Sombras del inframundo

Capítulo 48

El aire del amanecer traía consigo una sensación de libertad desconocida, aunque cargada de melancolía. El bosque del renacer quedaba detrás, desvaneciéndose lentamente entre los primeros rayos de sol que penetraban el follaje. Ambos caminaban en silencio, con sus pasos resonando sobre la hierba húmeda. Cada paso los alejaba más de la influencia de Hades y de las sombras del inframundo, pero también los acercaba a un futuro incierto.

El camino por el bosque comenzaba a cambiar. Los árboles, que antes eran altos y robustos, ahora se volvían más escasos y sus hojas de un verde más claro. El terreno se abría hacia una pradera ondulante, cubierta de flores silvestres que se movían al ritmo de la brisa. El sonido de un arroyo cercano ofrecía un alivio suave al ambiente tenso, como si la naturaleza misma quisiera consolarlos.

Eran las primeras horas del día, y la luz dorada bañaba el paisaje, iluminando cada detalle. Las flores parecían joyas esparcidas sobre un manto de verde, y el cielo, despejado, prometía un día cálido.

Nalia se detuvo en la cima de una pequeña colina, mirando hacia el horizonte. El bosque quedaba atrás, imponente pero distante, y frente a ellos se extendía un mundo abierto, lleno de posibilidades.

—Es extraño —dijo en voz baja, sin mirar a Egan—. Por primera vez en mucho tiempo, siento que estamos fuera de su alcance.

Él, que había estado observándola en silencio, dio un paso adelante y se colocó a su lado.

—Lo estamos —respondió, con su voz firme—. Lo que dejamos atrás es parte de nosotros, pero no nos define.

La chica se inclinó y arrancó una pequeña flor violeta que crecía entre las hierbas. La sostuvo en sus manos, girándola lentamente mientras hablaba:

—Hemos perdido tanto, Egan. No solo tiempo... hemos perdido partes de nosotros mismos en esa lucha.

El joven la miró con una mezcla de tristeza y determinación.

—Y también hemos ganado algo —respondió—. Hemos ganado la fuerza para seguir adelante, y, sobre todo, nos hemos encontrado el uno al otro.

Ella lo miró, y por un momento, la dureza que había en sus ojos pareció suavizarse.

—¿Crees que eso será suficiente? —inquirió, con un leve temblor en su voz.

Él no respondió de inmediato. En lugar de eso, tomó la flor de sus manos y la colocó en el arroyo cercano para dejarla flotar antes de contestar:

—Nunca sabremos si será suficiente hasta que lo intentemos. Pero prefiero caminar este camino contigo, sin importar lo que nos espere, que vivir atrapado en el pasado.

La muchacha observó cómo la flor se alejaba con la corriente, llevándose con ella un pedazo simbólico de su pasado.

—Entonces, también dejaré atrás lo que me ata —dijo con determinación—. Y te prometo que nunca olvidaré lo que hemos aprendido.

El arroyo los llevó a una bifurcación en el camino. A un lado, un sendero parecía regresar al bosque, mientras que el otro conducía hacia una aldea lejana, visible como un pequeño punto de humo en el horizonte.

Egan miró ambos caminos antes de hablar:

—Este lugar ha sido nuestro refugio, pero no podemos quedarnos aquí. El mundo nos espera.

Ella asintió, mirando hacia la aldea. Respiró hondo y respondió:

—Quizás allí podamos encontrar un nuevo comienzo.

Sin decir nada más, comenzaron a caminar juntos hacia el horizonte, con sus pasos sincronizados. A medida que se alejaban, las risas de un río cercano y el canto de los pájaros los acompañaban, recordándoles que, a pesar de todo, el mundo seguía girando.

La aldea era pequeña, un lugar tranquilo rodeado de campos cultivados y colinas suaves. Las casas, construidas con piedra y madera, parecían haber sido tomadas de una época más simple. Había niños corriendo, risas que llenaban el aire, y el sonido de un herrero trabajando en la distancia.

A medida que entraban en la aldea, algunos aldeanos los miraban con curiosidad. Nalia y Egan llevaban consigo las marcas de su viaje: sus ropas desgastadas, las cicatrices visibles en sus manos y rostros, y una intensidad en sus ojos que hablaba de batallas internas y externas.

Una mujer mayor, con un cesto de flores frescas, se acercó a ellos con una sonrisa cálida.

—Parece que vienen de lejos —dijo mientras les ofrecía una flor a cada uno—. Bienvenidos a nuestro hogar. Aquí encontrarán paz, si es lo que buscan.

El chico aceptó la flor con una inclinación de cabeza y contestó:

—Gracias. Eso es exactamente lo que necesitamos.

La chica miró la flor en sus manos, sintiendo una pequeña chispa de esperanza.

—¿Podemos quedarnos por un tiempo? —inquirió.

La mujer asintió, señalando una posada al final del camino principal y agregó:

—El posadero estará encantado de recibirlos. Aquí todos son bienvenidos.

En la posada, el ambiente era acogedor. Una chimenea ardía con suavidad para llenar la habitación con un calor reconfortante. Había mesas de madera robusta, cubiertas con manteles bordados, y el aroma de pan recién horneado llenaba el aire.




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