Frida.
La última vez que empaqué tan rápido fue cuando decidí escaparme y salir de México.
En ese entonces siempre tenía todo empacado porque siempre estaba huyendo de algo, nunca terminaba de abrir bien la mochila que ya, de un momento a otro, tenía que correr y dejar todo atrás.
Me costó dejar el hábito de tener todo empacado, ya luego cuando me sentí segura de no ser encontrada, dejé todo libre. Incluso mis miedos.
Qué tonta había sido. Personas como yo no pueden dejar sus miedos atrás. No cuando ellos están hechos de carne y huesos.
De alguien sin piedad por su propia sangre.
Perdí tiempo encontrando lo importante.
Pasaporte, dinero, mis documentos y más documentos importantes. Eché también ropa, cepillos y mis tarjetas de credito y debito. Desvincule mi ubicación de todos mis deportivos y tomé conmigo la USB que tenía las pruebas de todo contra él.
Me di cuenta de que temblaba cuando intenté buscar entre todos mis contactos el número de Harold. Sonó dos veces, y mi respiración se aceleró en el proceso.
Mire a todos lados, como si mi padre pudiera salir de cualquier esquina y arrastrarme con él a México de nuevo.
Pensé que nunca contestaría, hasta que escuché su voz.
Frida, estoy un poco ocupado pero...
—Necesito que me ayudes, Lee.
No sé si escuchó mi desesperación en mi voz, pero no me importa. En mi cabeza solo tenía una idea y era escapar. Mucho más lejos. Tal vez al medio oriente, al norte, al maldito océano si era necesario.
¿Qué pasa?
—Necesito que me ayudes.
Suelto una maldición de estrés al no encontrar aquel viejo teléfono que me encargué de esconder para cuando había personas aquí.
¿Estás haciendo ejercicio? Te escuchas exaltada.
—No me hagas preguntas ahora, Harold. Necesito que me busques. Ven a buscarme a mi casa, por favor.
Lo alcancé de debajo de la cama, me arrastre aún en mi ropa de vestir y corrí nuevamente hacia la sala principal. Mi mochila ya preparada y mi bolso con el. Entro el celular en el bolso en unos de los pequeños bolsillos. Mientras guardaba todo escucho a Harold hablarme, me había olvidado por completo de él.
¿Qué demonios sucede, Frida?
—Ven ahora o me voy sin ti —advierto sin más.
Lo escucho resoplar a la par que se escuchan unas llaves de fondo.
No te muevas de ahí.
No lo hice, porque por ahora el único lugar seguro era mi apartamento pese a que él sabía su ubicación.
Sabía que esta sensación de estar siendo observada no era mi paranoia, lo sabía y no confíe en eso.
(...)
Tomo todas las precauciones cuando se escucha el timbre, miro por la perilla y cuando noto sus cabellos y lentes, suspiro. Abro la puerta usando mi huella y contraseña, Harold se adentra a mi apartamento y sin previo aviso me abraza.
Me aferro a él pasando mis manos por su espalda cubierta en aquella fina camisa beige. Su olor me calma un poco, sin embargo, sigo temblando de terror al solo imaginarme yendo lejos sin poder verlo nunca más. Dejar todo atrás, todo lo que me ha costado.
—¿Qué carajo está pasando? Esas temblando, joder.
Sus manos me acarician los brazos y la frente, tal vez preocupado ante la idea de que me haya resfriado de nuevo. Negué haciendo una mueca con mis labios.
—Tengo que irme.
Él frunce las cejas, como si yo estuviera hablándole en otro idioma extraño. Casi quiero reírme de su expresión pero la situación no amerita risas.
—¿Estás bromeando? ¿Irte a donde?
Alzo los hombros a la par que niego con la cabeza, no tenía idea de a donde iría. A cual país o continente.
—No lo sé y no puedo decirte.
—A la mierda que no puedes. ¿Qué diablos ocurre?
—¡No puedo decirte! —me alejo de él tomando mi bolso y mochila—. Solo necesito que me lleves a un hotel y uses tu tarjeta, probablemente la mía la está rastreando y...
—¡¡Detente, Frida!
Intento alejarme de él pero sus brazos siguen sosteniendome con más fuerza, como si no quisiera soltarme de ninguna manera. Me fijo en su rostro, en sus ojos preocupados y la manera en la que me mira como si doliera verme de esa forma tan desquiciada.
—Tengo que irme —vuelvo a decir.
Y es como si mi cerebro finalmente se hubiera detenido a reflexionar esa oración, a buscar el significado detrás de las palabras. Mi pecho sube y baja lentamente, siento mis ojos picar y las lágrimas deslizarse silenciosamente por mis mejillas.
Harold las detiene con su pulgar y hace algo que me sorprende, me toma entre sus manos como si fuera una muñeca, me carga obligándome a poner mis piernas por su cintura. Sus manos y brazos me aprietan a él, mis sollozos se pierden entre su cuello.
No sé por cuánto tiempo permanezco entre sus brazos, llorando y sollozando todo lo que nunca pude antes porque estaba tan ocupada en intentar sobrevivir.
—Lo siento mucho, te estoy arruinado la camisa —susurro entre mis lloriqueos.
Puedo sentirlo reír por mis palabras, pero no me aleja. Al contrario, me sostiene con más firmeza. Lo siento caminar lentamente, aun conmigo entre sus brazos como si fuera una bebe en medio de su lloradera.
—Puedes arruinarla como quieras, tengo mas camisas —comenta.
Estoy a punto de alejarme y buscarle una de sus camisas que siempre deja, no obstante, él se sienta en el mueble y me lleva consigo. De repente soy consciente de nuestra cercanía. De su rostro a milímetros del mío, de sus manos en mi espalda baja y mi cintura.
Inhalo, embriagándome de su perfume y de su calor. De la manera en la que sus ojos me miran detenidamente, con un cariño y preocupación que me hiela los huesos.
Sé que parezco una loca, con el maquillaje corrido y la ropa estrujada. Mi cabello está todo sudado y revuelto por las vueltas que he dado en todo el día.
#3673 en Novela romántica
#1221 en Otros
pasados dolorosos, drama amistad, romance reencuentro reconcilacion
Editado: 05.01.2026