Sombras en Abastos

Capítulo 2: El precio de quedarse callado

Afuera, un nuevo camión acababa de detenerse frente a la bodega 13.

Y esta vez, David ya sabía que no todas las rutas conducían al mismo destino.

El motor siguió encendido unos segundos mientras varios hombres empezaban a descargar costales rápidamente. En Abastos nadie parecía sorprenderse. Los camiones llegaban a toda hora y el movimiento nunca se detenía realmente. Algunos productos entraban directamente a las bodegas y otros terminaban saliendo hacia ventas informales alrededor del mercado, donde muchas veces los precios eran más bajos y la gente compraba rápido sin preguntar demasiado.

David sostuvo el mapa dentro de su chaqueta y observó en silencio.

Desde lejos, las bodegas parecían funcionar cada una por su lado, pero mientras más miraba, más entendía que todo estaba conectado. Las mismas carretas pasaban de una bodega a otra. Los mismos hombres hablaban en voz baja entre pasillos. Y las decisiones que se tomaban en un punto terminaban afectando a todos.

—¿Qué mira tanto? —preguntó Don Ferney acercándose.

—Nada… solo estaba pensando.

—Aquí pensar mucho distrae —respondió su padre mientras levantaba un costal—. Venga y ayude.

David empezó a mover mercancía junto a los demás trabajadores. El ruido era el de siempre: carretas rechinando, vendedores gritando precios y radios sonando desde las bodegas abiertas.

Pero esa mañana algo parecía distinto.

Había más producto acumulado. Costales arrumados contra las paredes. Y varios comerciantes revisando la mercancía con preocupación.

—Si esto no sale hoy, mañana toca venderlo más barato —comentó uno de ellos.

—La gente ya está comprando afuera —respondió otro señalando hacia la calle.

David miró hacia la entrada principal de Abastos. Desde ahí podían verse puestos improvisados, camiones pequeños y vendedores ofreciendo papa a precios mucho más bajos.

—Muchos prefieren comprar allá porque es más barato —dijo uno de los coteros mientras acomodaba cajas—. Y uno aquí pagando bodega, transporte y trabajadores…

Don Ferney guardó silencio.

La papa era delicada.

Si no se vendía rápido empezaba a dañarse.

Algunas se ponían blandas. Otras se manchaban.

Y cuando eso pasaba, tocaba venderlas casi regaladas.

David observó varios costales abiertos en una esquina. Algunas papas ya empezaban a verse golpeadas por el calor y el tiempo.

Por primera vez entendió que el problema no era solo lo que llegaba.

También era todo lo que quedaba.

Horas después, el mercado estaba completamente lleno.

Compradores caminaban entre pasillos comparando precios mientras los comerciantes intentaban vender antes de que el producto empezara a dañarse.

David recorrió las bodegas observando con más atención que antes.

En una esquina, dos hombres discutían porque un cargamento había llegado tarde.

Más adelante, un comerciante cambiaba precios escritos a marcador sobre un cartón.

Y cerca de la bodega 19, varias personas hablaban alrededor de una camioneta sin placas visibles.

Todo parecía normal para quienes trabajaban ahí.

Pero David empezaba a notar detalles que antes ignoraba.

La rapidez con la que desaparecía cierta mercancía. Los nombres que nunca se decían completos. Los pasillos por donde algunos podían pasar sin que nadie preguntara nada. Y sobre todo… el silencio.

Porque en Abastos la gente hablaba mucho.

Pero nunca de todo.

En la guarapería el ambiente era diferente. Más relajado. Más sincero también.

Un radio viejo sonaba mientras varios trabajadores se distraían después de descargar mercancía toda la noche.

—La papa ya no se mueve como antes —comentó uno mientras servía guaro en vasos pequeños.

—Es que ahora la gente compra afuera y ya entra aquí solo a mirar.

—Y allá venden más barato porque no tienen los mismos gastos.

David escuchaba atento desde una mesa cercana.

—Uno aquí intenta trabajar bien —continuó otro hombre—, pero cada vez es más difícil competir con tanta venta informal alrededor.

Uno de ellos bajó la voz.

—Anoche volvieron a usar el paso.

David levantó la mirada inmediatamente.

—¿Cuál paso? —preguntó.

Los hombres se quedaron callados por un segundo.

Después uno soltó una pequeña risa.

—Mijo… usted pregunta mucho.

En ese momento Don Ferney apareció en la puerta de la guarapería.

—Necesito hablar con usted.

David se levantó de inmediato.

Cuando salieron nuevamente al pasillo, Don Ferney caminó unos metros en silencio antes de detenerse.

—Hay cosas de Abastos que es mejor mirar de lejos.

—¿Por qué?

—Porque aquí todos trabajan con todos… aunque digan que no.

David frunció el ceño.

—¿Y el paso?

Don Ferney lo miró serio.

—El problema no es el paso.

—Entonces, ¿qué es?

Su padre observó alrededor antes de responder.

—Que mucha gente depende de él.

El ruido del mercado volvió a llenar el silencio.

Carretas pasando. Costales golpeando el piso. Personas negociando.

Todo seguía moviéndose igual que siempre.

Pero ahora David entendía algo distinto.

En Abastos no todo funcionaba por reglas escritas.

Muchas cosas funcionaban por costumbre.

Por acuerdos.

Por necesidad.

Y mientras guardaba nuevamente el mapa dentro de su chaqueta, comprendió que ese punto oscuro entre la 13 y la 14 no era solo un lugar escondido.

Era parte de algo que llevaba años funcionando frente a todos… mientras las bodegas seguían llenándose de papa que cada día costaba más vender.




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