Frida.
Emiliano tiembla a mi costado aún abrazado de mí. Sentir su calor y el tamaño de su cuerpo tan vulnerable contra el mío me ha sacado de órbita. Pero no mucho más que el hecho de que tengo hermanos.
No tenía hermanos, y ahora de repente tenía a una adolescente y un niño dependiendo de mí.
—¿Cómo me encontraste?
Si notó la vergüenza en mi rostro, no dijo nada. Su mirada estaba perdida en el fuego de la improvisada fogata que habíamos conseguido hacer. Su cabello es marrón, de ese marrón oscuro que solo vi una sola vez en mi vida. En mi madre.
Era idéntica a ella, solo que sus ojos eran verdes.
Y Emiliano era… precioso. Demasiado inocente para la vida que le ha tocado.
—Mamá nunca dejó de hablar de ti —expone, con una amargura que me estremece—. Sé que nos amaba a todos por igual, pero ella siempre te recordaba. Decía que eras su palomita, porque volaste lejos.
Trago saliva, Emiliano a mi lado se remueve y tengo que tomarlo en brazos para abrazarlo a mí. Tenía una vieja chaqueta puesta que apenas lo cubría del frío de la noche, acaricio sus brazos y espalda esperando que al menos con mi calor pueda dormir un poco.
Lo cual yo no creía poder hacer en está bodega vieja y abandonada, tenía terror de cerrar los ojos y encontrarme con él delante de mí. Con su cara triunfante y su peculiar forma de hacerme saber que él siempre ganaba.
—No podía quedarme —confieso—, en cuanto cumpliera la mayoría de edad él me entregaría a algún viejo asqueroso a cambio de más poder, más territorio.
Para mi padre nunca fui más que una inversión, algo que le daría frutos de manera económica. Era doloroso decirlo en voz alta, porque en mi mente siempre supe que no me querías más allá de lo que puede obtener de mí, pero decirle eso a alguien más, confesar que ni siquiera mi propio padre me quiere, era algo más difícil de hacer.
—Lo sé, mamá me dijo que quizás por eso escapaste. Porque tu padre era… un idiota —dice en voz baja, mirando a Emiliano—. Y lo siento, por todo lo que has pasado. Mi padre no era un idiota.
Asiento, sin obviar el hecho de que habla de él en pasado. La veo abrazarse a sí misma, apoyar su barbilla en sus rodillas y es ahí que noto lo tan pequeña que luce. Su carita arrugada en preocupación me enternece.
—Mi mamá… ¿cómo está ella?
En solo un segundo, sus ojos se cristalizan. Su llanto es incontrolable mientras intenta ocultar su rostro y las lágrimas, trago en seco. Deseando que el nudo en mi garganta se disuelva. Mis manos tiemblan cuando intento arropar a Emiliano con mis brazos.
—Tu papá… él se enteró de nosotros. Descubrió que mamá estaba con mi padre, que tenía otra familia y…
—No —la interrumpo, porque sé cómo termina esta oración—. No, por favor…
Podía contar las veces que he rogado por algo en mi vida, pero nunca nada me había dolido tanto al decirlo.
—Él la mató —susurró—, mató a mi padre.
Echo la cabeza hacia atrás, como si pudiera evitar así las lágrimas o que se me rompa el corazón en pedazos. La noticia cala en mi huesos mientras más la digiero y escucho sus llantos.
Está muerta. Mi padre mató a mi madre.
Durante un segundo el fuego deja de crepitar frente a mí.
O tal vez soy yo la que deja de escucharlo.
Renata sigue llorando.
Emiliano duerme. Y el mundo continúa girando como si alguien no acabara de arrancarme el corazón del pecho.
Yo nunca me despedí. Nunca la busqué. Nunca podré…
Me tapo la boca queriendo evitar despertar a Emi por culpa de mis sollozos, ahora era yo quien lloraba a más no poder por la noticia. Estoy tan ocupada llorando en silencio que cuando siento sus brazos por mi cuello y espalda, no la alejo.
Dejo que me abrace y me aferro a ella mientras me desmorono por la culpa, la falta de fuerza y el duelo. El duelo que siento como crece desde mi corazón hasta ocupar cada órgano, impidiendo que respire con normalidad y que piense con claridad.
—No puede ser —suplico entre llanto, incapaz de reconocer mi propia voz—. No es verdad, por favor, dime que no es verdad.
Sus palabras son imposible de entender entre sus lamentos, ni siquiera yo misma puedo hablar con normalidad. No podía estar pasando esto. No ahora.
No cuando él está a punto de encontrarme.
—Por eso te he estado buscando. No tenemos a nadie más, si me quedaba en México él nos mataría.
Cierro los ojos escondiendo mi rostro entre su antebrazo y pecho.
Ahora más que nunca tenía que ser fuerte, pero mientras lloraba en los brazos de mi hermana, no podía siquiera pensar en cómo mantenernos con vida.
(...)
Sus respiraciones eran pausadas, y cada tanto chocaban con la piel desnuda de mi cuello. Emiliano dormía delante de mí, mis brazos se aferraban fuerte a su cintura mientras que los brazos de Renata se sostenían de la mía. Su frente estaba pegada a mi espalda mientras intentaba abrir los ojos.
Los sentía pesados, lagañosos e irritados de tanto llorar. Tenía la garganta seca y el cuerpo dolorido, pero al menos seguía con vida.
No sabía cómo pero tenía que sacarnos de aquí, más a ellos. Corrían peligro y ahora que estaban cerca de mí, la cosa se ponía más peligrosa. Saber que Renata estaba convencida de que mi padre los mataría en cualquier momento, y que yo no dudaba de que lo haría.
Ante sus ojos, mamá lo traicionó. Y él nunca se quedaba quieto ante una traición.
Yo solo me pregunto cómo ella logró ocultarlos por tanto tiempo.
Mis huesos crujieron al intentar levantarme. Como pude los dejé solos y cómodos con lo que tenía, miré a Emi acurrucarse contra su hermana sin dudarlo. Sonrío, alejándome solo unos pasos para pensar.
Pero en cuanto doy tres pasos, el sonido de la puerta y las voces de otras personas me ponen en alerta. No dudo un segundo para correr hacia Renata y despertarlos.
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Editado: 18.08.2026