Parte 1: El Encuentro
Capítulo 1: La Niebla Se Aproxima
Era una tarde como cualquier otra en el pequeño pueblo de Hollow Creek. Las hojas otoñales se mecían suavemente con el viento, creando un murmullo constante que acompañaba el eco de las pisadas sobre las calles empedradas. Los habitantes llevaban una vida tranquila, sin mayores sobresaltos, y todos se conocían lo suficiente como para saber qué esperar unos de otros. Sin embargo, esa calma rutinaria estaba a punto de quebrarse.
Marta, la dueña de la única tienda de comestibles en la plaza central, miraba distraídamente por la ventana mientras limpiaba el mostrador. La temperatura había bajado de forma abrupta, un fenómeno extraño para esa época del año. Los cielos, que normalmente mostraban un atardecer dorado y despejado, ahora se veían grises y cargados, como si una tormenta se acercara. Pero no era una tormenta lo que estaba por llegar.
A lo lejos, sobre las colinas que rodeaban el pueblo, una densa niebla comenzó a formarse. Al principio parecía inofensiva, como una bruma matinal común que eventualmente se disiparía. Pero esta niebla no era como las otras. Era pesada, casi opaca, y avanzaba con una velocidad que no correspondía a ningún fenómeno natural que Marta hubiera visto. Mientras la observaba, sintió un escalofrío que recorrió su espalda, pero trató de sacudirse la sensación de malestar. Seguramente no era nada, solo una mañana particularmente fría.
El reloj de la iglesia dio las seis campanadas que indicaban el final de la jornada para la mayoría de los habitantes. Los pocos que aún deambulaban por las calles comenzaron a apresurar sus pasos hacia sus hogares, sintiendo un leve aire gélido que se colaba por sus cuellos. Pronto, la plaza quedó casi desierta, salvo por unos cuantos transeúntes que, como Marta, miraban con inquietud el rápido avance de la niebla.
El Avance Silencioso
Tomás, el pastor del pueblo, caminaba de regreso a su pequeña cabaña al borde del bosque. Era un hombre sereno, siempre confiado en que cualquier perturbación podía ser enfrentada con fe y temple. Sin embargo, esa tarde, mientras observaba el extraño fenómeno acercarse desde las colinas, no pudo evitar sentir una especie de inquietud en su pecho, algo que no había experimentado en años.
"Es solo niebla", murmuró para sí mismo mientras apretaba su abrigo alrededor de su cuerpo. Pero algo en esa niebla era... diferente. No tenía la ligereza natural de la bruma matinal que solía envolver las montañas cercanas. Esta parecía tener vida propia, como si arrastrara consigo un propósito siniestro.
Al llegar a la puerta de su cabaña, Tomás miró una última vez hacia el horizonte, y por un instante creyó ver algo moverse entre la niebla. Una figura alta y oscura, borrosa, pero inconfundible. Parpadeó varias veces, y la silueta se desvaneció. Con el corazón acelerado, cerró la puerta con rapidez y se dirigió a la chimenea para encender un fuego, tratando de sacarse de la cabeza lo que acababa de ver.
Los Primeros Susurros
Mientras tanto, en la taberna local, unos pocos parroquianos se habían reunido para beber y charlar sobre los eventos del día. Ernesto, el tabernero, había notado también el avance de la niebla, pero se rehusaba a darle importancia. "Es solo neblina", dijo con una sonrisa despreocupada mientras llenaba las jarras de sus clientes. "En un par de horas se habrá ido."
Sin embargo, a medida que la noche caía, la niebla no desaparecía. Al contrario, parecía volverse más espesa y envolver todo el pueblo. Desde las ventanas de la taberna, los parroquianos comenzaron a notar que ya no podían ver las luces de la plaza ni las siluetas de las casas cercanas. Era como si el mundo exterior hubiera desaparecido por completo.
"A mí no me gusta esto", murmuró Juan, un viejo pescador que vivía cerca del río. "He visto niebla antes, pero esta... esta se siente mal."
"Deja de decir tonterías, Juan", replicó Ernesto, aunque su voz ya no tenía el mismo tono de certeza. "Es solo un fenómeno atmosférico."
Pero el ambiente dentro de la taberna se había vuelto tenso. Algunos comenzaron a sentir una extraña presión en el pecho, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado. Y entonces, se escuchó por primera vez: un susurro lejano, casi imperceptible, pero lo suficientemente claro como para hacer que todos se quedaran en silencio.
"¿Lo oyeron?", preguntó Ana, una joven que trabajaba en la taberna. Nadie respondió, pero todos habían escuchado lo mismo. Un susurro, proveniente de la niebla.
Ernesto se acercó a la ventana para tratar de ver algo más allá de la espesa cortina blanca. No había nada, solo niebla. Pero ese silencio, interrumpido por el leve susurro, parecía indicar algo más. Algo que nadie podía comprender.
La Primera Noche
Con la llegada de la medianoche, la niebla había engullido por completo Hollow Creek. Las luces del alumbrado público apenas iluminaban un metro a su alrededor, y las calles estaban desiertas. En algunas casas, las ventanas estaban cerradas y las cortinas corridas, como si los habitantes supieran, de alguna manera, que algo malo acechaba afuera.
Marta decidió cerrar la tienda más temprano de lo habitual. Mientras echaba el cerrojo a la puerta, sintió nuevamente ese escalofrío, más intenso que antes. La niebla no era solo densa; parecía pulsar, como si tuviera vida propia. Caminó rápidamente hacia su casa, situada a pocas cuadras de la tienda, pero el camino le pareció interminable. Cada sombra que proyectaba la luz en la niebla parecía deformarse, retorciéndose como si algo o alguien la estuviera observando desde las profundidades blancas.
En su casa, Tomás no pudo conciliar el sueño. Las palabras del anciano que había hablado en la iglesia semanas atrás resonaban en su cabeza. "La niebla siempre ha traído consigo almas perdidas", había dicho el anciano con una voz temblorosa, a pesar de las risas nerviosas de los demás. Ahora, esas palabras parecían adquirir un nuevo significado.