Sombras del inframundo

Capítulo 45

El aire era espeso, cargado de ceniza y azufre, mientras Egan y Nalia permanecían en la plataforma flotante al borde del abismo. Tras el enfrentamiento con Hades, sus cuerpos temblaban, agotados, marcados por heridas visibles y cicatrices invisibles. Pero estaban vivos. Y ahora, la prioridad era escapar de ese reino oscuro antes de que el dios recuperara sus fuerzas.

El camino hacia la salida era un desolado sendero conocido como el Camino de las Almas Perdidas, una ruta prohibida que conectaba el corazón del Inframundo con el mundo mortal. Era un lugar de pesadilla: un estrecho puente hecho de cráneos y huesos que se extendía sobre un océano de sombras líquidas. Estas sombras se agitaban como si estuvieran vivas, susurrando tentaciones y promesas a quienes se aventuraban por el camino.

A ambos lados del puente, altas columnas de basalto emergían de la oscuridad, como centinelas que parecían observarlos. En la distancia, un portal brillaba débilmente, con su luz oscilante como un faro de esperanza.

Egan miró el portal y luego a la chica, quien estaba apoyada contra él, respirando con dificultad. Su piel, marcada por las grietas de la energía oscura que había usado, parecía frágil, casi translúcida bajo la luz mortecina del Inframundo.

—¿Puedes caminar? —le preguntó, con la voz ronca por el esfuerzo.

—No hay otra opción, ¿verdad? —respondió ella con una leve sonrisa, intentando mantenerse firme.

Se apoyaron mutuamente mientras avanzaban hacia el puente. Cada paso era un desafío, con las sombras líquidas intentando atraparlos. Pequeñas extensiones de oscuridad subían por los bordes del camino, formando figuras espectrales que susurraban con voces inquietantes.

—No los escuches —advirtió él, apretando la mano de la muchacha—. Solo quieren distraernos.

Ella asintió, pero las voces eran persistentes, llamándola por su nombre, prometiéndole descanso, poder o incluso libertad si se detenía.

A mitad del puente, el aire se tornó más pesado. Dos figuras emergieron de las columnas de basalto: eran los Guardianes del Puente, enormes criaturas con cuerpos esqueléticos envueltos en un humo negro que parecía chispear con energía. Sus ojos brillaban con una luz carmesí, y sus movimientos eran lentos pero letales.

—Nadie cruza sin pagar el precio —dijo uno de los guardianes, con su voz resonando como un eco en el vacío.

—Ya hemos pagado suficiente —respondió el chico, desenfundando su espada, aunque apenas podía sostenerla.

Nalia dio un paso al frente, tambaleándose, mas con determinación en sus ojos. Extendió una mano y conjuró una esfera de energía oscura, aunque su cuerpo tembló al hacerlo.

—Si queréis detenernos, tendréis que enfrentarnos.

Los guardianes no respondieron con palabras, sino con acción. El primero se lanzó hacia ellos con garras afiladas, mientras el segundo intentaba cortar su ruta hacia el portal. Egan bloqueó el ataque inicial, aunque el impacto lo hizo retroceder varios pasos.

La joven, a pesar de su agotamiento, lanzó su esfera de energía hacia el segundo guardián. El ataque lo golpeó directamente, haciéndolo tambalear, pero no lo derribó.

—¡Rápido! —gritó ella, con su voz rota—. No podemos luchar por mucho tiempo.

Mientras luchaban, las sombras del océano líquido comenzaron a subir por los lados del puente, formando una barrera tras ellos. Las figuras espectrales, ahora más definidas, se aferraban al borde, intentando atraparlos.

El muchacho logró cortar el brazo de uno de los guardianes, mas este regeneró el miembro casi de inmediato. Era evidente que no podían ganar esta batalla.

De repente, Nalia hizo algo inesperado.

—Sigue tú —dijo, empujándolo hacia el portal—. Yo los distraeré.

—¡Ni lo pienses! —gritó él mientras la sujetaba por el brazo.

—No hay otra forma. No llegaremos los dos si no los detengo.

El chico la miró con desesperación, pero antes de que pudiera responder, ella levantó ambas manos y desató una explosión de energía oscura que cegó momentáneamente a los guardianes.

—¡Corre!

Egan, a regañadientes, corrió hacia el portal. Cada paso era una lucha contra el dolor y el cansancio, pero la imagen de ella al quedarse atrás lo llenaba de rabia y desesperación.

Cuando llegó al portal, se detuvo. No podía dejarla.

—¡Nalia! —gritó al darse la vuelta.

Para su sorpresa, la vio tambalearse hacia él, con las figuras de los guardianes desmoronándose detrás de ella. Había usado todo su poder para destruirlos, pero el costo había sido alto.

El joven corrió hacia ella y la atrapó justo antes de que cayera al suelo.

—Te dije que no me dejaras atrás —susurró ella, casi sin fuerzas.

—Nunca lo haré —respondió al levantarla en brazos y llevarla hacia el portal.

El portal era una tormenta de energía giratoria, con luces que cambiaban de color como si dudaran si dejarles pasar. Al acercarse, las sombras líquidas comenzaron a subir por el puente, intentando alcanzarlos antes de que cruzaran.




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