Capítulo 28: El guardián oscuro
El amanecer llegó con un cielo plomizo, teñido de un gris enfermizo que parecía anunciar desgracia. El pueblo, cercado por la multitud de ecos, apenas respiraba entre susurros. Nadie se atrevía a salir de las casas, y cada ventana era un ojo vigilante sobre la marea de figuras que aguardaban inmóviles.
Los protagonistas sabían que no podían esperar más. Si no descubrían qué mantenía a los ecos atados al bosque, pronto el pueblo sería arrasado.
El Camino
Guiados por Don Eusebio, se adentraron en el bosque. Cada paso se sentía pesado, como si el aire mismo se espesara con recuerdos olvidados. Los árboles se cerraban sobre ellos, y la niebla —débil pero persistente— regresaba en jirones, enroscándose en sus tobillos como serpientes.
Marta se estremeció.
—Es como si el bosque respirara… como si supiera que estamos aquí.
—Lo sabe —respondió Don Eusebio con voz grave—. Todo lo que fue devorado por la niebla sigue latiendo bajo estas raíces.
Avanzaron en silencio, hasta que comenzaron a escuchar murmullos. No eran voces nítidas, sino ecos de palabras, fragmentos de conversaciones, risas, llantos… como si el bosque repitiera los recuerdos de quienes se habían perdido.
Ana se detuvo, horrorizada.
—Ese… ese es mi padre. Reconozco su voz.
Los demás también escucharon nombres y frases que los atravesaron como cuchillos. El bosque hablaba con las memorias de los desaparecidos.
El Claro de los Perdidos
Tras horas de marcha, llegaron a un claro iluminado por una luz enfermiza que no provenía del sol. En el centro había un círculo de piedra cubierto de raíces negras que se retorcían como serpientes vivas.
Y allí estaban: decenas de cuerpos en pie, inmóviles, con los ojos cerrados. No eran ecos como los que atacaban al pueblo: eran los cuerpos originales, marchitos, algunos casi momificados, otros frescos como si hubieran desaparecido ayer.
Marta se cubrió la boca para no gritar.
—Dios mío… entonces los que atacan al pueblo… son solo copias.
Don Eusebio asintió.
—Marionetas tejidas con la niebla. Los verdaderos… siguen aquí, atrapados.
Luis apretó los puños.
—Entonces aún podemos salvarlos.
Pero antes de que pudieran acercarse, una sombra surgió entre las raíces.
El Guardián del Claro
Era una figura enorme, formada de humo denso y ramas retorcidas. Sus ojos brillaban como carbones encendidos, y su voz resonó como un trueno:
—Los cuerpos me pertenecen. La deuda no ha sido saldada.
El Guardián del Claro se alzó sobre ellos, y los ecos que rodeaban el círculo abrieron los ojos al mismo tiempo, revelando pupilas blancas y vacías.
Tomás blandió su arma improvisada.
—¡Pues ven a cobrárnosla, maldito!
El Guardián rugió, y la tierra tembló bajo sus pies. Las raíces se alargaron como látigos, atacando a los intrusos.
La Lucha
Los protagonistas se dividieron:
• Luis y Tomás repelían las raíces con antorchas y golpes desesperados.
• Ana intentaba usar su marca para frenar a los ecos, logrando inmovilizarlos por momentos, aunque la fuerza la drenaba como si cada orden arrancara un pedazo de su alma.
• Marta se acercó a los cuerpos atrapados, intentando reconocer rostros. Entre ellos, vio a Clara, su amiga.
—¡Resiste, por favor! —gritó, intentando sacarla de las raíces.
Por un instante, los ojos de Clara se abrieron apenas, y una lágrima rodó por su mejilla.
Marta gritó al grupo:
—¡Siguen vivos! ¡Hay que liberarlos!
Don Eusebio, con el rostro pálido, levantó su bastón tallado con símbolos antiguos.
—Solo un sacrificio podrá romper estas cadenas.
El Precio
El Guardián rugió, alzando sus brazos de humo.
—Elige. Liberen sus cuerpos… y la niebla tomará los vuestros.
El dilema cayó sobre ellos como una espada. ¿Podían salvar a los suyos si significaba entregarse al mismo destino?
Luis miró a los demás con determinación en sus ojos.
—No vinimos hasta aquí para rendirnos. Si tenemos que dar algo… que sea en nuestros términos.
Ana, exhausta, cayó de rodillas. Su marca ardía como fuego.
—La conexión… podemos invertirla. Si unimos nuestras fuerzas… tal vez rompamos el lazo sin entregarnos.
El Guardián avanzó, riendo con un sonido que no era humano.
—Intenten. El bosque siempre cobra su deuda.
Y así comenzó la batalla que decidiría no solo el destino de los ecos… sino el de los protagonistas mismos.
RESUMEN: Se adentran en el corazón del bosque para descubrir la fuente de los ecos.