Los Blackwood fueron la pareja más temida durante años. Ya han pasado doce años desde su muerte. Doce años desde que el mundo decidió que estaba a salvo, aunque sus nombres todavía recorren las calles de mi pueblo en murmullos. Es difícil no oírlos, más aún cuando lo hacen enfrente de mí.
No los juzgo, no saben quién soy... y no deberían.
Cada mañana del primer día de la semana, me tiño el cabello, uso ropa que no me pertenece y me camuflo. Escucho cómo los nombran en los mercados, las tabernas y la herrería. Hablan de ellos como si fueran monstruos.
Dicen que practicaban una magia oscura, un poder viejo y antinatural, corrupto, que torcía las leyes de la naturaleza. Bastaba con que entrelazaran sus manos para que el suelo se sacudiera con furia, agrietando los adoquines de los mercados y haciendo que el pueblo contuviera el aliento. Todos desconocían un poder como el de ellos. Juntos eran invencibles.
Los recuerdan como una era de oscuridad, como una advertencia y una historia que termina bien por el solo hecho de que los villanos perdieron. Lo dicen con alivio y seguridad.
Como si no estuviera escuchando desde las sombras.
Como si no existiera.
Nadie sabe que tenía cinco años cuando aprendí lo que era la ausencia. Porque eso eran para mí: padres.
Nadie sabe que cada palabra que pronuncian pesa sobre mí.
La pareja Blackwood fue el reflejo de una etapa de necesidad y poder.
Y yo llevo su apellido.