La ciudad nunca dormía del todo. Desde el ventanal de su despacho, Ricardo Alvarado observaba las luces que se apagaban de a poco en los edificios cercanos. Eran casi las once de la noche, pero él seguía trabajando, como siempre.
Se sirvió un whisky y hojeó los documentos sobre su escritorio. Las transferencias, las firmas falsas, los nombres de empresas fantasmas. No era un hombre ingenuo: sabía que tarde o temprano alguien vendría a cobrarle las deudas, y no hablaba de dinero.
Un sonido detrás de la puerta lo hizo girar la cabeza. Creyó escuchar pasos en el pasillo, pero al abrir no había nadie. Volvió a sentarse, nervioso. El silencio era demasiado espeso.
A los pocos minutos, una sombra se deslizó dentro del despacho. La puerta se cerró con un clic sordo. Alvarado apenas alcanzó a levantarse cuando vio el cañón de un arma apuntándole al pecho.
—No tenías que meterte con ellos —dijo una voz fría, imposible de identificar.
El disparo retumbó en la habitación. El vaso de whisky cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
Antes de que la oscuridad lo consumiera, Alvarado alcanzó a ver cómo la figura manchaba la pared con un símbolo extraño y dejaba un sobre en su bolsillo. Después, nada.
La ciudad volvió a su calma habitual. Afuera, la lluvia empezaba a caer.