Sombras del inframundo

Capítulo 38

La quietud que había seguido a la derrota de Hades duró solo un instante. El amanecer iluminaba las ruinas del templo con un resplandor suave, pero el alivio que Egan y Nalia sentían se desvaneció cuando un rugido sordo resonó desde las profundidades de la tierra.

El chico sintió el suelo temblar bajo sus pies y apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que un remolino de sombras emergiera del suelo, formando una espiral oscura que atrapó a la chica en su centro.

—¡Egan! —gritó ella mientras extendía una mano hacia él.

Él se lanzó hacia ella, mas una barrera invisible lo repelió, lanzándolo al suelo. Observó con horror cómo las sombras se apretaban alrededor de ella, para levantarla en el aire mientras la arrastraban hacia un portal oscuro que se formaba en el suelo.

—¡No! —rugió al levantarse para correr hacia el remolino.

Las ruinas del templo del inframundo eran un paisaje devastado. Las columnas de obsidiana estaban partidas y las inscripciones arcanas que antes latían con poder ahora eran solo cicatrices en las paredes ennegrecidas. El mosaico del suelo, que representaba el equilibrio entre la vida y la muerte, estaba destrozado, y del centro surgía el portal que absorbía a la joven.

El portal era un agujero negro, bordeado por llamas azules que chisporroteaban con energía sobrenatural. Un aire helado emanaba de él, opuesto al calor opresivo que había dominado el templo antes.

Egan no se detuvo. Con su espada en mano, se lanzó contra la barrera que lo separaba de la muchacha, y lo golpeó con todas sus fuerzas. Pero la barrera era inquebrantable, y cada golpe enviaba una descarga que lo hacía retroceder.

—¡No dejaré que te lleve! —gritó, con su voz quebrada por la impotencia.

Nalia, atrapada en el remolino, trataba de resistir. Su rostro mostraba una mezcla de terror y resignación.

—Egan… no puedes detenerlo. Esto es lo que quería desde el principio.

—¡No! —insistió él, con lágrimas en los ojos—. Luchamos juntos. No puedes rendirte ahora.

Ella lo miró, con sus ojos llenos de tristeza y amor, y le dijo:

—No me rindo. Pero él siempre me quiso a mí. Si te quedas aquí, puedes encontrar una manera de salvarnos a los dos.

Del portal emergió la figura imponente de Hades, más poderoso y colérico que antes. Su presencia llenó el espacio con un aura de completa dominación. El dios miró al joven con una sonrisa cruel.

—Eres persistente, mortal. Pero este juego siempre estuvo destinado a terminar así—. Extendió una mano hacia Nalia, y las sombras que la envolvían respondieron, llevándola más cerca de él—. Ella es mía. Su poder me pertenece, y con él, ningún mundo estará fuera de mi alcance.

El muchacho apretó los dientes, con su cuerpo temblando de ira.

—Si crees que voy a dejar que te la lleves, estás equivocado.

Se lanzó hacia Hades, atacándolo con toda su fuerza. Mas el dios apenas hizo un gesto y una ráfaga de energía oscura lo lanzó varios metros hacia atrás, dejándolo aturdido.

La chica lo miró desde las sombras que la sujetaban, luchando por liberar sus brazos para alcanzarlo.

—Egan… —dijo con una voz suave, apenas audible sobre el rugido del portal—. No me olvides.

—¡No te voy a olvidar! ¡No voy a dejar que esto termine así! —respondió él, luchando por levantarse.

Con una última mirada, la joven cerró los ojos y dejó que las sombras la consumieran por completo.

El portal emitió un destello cegador y luego se cerró, dejando el espacio sumido en un silencio inquietante.

Egan cayó de rodillas, con el arma resbalando de sus manos y chocando contra el suelo con un sonido metálico. La desesperación lo envolvió como una niebla fría, y sintió un vacío indescriptible en el pecho.

El cielo, que antes era claro, comenzó a oscurecerse de nuevo, como si el mundo respondiera a la ausencia de ella.

—Volveré por ti —susurró, con la voz quebrada. Su mirada, perdida, se fijó en el lugar donde el portal había estado momentos antes.

Mientras tanto, Nalia fue arrastrada a través de un túnel de oscuridad, un espacio que parecía infinito. Las sombras se retorcían a su alrededor, susurrando palabras de derrota y promesas de olvido.

Finalmente, llegó al inframundo, un reino que parecía una distorsión de todo lo que había conocido.

El inframundo era un paisaje de pesadilla. Ríos de lava atravesaban un terreno desolado cubierto de cenizas, y el cielo era un torbellino perpetuo de nubes grises y negras que giraban alrededor de un sol pálido que no ofrecía calor.

Torres de piedra negra se alzaban en la distancia, y de ellas colgaban cadenas que sostenían jaulas repletas de almas atrapadas, con sus lamentos llenando el aire. En el centro de este mundo se encontraba el palacio de Hades, una fortaleza oscura rodeada por un foso de llamas azules que parecían vivas.

Nalia fue llevada directamente al trono del dios, donde él la esperaba con una sonrisa de triunfo.

—Bienvenida a tu nuevo hogar, mi reina —dijo al extender los brazos como si le estuviera mostrando un reino próspero en vez de un lugar de tormento.




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