Erika
“Donde el peligro tiene ojos grises”
No vas a salir.
Caleb no lo dijo fuerte; lo dijo firme.
Eso era peor.
—¿Y eso desde cuándo se decide sin preguntarme? —respondí, apoyada contra la pared de lo que se suponía que era el comedor, habitación y cocina.
Castiel estaba sentado sobre la mesa, balanceando las piernas como si aquello fuera una obra de teatro. Estaba segura de que no soportaría su peso por mucho tiempo.
—Desde que casi te cortan la pierna anoche —dijo Caleb, sin mirarme.
—Casi —remarqué—. Y aun así fui yo quien dejó inconsciente al guardia.
Castiel levantó la mano.
—Técnicamente lo atravesaste con una daga.
—Gracias por el detalle, Castiel.
Caleb cerró los ojos un segundo. Respiró hondo.
—No entiendes.
—Explícamelo, entonces.
Silencio.
Eso me molestaba más que un grito. Caleb siempre parecía cargar con un peso que no compartía. Siempre era el responsable. El que pensaba en consecuencias. El que estaba diez pasos por delante.
—Anoche no fue solo una pelea —dijo al fin—. Uno de ellos no te miraba como a una amenaza.
Mi estómago se tensó.
La imagen apareció sin permiso: la mano del guardia acercándose, su sonrisa torcida. El cuchillo no apuntando a mi cuello… sino bajando.
Duró apenas un segundo.
Suficiente.
—Pude manejarlo —dije, más bajo.
—Sí —respondió Caleb y, por primera vez, me miró directo—. Pero no deberías tener que hacerlo sola.
Eso me golpeó más que cualquier arma.
—No estaba sola —repliqué—. Estaban ustedes.
—Y aun así lo noté tarde.
Ahí estaba la culpa.
Castiel dejó de balancearse.
—Hermano…
—Es mi trabajo —continuó Caleb—. Cuidarlos.
—No soy una misión —dije, sintiendo cómo algo me ardía en el pecho—. No soy una responsabilidad. Soy parte de esto.
—Justamente por eso.
Lo odiaba cuando tenía razón. Lo odiaba cuando sonaba como papá.
—Si Castiel puede salir, yo también.
—No es lo mismo.
—¿Por qué? ¿Soy mujer?
Caleb dudó.
Eso fue suficiente respuesta.
—No —dijo al final—. Porque tú no sabes lo que algunos hombres hacen cuando creen que nadie los ve.
Ah.
—Entonces enséñame a destruirlos —respondí.
Caleb caminó hasta mí. Puso una mano en mi hombro.
—No quiero que tengas que aprender eso.
Y ahí estaba el problema.
Yo sí.
—Aun así, creo que se olvidan de quiénes somos —dije con furia.
Caleb se apartó de mí, desconcertado.
—No viene al caso…
—Lo es todo, Caleb —dije, callándolo para que me escuche—. Por si no lo has notado, nuestros padres fueron los más poderosos en décadas.
—Erika… —susurró Castiel.
—¡Somos sus hijos! —estallé, harta de sus evasivas—. ¡Los únicos que quedan en este linaje! Pero claro… para ustedes no significa nada.
El aire se volvió pesado.
Caleb me miraba sorprendido por mis palabras. Nunca hablábamos de mis padres.
Ellos fallecieron cuando teníamos cinco y ocho años. Apenas sabíamos controlar nuestra magia.
Fuimos obligados a sobrevivir robando y entrenando por nuestra seguridad. Mis hermanos son lo más cercano que tengo al amor de unos padres.
El aprecio que tengo hacia ellos es incondicional; me cuidaron en cada momento de mi vida y es algo por lo que siempre estaré en deuda con ellos.
Pero hay momentos como este que no me dejan vivir.
Iba a decir algo, pero Caleb me interrumpió.
—Por hoy te quedarás aquí —dijo con determinación—. Cuando volvamos, hablaremos sobre el tema.
Y me quedé sola.
Sola en la guarida, con el eco de sus pasos alejándose.
Sola con la sensación de que siempre me protegían más de lo necesario.
No era frágil, tampoco una carga, y nunca seré “la hermana menor” que necesita quedarse esperando.
Quería ayudar. Sentir que aportaba algo más que sermones y dagas bien lanzadas.
Quería ser útil.
Y entonces lo decidí.
No iba a quedarme.
Aunque sentía que traicionaba la confianza de mis hermanos, ya no soportaba estar en las sombras.
Me escapé cuando el sol estaba alto, usando el pasadizo lateral que se encontraba en una zona abandonada de la fábrica. Solo yo sabía abrirlo sin hacer ruido.
Al salir, me prometí algo: volver antes que ellos. Y no con las manos vacías.
Yo era discreta. Sabía controlar mi magia.
Y no era Castiel.
Avancé con cautela; la herida todavía latía bajo mi piel. Me fui acercando al pueblo poco a poco. Para no toparme con ellos, elegí el sendero que me habían prohibido.
La zona restringida.
Nunca había ido sola.
El aire allí era distinto. Más espeso. Más sucio.
Tras avanzar unos metros más, logré llegar. Mi memoria no me había traicionado: esa zona siempre estaba más aislada del resto.
Había exiliados apoyados contra las paredes, hombres que no apartaban la mirada al verme pasar y mujeres que susurraban entre ellas, como si yo fuera una noticia ambulante.
Se me erizó la piel.
Gracias a mi suerte, el tinte de mi cabello se había mantenido intacto estos días. Pero presiento que voy a tener que robar más, muy pronto.
Caminé con la cabeza en alto.
Recorrí los escasos puestos del lugar. Nada digno de atención. Nada que valiera la pena arriesgarse.
Algunos de los comerciantes tenían mirada friolenta e intimidante. Vivían del engaño; era su verdadero oficio.
Me miraban con odio y deseo al mismo tiempo.
Después de caminar lo suficiente como para desorientarme entre las calles, empecé a sentir presencias extrañas cerca de mí.
No una. Ni dos. Tres.
Entonces lo entendí.
Pasos detrás de mí.
No estaba segura de que me siguieran, pero cuando aceleré el paso… ellos hicieron lo mismo.
Perfecto.
Me atreví a lanzarles una mirada fugaz. No aparentaban menos de cincuenta años; vestían ropas gastadas y sucias. En sus ojos brillaba algo inquietante: una mezcla de rencor y avidez.