Erika
“El arte de parecer inofensiva”
Las calles eran más alborotadas al mediodía.
Eso facilitaba las cosas.
Vendedores gritando, personas comprando, guardias vigilando. Apenas había lugar para caminar.
Cruzaba entre los puestos con la cabeza baja. Mis manos estaban ocultas bajo la tela gastada de mi abrigo.
No miraba la comida; no hacía falta. Podía sentir el peso de cada manzana a la distancia.
Tan solo un segundo después, rodó una manzana. Luego otra.
Una bolsa pequeña se deslizó del borde de un mostrador; fui guardándolas una por una para luego colocarlas dentro de mi saco sin que el vendedor lo notara.
Eso se llama control, precisión, movimiento mínimo. Así debía hacerse.
Sin espectáculo, sin ruido, sin Castiel.
Un estruendo resonó por todo el mercado.
Me di la vuelta y ahí estaba él, con las cajas en el piso y las frutas rodando.
Cerré los ojos un segundo.
—Castiel… —murmuré.
A unos metros, mi hermano intentaba recuperar con torpeza varias piezas de pan que flotaban de manera inestable frente a él. Una subía demasiado. Otra giraba sin control.
La telequinesis requería delicadeza. Castiel tenía entusiasmo. No eran lo mismo.
—¡Eh! ¡Alto! —gritó un comerciante.
Las miradas comenzaron a girarse.
Caleb apareció desde el otro lado del puesto, expresión dura, mandíbula tensa.
—Nunca aprendes.
—Hora de irnos —pronuncié.
Los tres echamos a correr.
No fue una huida desesperada. Fue calculada.
Atravesamos los puestos, lanzando objetos para despistar y perder nuestros rastros.
Doblamos en una esquina, luego otra.
Pero cuando pensamos que ya habíamos escapado, nos encontramos de frente con guardias.
Cuatro.
Armaduras ligeras. Espadas cortas.
—Mierda —murmuró Castiel.
Intentamos dispersarnos, pero los guardias cerraron el paso y nos obligaron a retroceder hasta un callejón sin salida.
Silencio.
Uno de los guardias dio un paso al frente. Era alto, delgado, morocho. Sostenía un cuchillo con demasiada ligereza, como si aquello fuera un juego.
—No tienen a dónde ir. Devuelvan lo que se llevaron y olvidaremos lo sucedido.
—No sé de qué habla —susurré.
El guardia ladeó la cabeza. Me recorrió con los ojos. Lento.
Demasiado lento.
Sostuve su mirada sin pestañear.
Sabía lo que veía.
A simple vista, no parecía una amenaza.
Mi pelo, que naturalmente parecía negro, bajo el sol siempre traicionaba su color real: un rojo profundo que ardía entre las sombras. Sin mencionar el mechón blanco en el costado derecho de mi cabeza, ahora oculto bajo el tinte, y mis rizos rebeldes que caían junto a mi sien.
Mi piel era clara, salpicada de pecas que me daban un aire casi inocente. Y mis ojos… esos no los había heredado de cualquiera.
Azules.
Tan intensos como los de mi padre.
Resaltaban demasiado en un rostro que muchos subestimaban.
Y no ayudaba que no midiera más de un metro sesenta y cinco, ni que mi complexión fuera delgada, casi frágil a primera impresión.
Parecía una chica flacucha sin fuerza.
Pero llevaba años entrenando. Cada cicatriz, cada músculo marcado en mis brazos bajo el abrigo, era prueba de eso.
Aprendí a convertir esa apariencia en ventaja.
Mis hermanos, ambos gemelos, no podían pasar desapercibidos ni aunque lo intentaran: más altos, musculosos, con rasgos firmes y mandíbulas definidas. Ojos castaños. Ambos morochos, con el cabello apenas ondulado y el mismo mechón blanco que delataba su linaje, aunque también lo tenían oculto.
La única diferencia entre ellos son las pecas que Castiel heredó de nuestra madre, igual que yo.
Pero ambos imponían.
Yo engañaba.
El guardia volvió a mirarme.
—No te hagas la tímida, linda.
La palabra cayó pesada.
Castiel dejó de respirar por un segundo.
Caleb no se movió, pero su mandíbula se tensó.
El guardia dio otro paso, invadiendo mi espacio.
—Podemos arreglar esto de otra forma.
Silencio.
Sentí el cambio en el aire.
No miré a mis hermanos. No hacía falta.
No retrocedí.
Pero Caleb sí cambió.
No fue visible al principio. Solo un músculo tensándose en su mandíbula. Sus manos cerrándose lentamente.
Castiel lo vio y supo.
El guardia extendió la mano, como si fuera a apartarme el abrigo. No llegó a tocarme.
Caleb se movió primero. No fue un golpe limpio; fue brutal.
Lo tomó del cuello y lo estrelló contra la pared con una fuerza que no necesitaba magia.
El cuchillo cayó al suelo.
—No vuelvas a mirarla —gruñó Caleb.
El resto de los guardias reaccionaron.
Castiel lanzó a uno contra un barril con un impulso telequinético rápido. El segundo intentó atacar por la espalda.
Avancé.
El tercer guardia atacó con un cuchillo corto. Esquivé tarde.
La hoja cortó mi pierna.
Dolor.
Calor inmediato.
No retrocedí.
De mi cinturón extraje las dagas de metal que siempre llevaba ocultas.
Cuando el guardia intentó atacar de nuevo, giré el cuerpo y clavé una de las dagas con fuerza en su pierna.
El grito resonó en el callejón.
Cayó inconsciente.
Silencio otra vez.
Respiraciones agitadas.
Sangre bajando por mi pantorrilla.
—Nada mal —dijo Castiel.
Retiré la daga y limpié la sangre contra la pared.
—Tú empezaste todo —le lancé.
Castiel soltó una carcajada.
—Solo estaba probando algo nuevo.
—Prueba menos —gruñí.
Pero estaba sonriendo.
Cuando volví la vista hacia Caleb, vi que el guardia al que había sujetado ya no luchaba. Caleb lo apretaba demasiado. Sus ojos estaban oscuros. No enfadados: oscuros.
—Caleb.
No respondió.
La energía a su alrededor era pesada.