Sombras Del Pacto

Capitulo 3

COMO SI NADA HUBIERA PASADO

Helena despertó con la luz del sol

entrando suavemente por la ventana.

Por un segundo, todo fue simple.

Una habitación desconocida.

Una casa antigua.

Un pueblo nuevo.

Luego recordó el ático.

El diario.

El símbolo.

Se incorporó de golpe.

Su muñeca estaba intacta.

Sin marca visible.

Sin luz.

Sin dolor.

Helena se quedó mirándola unos segundos más.

—Fue un sueño —susurró.
Pero en el suelo, junto a su cama, había polvo.

Polvo oscuro.

Como ceniza fina.

Se levantó lentamente y abrió la puerta del cuarto.

La casa estaba silenciosa.

Demasiado ordenada.

Bajó las escaleras.

La cocina estaba limpia. El aire olía a café recién hecho.

Helena se quedó inmóvil.

Ella no había preparado café.

La taza estaba servida sobre la mesa.
Humeante.

A un lado, un plato con pan tostado.

Perfectamente acomodado.

Como si alguien supiera exactamente cómo le gustaba.

Un papel doblado descansaba junto a la taza.

Su nombre estaba escrito con tinta negra.
Helena.

Su pulso se aceleró.

Tomó el papel con dedos temblorosos.
Solo decía una frase:
“El bosque siempre cuida a los suyos.”
El viento no soplaba.

Las ventanas estaban cerradas.

Y aun así… Helena sintió que no estaba sola.

No había ruidos.

No había sombras.

Solo esa sensación.

De que algo la observaba.

No con hambre.

No con odio.

Sino con paciencia.

Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Y supiera que ella también.

El golpe en la puerta no fue fuerte.

Fue firme.

Tres veces.

Helena se quedó inmóvil frente a la mesa.

El papel aún en su mano.

El café aún humeando.

Otro golpe.

Tres veces.

Exactamente igual.

No parecía urgente.

Parecía… esperado.

Helena respiró hondo y caminó hacia la puerta principal.

Cada paso sonaba demasiado alto en el silencio de la casa.

Giró el picaporte.

Abrió.

Un chico estaba de pie en el umbral.

Alto. Cabello oscuro. Ropa negra sencilla. Las manos en los bolsillos.

No parecía sorprendido de verla.

La miraba como si hubiera confirmado algo.

—Helena Montenegro —dijo, no como pregunta. Como afirmación.

Su voz era calmada.

Pero había algo tenso debajo.
—Sí —respondió ella, intentando mantener firmeza—. ¿Y tú eres…?

El chico sostuvo su mirada unos segundos más.
—Daniel.

No extendió la mano.

No sonrió.

Sus ojos bajaron apenas… hasta su muñeca izquierda.

Helena sintió un escalofrío.

—Vine a decirte algo —continuó él.
El viento se levantó suavemente detrás de él, moviendo las hojas del bosque.
—Si escuchas que el bosque te llama… no respondas.

Silencio.

Helena apretó el papel en su mano.
—¿Por qué?
Daniel sostuvo su mirada.
Y por primera vez… hubo algo más que frialdad.

Había preocupación.

—Porque cuando responde un Montenegro… alguien muere.

El aire se volvió pesado entre ellos.

Y Helena entendió algo inquietante.

Daniel no había venido por cortesía.

Había venido por advertencia.

Helena no respondió de inmediato.

Daniel ya no la estaba mirando a ella.

Miraba por encima de su hombro.

Hacia el interior de la casa.

Su expresión cambió.

No fue miedo.

Fue reconocimiento.

—¿Puedo entrar? —preguntó, más serio ahora.

Helena dudó apenas un segundo… pero se hizo a un lado.

Daniel cruzó el umbral con paso lento.

En el momento en que pisó la madera del suelo, el aire pareció enfriarse.

Sus ojos recorrieron la sala.

Las paredes.

La escalera.

La mesa del comedor.

Y se detuvieron.

—¿Quién preparó eso? —preguntó.
Helena miró la taza de café.

—Yo no fui.

Daniel no respondió.

Se acercó a la mesa.

Observó el vapor que aún salía de la taza.

Luego miró el plato.

El pan tostado estaba perfectamente cortado… en tres partes iguales.

Su mandíbula se tensó.

—¿Qué pasa? —susurró Helena.

Daniel levantó la vista lentamente.

—Mi hermano lo cortaba así.

El silencio cayó como un peso.

—Siempre en tres —continuó él, casi para sí mismo—. Decía que era más fácil compartir.

El viento golpeó las ventanas.

La taza vibró levemente sobre el plato.
Helena sintió el pulso en su muñeca… otra vez.

Más fuerte.

Daniel dio un paso atrás.

—Esto no es una advertencia —dijo finalmente.

La miró a los ojos.

—Es una bienvenida.

El café dejó de humear de repente.
Como si algo invisible hubiera soplado sobre él.

Y entonces…
Desde el piso de arriba…
Se escuchó un crujido.

Lento.

Pesado.

Como si alguien estuviera caminando.
El café dejó de humear de repente.
Como si algo invisible hubiera soplado sobre él.




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