había un momento para luchar con todo, era este.

Mientras la batalla comenzaba, la chica luchaba dentro de la jaula de sombras. Aunque estaba débil, podía sentir el vínculo entre ella y Egan, un lazo que se fortalecía con cada instante. La oscuridad que la envolvía intentaba consumirla, mas ella se aferraba a los recuerdos de su viaje juntos, a la fuerza que él le había dado para no rendirse.

De repente, sintió una chispa de poder en su interior, algo que Hades no había previsto: las sombras no solo la atacaban, también respondían a ella. Con un esfuerzo titánico, comenzó a mover sus manos, canalizando su energía hacia las sombras, forzándolas a retroceder poco a poco.

Egan logró esquivar un golpe del coloso al lanzarse hacia adelante con un grito de batalla. Su espada atravesó el pecho de la criatura, que se desmoronó en un estallido de sombras.

El dios dejó de observar y levantó ambas manos. El suelo se partió bajo el joven mientras cadenas de oscuridad emergían, intentando atraparlo. Aunque logró esquivar algunas, una de las cadenas se enroscó en su pierna, tirándolo al suelo.

Hades se acercó, con su presencia impuesta como una ola de pura dominación y dijo:

—No eres nada. Un hombre que juega con fuerzas que no comprende.

El chico levantó la mirada, con la respiración pesada, pero con los ojos llenos de desafío contestó:

—Tal vez no lo comprenda, pero eso no significa que no pueda derrotarte.

En ese momento, una explosión de energía sacudió la sala. La jaula de sombras que contenía a Nalia se rompió en pedazos, y ella cayó al suelo, jadeando, libre.

La muchacha levantó la vista para encontrar al joven atrapado por las cadenas. Sin dudarlo, extendió sus manos hacia él, y las sombras a su alrededor respondieron, cortando las cadenas y liberándolo.




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