La noche envolvía el puerto industrial de Melilla en una penumbra inquietante. Las luces parpadeantes de las grúas proyectaban sombras alargadas sobre el asfalto húmedo mientras Álvaro Ríos y Lucía observaban desde una furgoneta discreta, estacionada a una manzana de distancia.
—¿Ves algo sospechoso? —preguntó Lucía, ajustando los prismáticos.
—Demasiada calma —respondió Álvaro—. Para una operación de este calibre, deberían estar más nerviosos.
El Chacal, esposado en el asiento trasero, soltó una carcajada seca.
—Nunca lo veréis venir —murmuró.
Álvaro giró la cabeza y lo fulminó con la mirada.
—¿A qué te refieres?
—Os equivocáis de objetivo —dijo el prisionero—. Os han hecho creer que el puerto es el destino, pero el verdadero cargamento zarpa de la cala de Aguadú.
Lucía apretó los labios.
—Podría estar mintiendo —dijo en voz baja.
—Podría —concedió Álvaro—. Pero si tiene razón, perderemos la oportunidad.
Sacó su teléfono y llamó a la Guardia Civil.
—Necesitamos una patrulla en el puerto industrial, que revisen cada contenedor sospechoso. Nosotros nos dirigimos a Aguadú.
Encendieron el motor y se alejaron a toda velocidad. El Chacal permanecía en silencio, con una sonrisa que inquietaba a ambos.
La carretera hacia la cala serpenteaba por la costa. El rugido de las olas chocando contra las rocas acompañaba su avance.
—Si esto es una trampa... —dijo Lucía.
—Lo sabremos pronto —respondió Álvaro.
Al llegar, apagaron las luces y avanzaron a pie. Al otro lado de la cala, varios hombres cargaban grandes fardos en una lancha semirrígida.
—Ahí están —murmuró Álvaro—. Y llevan prisa.
Lucía pidió refuerzos mientras Álvaro se deslizaba por las rocas. Se acercó lo suficiente para escuchar la conversación en árabe.
—El cargamento debe llegar antes del amanecer —dijo uno de los hombres—. El jefe en Tánger espera noticias.
El jefe en Tánger. Álvaro memorizó ese detalle. Se retiró y le hizo una señal a Lucía.
—Vamos a por ellos —susurró.
Descendieron al mismo tiempo. Los narcotraficantes gritaron al verlos. Dos de ellos sacaron pistolas y dispararon. Álvaro rodó tras una roca y devolvió el fuego, derribando a uno. Lucía se cubrió mientras una bala impactaba cerca de su cabeza.
La lancha intentó escapar. Álvaro corrió hacia la orilla, se lanzó al agua y se agarró al costado del motor. Subió de un impulso y noqueó al piloto. El segundo hombre lo atacó con un cuchillo. Álvaro lo esquivó y lo empujó al agua.
Lucía llegó jadeando a la orilla.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Álvaro, empapado—. Pero esto no ha terminado. Debemos descubrir quién es el jefe en Tánger.
Mientras la Guardia Civil aseguraba la cala, Álvaro contempló el horizonte. El sol comenzaba a teñir el cielo de rojo. El amanecer llegaba, pero la guerra por el mar de Alborán apenas comenzaba.
Editado: 19.02.2025