Los Blackwood fueron la pareja más temida durante años.
Si no has oído hablar de ellos, entonces probablemente viviste dentro de una burbuja toda tu vida.
Han pasado doce años desde su muerte.
Doce años desde que el mundo decidió que estaba a salvo.
Sus nombres todavía recorren las calles de mi pueblo.
Lo sé porque a veces salgo.
Me tiño el cabello. Uso ropa que no me pertenece.
Y escucho.
Escucho cómo los nombran en los mercados.
En tabernas. En conversaciones descuidadas donde nadie baja la voz.
Hablan de ellos como si fueran monstruos.
Dicen que practicaban magia oscura.
Que su poder era antinatural.
Que cuando unían sus manos, el suelo temblaba y los edificios caían como si fueran de papel.
Eso último es cierto.
Juntos eran invencibles.
O, al menos, nadie pudo decir lo contrario.
Todos desconocían un poder como el de ellos.
Los recuerdan como una era de oscuridad.
Como una advertencia.
Como una historia que termina bien porque los villanos murieron.
Lo dicen con alivio.
Con seguridad.
Lo dicen como si yo no estuviera allí.
Como si no estuviera escuchando desde las sombras.
Como si no existiera.
Nadie sabe que tuve cinco años cuando aprendí lo que era la ausencia de mis padres.
Porque eso eran para mí.
Padres.
Nadie sabe que cada palabra que pronuncian tiene peso en mí.
La pareja Blackwood fue el reflejo de una etapa de necesidad y poder.
Y yo llevo su apellido.