Sombras del inframundo

Capítulo 46

El sol estaba en su cenit cuando Egan y Nalia llegaron a lo que parecía ser un pequeño refugio natural en medio del bosque. Después de la angustiosa travesía por el Inframundo y su inesperado escape, sus cuerpos y espíritus estaban al borde del colapso. Este rincón del mundo, lleno de calma y vida, era todo lo que necesitaban para recomponerse.

El refugio era un claro escondido entre los árboles altos y frondosos de un bosque antiguo. Los troncos estaban cubiertos de musgo, y las ramas entrelazadas formaban un dosel que dejaba pasar rayos de luz dorada. En el centro del claro, una fuente cristalina brotaba de una roca cubierta de líquenes, formando un pequeño estanque cuyas aguas reflejaban el cielo y las copas de los árboles.

La magia se percibía en el ambiente: los pájaros trinaban melodías tranquilizadoras, y las flores silvestres crecían en abundancia, llenando el aire con un aroma dulce y fresco. Todo en este lugar parecía intocado, puro, como si la oscuridad nunca hubiera llegado aquí.

—Es hermoso —susurró la chica, con su voz apenas audible mientras se dejaba caer junto al estanque, extenuada.

El muchacho la observó en silencio por un momento para asegurarse de que estuviera a salvo. Luego, se arrodilló junto a la fuente y hundió las manos en el agua fría.

—Estas aguas parecen... distintas —dijo él, mirando las ondulaciones en la superficie. Una energía reconfortante emanaba de ellas, calmando su agotamiento incluso antes de beber.

—Es magia —murmuró Nalia mientras se recostaba contra un árbol cercano—. Una magia que cura.

Después de beber de la fuente, Egan se sentó junto a ella. Ambos permanecieron en silencio durante un tiempo, simplemente disfrutando del sonido del agua y el canto de los pájaros. Pero la paz externa contrastaba con el caos en sus corazones.

La chica rompió el silencio, con su mirada fija en el cielo visible a través del dosel:

—Creí que no saldríamos de allí... Pensé que ese sería nuestro final.

Él no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en el agua, observando su reflejo distorsionado. Las cicatrices oscuras en su rostro y brazos eran un recordatorio de lo que habían pasado, pero no eran nada comparadas con lo que sentía en su interior.

—Y aun así, aquí estamos —dijo al fin, con su voz cargada de emociones contenidas—. Pero... ¿a qué precio?

Ella se giró hacia él, notando el peso de sus palabras.

—¿Te refieres a las cicatrices? —preguntó, señalando las marcas que cubrían sus manos.

—No solo eso. Me refiero a lo que dejamos atrás. A lo que hicimos para sobrevivir.

La joven bajó la mirada, recordando las decisiones difíciles, las batallas brutales y las veces que ambos habían cruzado líneas que jamás pensaron cruzar.

—Teníamos que hacerlo —respondió al fin, aunque su voz tembló—. Era la única forma.

Él asintió, pero el conflicto seguía presente en sus ojos.

Después de unos pocos latidos de corazón, Egan cambió de postura, apoyando los codos sobre sus rodillas y mirando directamente a Nalia.

—Cuando te vi desaparecer en las sombras... Cuando Hades te arrastró al Inframundo... —su voz se quebró ligeramente—. Pensé que te había perdido para siempre —ella lo miró con fijeza, sorprendida por la intensidad de sus palabras—. No podía permitirlo. Fui tras de ti porque no puedo imaginar un mundo sin ti, Nalia.

El silencio que siguió fue abrumador, solo roto por el murmullo del agua. La muchacha sintió que algo dentro de ella, una barrera que había mantenido erguida durante tanto tiempo, comenzaba a desmoronarse.

—Egan... Yo también sentí lo mismo —admitió, con su voz apenas en un susurro—. Cuando pensé que no volvería a verte, quise rendirme. Pero tu recuerdo me mantuvo fuerte.

Ambos se quedaron en silencio, procesando sus sentimientos mientras la calma del lugar continuaba envolviéndolos. Después de un rato, él se levantó y se acercó al estanque para mojarse las manos y llevárselas al rostro.

—Este lugar... Es como si nos diera una segunda oportunidad —dijo al girarse hacia ella.

Nalia se puso en pie con dificultad al sentir un poco más de fuerza en sus piernas gracias al efecto de las aguas. Se acercó al estanque y dejó que sus dedos rozaran la superficie. El contacto le produjo una sensación de calidez y paz, como si la magia del lugar estuviera sanando más que sus heridas físicas.

—Tal vez deberíamos quedarnos aquí un tiempo —sugirió—. Recuperarnos antes de seguir adelante.

—Es lo más sensato —asintió él—. Pero también debemos prepararnos. Sabemos que esto no ha terminado.

Cuando la noche cayó sobre el claro, el lugar se llenó de un resplandor etéreo. Las luciérnagas bailaban entre los árboles, iluminando el espacio con pequeños destellos de luz dorada. Nalia y Egan improvisaron un campamento cerca de la fuente, utilizando hojas y ramas para hacer un refugio rudimentario.

—Es extraño —dijo ella mientras miraba el cielo estrellado—. Después de todo lo que hemos pasado, nunca pensé que pudiera sentirme... tranquila.

—Este lugar tiene algo especial —respondió, sentado junto a ella—. Pero la verdadera razón por la que te sientes así es porque estamos juntos.




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