Sombras Del Pacto

Capitulo 4

EL SEGUNDO PISO

No estamos solos.

El silencio después de esas palabras fue más pesado que el ruido.

El crujido volvió.

Más cerca de la escalera.

Helena sintió el pulso en su muñeca arder con fuerza.

Daniel no dudó.

Se colocó un paso delante de ella.
—Quédate aquí.

—No —respondió Helena de inmediato.
Pero él ya estaba subiendo el primer escalón.

Lento. Atento.

Cada peldaño respondió con un gemido seco bajo su peso.

Helena lo siguió, aunque él no quería que lo hiciera.

Cuando llegaron al pasillo del segundo piso, el aire era más frío.

La puerta del cuarto de Helena estaba abierta.

Ella la había dejado cerrada.

Daniel levantó una mano, indicándole que se quedara atrás.

Entró primero.

El cuarto parecía intacto.

La cama tendida.

La ventana cerrada.

Nada fuera de lugar.

Pero Daniel no se relajó.

Su mirada fue directa hacia el suelo.
Helena siguió su mirada.

Polvo.

No.

Huella.

Una marca en la madera, como si algo húmedo hubiera dejado un rastro.

No era una pisada humana.

Era alargada.

Irregular.

Como si algo se hubiera arrastrado desde la ventana… hasta la puerta.

Helena sintió que el aire le faltaba.

—¿Lo ves? —susurró.

—Sí —respondió él.

Su voz era firme.

Pero su mano buscó la de ella sin mirarla.

La tomó.

No para que ella lo protegiera.

Sino para asegurarse de que no la perdía.
El rastro terminaba justo en el pasillo.

Frente a la puerta del ático.

El símbolo en la muñeca de Helena ardió con más intensidad.

Daniel apretó su mano.

—No importa lo que esté ahí arriba —dijo con determinación—. No va a tocarte.

Y por primera vez…
Helena creyó que no estaba sola frente al bosque.

Daniel no soltó la mano de Helena.

El pasillo estaba inmóvil.

Silencioso.

Demasiado.

La puerta del ático estaba cerrada.

El rastro oscuro terminaba justo debajo de ella.

Helena tragó saliva.

—Yo no la dejé abierta —susurró.
Daniel no respondió.

Se acercó un paso más.

Y entonces…
La manija giró sola.

Despacio.

Con un sonido metálico suave.

Helena sintió el pulso en su muñeca estallar en calor.

La puerta no se abrió de golpe.

Se abrió con lentitud.

Como si algo del otro lado la empujara con paciencia.

La escalera plegable cayó.

Golpe seco.

El sonido resonó en toda la casa.
Daniel se colocó frente a Helena instintivamente.

Protector.

—Quédate detrás de mí —dijo en voz baja.

Del interior del ático no salió nada visible.

Solo oscuridad.

Pero no era una oscuridad común.
Era densa.

Casi líquida.

Como si tuviera peso.

El aire se volvió más frío.

Más pesado.

Helena sintió algo diferente ahora.

No miedo.

Reconocimiento.

La oscuridad parecía inclinarse hacia ella.

Como si respirara.

Y entonces…
Una voz.

No fuerte.

No externa.

Directamente en su mente.

“No es a él a quien quiero.”
El símbolo en su muñeca brilló bajo la piel.

Daniel dio un paso adelante.

—Sea lo que sea, sal —exigió.

La oscuridad se agitó.

La escalera crujió.

Un paso.

Luego otro.

La oscuridad comenzó a tomar contorno.
Primero fue una silueta.

Alta.

Delgada.

Luego brazos.

Hombros.

Cabello.

No descendía caminando.

Descendía como si flotara apenas, sin peso real sobre los peldaños.

Helena sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Daniel dio un paso más al frente, bloqueándola casi por completo.

—No te acerques —dijo, firme.

La figura terminó de bajar.

Y entonces la luz del pasillo tocó su rostro.

Helena dejó de respirar.

No era un extraño.

Era un joven.

Cabello oscuro.

Rostro pálido.

Ojos grises.

Demasiado familiares.

Daniel se quedó rígido.

—No… —susurró.

El joven inclinó ligeramente la cabeza.
Una sonrisa leve.

Triste.

—Hola, hermano.

El mundo pareció detenerse.

Helena sintió el símbolo arder como fuego líquido bajo su piel.

Daniel no se movía.

No podía.

—Tú estás muerto —dijo con voz quebrada.

La figura lo miró sin parpadear.

—Eso depende de quién hizo el pacto.

El pasillo se enfrió aún más.

Helena comprendió algo aterrador:
El bosque no había tomado una forma cualquiera.

Había elegido la más cruel.

La que más dolía.

Y los ojos del joven… lentamente se desplazaron hacia ella.

No había odio en ellos.

Había algo peor.

Expectativa.

—Montenegro —susurró.

Daniel retrocedió un paso.

—Esto no es real —susurró—. Tú moriste.

El joven lo miró con algo parecido a compasión.

—Eso es lo que te dijeron.

El aire vibró.

Helena sintió que el símbolo en su muñeca latía al mismo ritmo que la presencia frente a ellos.

—No fui el primero —continuó el joven.
Su voz ya no sonaba del todo humana. Tenía eco. Profundidad.

Como si más de una voz hablara al mismo tiempo.

—Hubo otros antes de mí.
La casa crujió.

Las paredes parecían contraerse.
—Los Montenegro ofrecieron más de lo que recuerdan.

Helena dio un paso adelante, ignorando el brazo de Daniel que intentaba detenerla.

—¿Qué significa eso?

Los ojos grises se fijaron en ella.

—Tu bisabuela no entregó una vida.

Entregó una línea.

Silencio.

Pesado.

—Cada generación cree que el sacrificio termina con uno —continuó—.
Pero el pacto no pidió muerte.

Pidió continuidad.

Helena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Entonces tú…




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