Capítulo 7: Huida en la Niebla
El aire en Hollow Creek se había vuelto más espeso, como si la niebla misma hubiera absorbido todo el oxígeno, todo el calor, dejándolo sólo frío y angustia. El grupo se había dispersado tras el ritual, esperando que las sombras retrocedieran. Sin embargo, apenas había pasado una hora desde que el viento dispersó temporalmente la niebla cuando algo cambió de manera abrupta.
Un estruendo rompió el silencio. No era un sonido natural, como un trueno o el viento, sino algo más profundo, como un gemido proveniente del corazón mismo de la tierra. Las criaturas, que pensaban haber ahuyentado, estaban regresando. Lo sabían, lo sentían.
Marta, todavía junto a Luis y Tomás, miró alrededor, intentando descifrar de dónde provenía ese sonido. Pero la niebla había regresado con una densidad impenetrable, cubriéndolo todo de nuevo, como si nunca hubiera retrocedido.
"¡Corred! ¡Nos están rodeando otra vez!" gritó Tomás, desesperado. El terror en su voz era palpable.
Las sombras en la niebla parecían haber crecido, fortaleciéndose tras el fallido intento de ahuyentarlas. Ahora se movían con una velocidad y agresividad desconocidas. Lo que antes eran formas espectrales y lentas ahora eran presencias rápidas, impredecibles, deslizándose entre los árboles y las casas como si fueran parte de la misma niebla.
Luis, aún aturdido por lo que había sucedido durante el ritual, trató de levantarse con la ayuda de Marta. Su cuerpo temblaba, pero el miedo que sentía lo empujaba a moverse. No tenían mucho tiempo. Las criaturas ya estaban cerca.
El Inicio de la Huida
"¡Vamos, Luis, tenemos que salir de aquí!" dijo Marta, con el corazón latiendo en su pecho como si estuviera a punto de estallar. Miró hacia Tomás, que ya estaba corriendo hacia el camino del bosque.
El suelo bajo sus pies parecía temblar ligeramente, como si algo estuviera acechando justo debajo de ellos. La niebla se cerraba en torno al grupo, y las sombras parecían multiplicarse, como si la oscuridad misma estuviera cobrando vida.
La única opción era correr, aunque no sabían hacia dónde. No había un lugar seguro en Hollow Creek. La niebla había reclamado todo, y las sombras parecían estar en todas partes.
"¡Por aquí!" gritó Tomás desde adelante, señalando un pequeño sendero entre los árboles. Aunque el camino estaba cubierto por la densa niebla, parecía ser la única opción que tenían.
Sin pensarlo dos veces, Marta y Luis lo siguieron, corriendo tan rápido como podían. El aire frío les quemaba los pulmones, y sus piernas se movían por puro instinto, impulsadas por el terror. No se atrevían a mirar atrás, pero sabían que las sombras estaban cerca, moviéndose sigilosamente detrás de ellos.
La Desorientación
Corrieron durante lo que les pareció una eternidad. El mundo a su alrededor era un caos de árboles distorsionados por la niebla, ramas que crujían a su paso y el eco de sus propios jadeos. Pero, por más que corrían, no parecía que se estuvieran alejando del peligro. Era como si la niebla los envolviera en un laberinto infinito, sin salida, sin rumbo.
"¡No sé dónde estamos!" gritó Ana, que se había unido al grupo durante la huida.
"¡No importa, sigue corriendo!" respondió Tomás, sin detenerse.
Pero cada paso que daban parecía más difícil. La niebla era más espesa de lo que había sido antes, como si estuviera viva, resistiéndose a dejarlos escapar. De vez en cuando, Marta podía vislumbrar una figura oscura moviéndose en la periferia de su visión, pero cada vez que se volvía a mirar, no había nada.
De repente, Luis tropezó y cayó al suelo con un grito ahogado. Marta se detuvo y corrió hacia él, ayudándolo a levantarse. "¡Vamos! ¡No podemos detenernos!" dijo, aunque ella misma apenas podía contener el pánico.
Pero justo cuando Luis se puso de pie, la niebla se agitó violentamente a su alrededor, y una sombra surgió frente a ellos. Era más alta y más definida que las que habían visto antes, como si esta hubiera evolucionado, fortaleciéndose con el miedo y la confusión que los rodeaba.
Marta intentó retroceder, pero la sombra se abalanzó hacia ellos con una velocidad aterradora. Luis gritó, y de inmediato sintió cómo una mano fría y oscura lo rozaba. Pero en ese momento, Tomás apareció y arrojó una piedra hacia la criatura. La sombra retrocedió momentáneamente, como si el impacto de algo físico la hubiera sorprendido.
"¡Corre, ahora!" gritó Tomás, agarrando a Marta y a Luis, y empujándolos hacia adelante.
Un Camino Desesperado
Corrieron de nuevo, más rápido que antes, impulsados por la adrenalina. El grupo se dirigió hacia una vieja granja abandonada a las afueras del pueblo. Era un lugar que conocían bien, aunque llevaba décadas sin ser utilizado. Tal vez, solo tal vez, allí estarían a salvo por un momento.
Las sombras continuaban siguiéndolos, pero algo en ellas había cambiado. Ya no se movían con la misma precisión. Era como si el hecho de que el grupo se resistiera a su control las hubiera debilitado, pero solo un poco. Aun así, el peligro seguía siendo real y constante.
Llegaron a la granja con las últimas fuerzas que les quedaban. La vieja estructura de madera crujía bajo el peso de los años y el abandono. Las ventanas estaban rotas, y la puerta apenas se mantenía en su lugar.
"¡Entrad! ¡Rápido!" gritó Marta mientras empujaba la puerta.
Una vez dentro, todos se detuvieron para recuperar el aliento. La niebla se acumulaba afuera, envolviendo la granja en un manto de oscuridad.
"¿Crees que estamos a salvo aquí?" preguntó Ana, aún jadeando.
"No lo sé," respondió Marta, mirando por una de las ventanas rotas. "Pero no tenemos muchas más opciones."