Sombras del inframundo

Capítulo 42

Nalia despertó en un lugar que parecía estar fuera del tiempo y el espacio. Su cuerpo se sentía pesado, como si cada fibra estuviera cargada de una energía oscura que no era suya. Al abrir los ojos, se encontró en una celda oscura. Las paredes parecían estar hechas de sombras vivas que se movían con un flujo constante, como si respiraran. El suelo, de obsidiana negra, reflejaba apenas el tenue resplandor de un fuego azul que flotaba en el centro de la habitación.

El aire era denso, cargado de una energía opresiva que parecía robarle fuerza con cada respiración. Intentó moverse, pero unas cadenas etéreas, hechas de una especie de humo sólido, ataban sus muñecas y tobillos. Al tocarlas, sintió un escalofrío que parecía llegar hasta su alma.

Una figura familiar apareció frente a los barrotes de su celda. Hades, con su porte imponente, la observaba con una mezcla de diversión y desdén.

—Bienvenida al Inframundo, Nalia. Aquí no hay escapatoria, ni esperanza. Solo tú y yo, y el inevitable momento en que me suplicarás por liberarte.

La prisión donde se encontraba no era una cárcel convencional. Era un espacio creado por la misma esencia del Inframundo, diseñado no solo para encarcelar cuerpos, sino para quebrar espíritus. Cada celda parecía estar viva para adaptarse a los miedos y tormentos de sus ocupantes.

Desde su celda, la chica podía escuchar los lamentos lejanos de otras almas atrapadas, con sus voces unidas en un cántico de desesperación. Las paredes a veces mostraban visiones fugaces: momentos felices de su vida, distorsionados y rotos. Cada imagen intentaba recordarle lo que había perdido y lo que nunca recuperaría.

El dios entró en la celda, con sus pasos resonando en un eco inquietante. Con un gesto, hizo que las cadenas de la joven se apretaran para obligarla a arrodillarse.

—Eres fuerte, lo admito —dijo al inclinarse hacia ella—. Pero todos tienen un límite, incluso tú.

Nalia levantó la cabeza, con su mirada llena de desafío y respondió:

—Nunca seré tu sierva.

Hades rio con una risa fría que llenó la habitación.

—Oh, querida Nalia, eso es lo que todos dicen al principio. Sin embargo, el tiempo siempre está de mi lado.

Con un chasquido de sus dedos, las sombras alrededor de la celda comenzaron a transformarse. Tomaron la forma de figuras conocidas: Egan, sus padres, los amigos que había perdido. Uno a uno, empezaron a reprocharle.

—Es tu culpa —dijo una figura que se parecía al chico, con un tono helado—. Por ti estoy aquí, luchando por algo que no tiene sentido.

La muchacha apretó los dientes al saber que no era real, mas las palabras dolían como si lo fueran.

—¿Crees que eres fuerte? —continuó Hades—. Todo lo que has hecho hasta ahora no es más que una cadena de errores. Podrías terminar con esto. Solo tienes que ceder.

El dios la llevó fuera de la celda para arrastrarla hacia un puente que cruzaba un río oscuro. Las aguas del Río de los Lamentos estaban llenas de rostros, almas atrapadas que gritaban y lloraban en silencio.

—Mira lo que te espera si no cooperas —dijo Hades al señalar las aguas—. Eternidad en el olvido, atrapada entre las sombras.

Nalia observó el río con el corazón encogido, pero no dejó que el miedo se reflejara en su rostro.

—Prefiero eso antes que ser tu juguete.

La ira cruzó el rostro del dios, mas se desvaneció con rapidez para reemplazarla por una sonrisa peligrosa.

—Aún tienes espíritu. Eso hará tu caída mucho más interesante.

De vuelta en su celda, la chica comenzó a concentrarse en lo único que podía mantenerla firme: sus recuerdos con Egan. Aunque el Inframundo intentaba distorsionarlos, se aferró a la imagen de él luchando por ella, a sus palabras, a la calidez de su toque.

Cerró los ojos y comenzó a murmurar un hechizo que había aprendido hacía mucho tiempo. Las palabras eran débiles al principio, pero con cada repetición se fortalecieron. El fuego azul en el centro de la celda parpadeó, como si respondiera a su llamado.

Las cadenas que la ataban comenzaron a aflojarse, aunque solo un poco.

—Sigue luchando, Egan —susurró—. Yo también lo haré.

Hades apareció de nuevo, esta vez con una propuesta diferente:

—Te daré una última oportunidad. Si me entregas tu poder, dejaré ir a Egan. Podrá vivir una vida tranquila, lejos de toda esta locura.

La joven lo miró, evaluando la sinceridad de sus palabras. Sabía que no podía confiar en él, no obstante, la idea de salvar al chico, incluso a costa de sí misma, la tentaba.

—¿Y cómo sé que cumplirás tu palabra? —preguntó, con la voz cargada de sospecha.

—No lo sabes —Hades sonrió—. ¿Estás dispuesta a arriesgar su vida por tu orgullo?

La duda la golpeó como un martillo, mas luego recordó algo que Egan le había dicho: "No importa lo que pase, no te rindas. No me des por vencido, porque yo nunca te daré por vencida a ti".

Respiró hondo y miró a Hades directamente a los ojos para contestar:

—Él nunca aceptaría que me sacrificara de esa forma. Y yo tampoco.




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