Sombras del inframundo

Capítulo 43

El aire del Inframundo estaba cargado de una tensión vibrante cuando Egan, agotado pero decidido, se abrió paso por los oscuros pasillos de las Cámaras de las Sombras. Había enfrentado horrores inimaginables, desafiado a criaturas nacidas del miedo y resistido tentaciones diseñadas para quebrarlo. Ahora, sentía que estaba cerca. La conexión que compartía con Nalia, un vínculo forjado en la batalla y el sacrificio, lo guiaba como un faro tenue en un mar de oscuridad.

Había llegado al núcleo de las Cámaras, un lugar donde las sombras parecían más densas, casi líquidas. El suelo era un espejo negro que reflejaba los cielos tormentosos del Inframundo, desgarrados por relámpagos carmesíes. Columnas ciclópeas de obsidiana sostenían un techo invisible, como si la misma eternidad se derrumbara sobre ellos.

Un puente estrecho, hecho de huesos entrelazados, se extendía hacia una estructura que parecía una prisión viviente. Las paredes de la celda de Nalia eran translúcidas, hechas de un material que vibraba entre la realidad y el sueño, mostrando figuras que se contorsionaban y se desvanecían. Dentro, Egan vio a la chica, encadenada y encorvada, mas todavía intacta. Su sola presencia lo llenó de una mezcla de alivio y furia.

Corrió hacia la celda, pero al acercarse, las sombras cobraron forma. De ellas surgieron guardianes espectrales, figuras humanoides hechas de humo y llamas negras. Portaban armas espectrales que parecían desgarrar el mismo aire. Sin dudarlo, desenvainó su espada, la cual brillaba con un resplandor etéreo que contrastaba con la oscuridad circundante.

—¡Nalia! —gritó mientras esquivaba el ataque de uno de los espectros.

La aludida levantó la cabeza y sus ojos se encendieron con una chispa de esperanza al verlo.

—¡Egan! ¡No deberías estar aquí! —respondió, con su voz temblando entre la advertencia y la emoción.

El chico se lanzó contra los guardianes con una furia desatada. Cada golpe de su espada deshacía a las criaturas en un torbellino de humo, mas por cada una que caía, otra surgía de las sombras.

Dentro de la celda, la muchacha luchaba contra sus propias cadenas. Concentró su energía, recitando un hechizo que había aprendido de las antiguas enseñanzas que todavía residían en su mente. Las cadenas comenzaron a temblar y a liberar un vapor oscuro, pero no cedían por completo.

El muchacho finalmente llegó hasta la celda y tocó sus barrotes con una mano. La prisión respondió con una explosión de energía oscura, lanzándolo hacia atrás. Desde el suelo, gruñó de frustración mientras las sombras volvían a agitarse.

—¡Es inútil! —gritó Nalia—. Esta celda está alimentada por mi propia esencia. No podrás romperla... a menos que yo me rinda.

—Entonces no te rindas —respondió él con firmeza al levantarse de nuevo. Colocó una mano en el suelo y susurró un conjuro, canalizando la luz que había adquirido al superar las pruebas del Inframundo. Una línea de energía brillante se extendió desde sus pies hacia los barrotes, haciendo que la celda comenzara a vibrar.

Nalia entendió lo que intentaba. Cerró los ojos y concentró su poder para unirlo al de él. Las cadenas en sus muñecas se desintegraron en partículas brillantes, y el material translúcido de la celda comenzó a agrietarse.

Las sombras, conscientes del peligro, desataron su furia. Más guardianes surgieron del suelo, esta vez con formas grotescas, sus cuerpos retorcidos y sus gritos resonando en la cámara.

—¡Sujétate! —gritó él.

Nalia corrió hacia los barrotes agrietados y, con un último esfuerzo, lanzó un grito que rompió la celda por completo. La explosión de energía oscura iluminó la sala, desintegrando a varios de los guardianes. La chica cayó en los brazos de Egan, jadeando, pero con los ojos llenos de determinación.

No había tiempo para palabras. El chico tomó la mano de ella y comenzó a correr por el puente de huesos, mientras las sombras detrás de ellos se reorganizaban en una masa amenazante que los perseguía. Cada paso resonaba con un eco que parecía amplificar el peligro.

El puente se estremeció bajo sus pies, y las almas atrapadas en el Río de los Lamentos comenzaron a alzarse, extendiendo sus manos espectrales hacia ellos. La joven, aún débil, conjuró un escudo de energía que los protegió brevemente de las garras que intentaban arrastrarlos al río.

—¡No te detengas! —gritó ella.

Por fin, llegaron al otro lado del puente, donde un arco de piedra marcaba la salida de las Cámaras de las Sombras. Sin embargo, el camino estaba bloqueado por una figura imponente: Hades.

El dios se alzó frente a ellos, con su figura irradiando un poder abrumador. La corona oscura que llevaba parecía absorber la luz misma, y sus ojos brillaban con un fuego azul gélido.

—Creí que eras más sabio, Egan —dijo con un tono burlón—. Pensé que aceptarías la derrota como un hombre.

—¿Derrota? —respondió el chico, con la mandíbula apretada—. Esto aún no ha terminado.

Nalia se colocó a su lado, aunque su cuerpo temblaba por el esfuerzo.

—No dejaré que me controles. Ni a mí, ni a él —dijo, enfrentando la mirada de Hades.

El dios de la muerte sonrió, levantando una mano. El suelo comenzó a temblar, y del río surgieron criaturas aún más terribles, amalgamas de huesos y sombras, rugiendo con hambre.




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