Erika
“Ausencias que todavía respiran”
Llegué antes que ellos. Por poco.
Me senté en un cajón que simulaba ser una silla en el salón y apoyé los codos sobre la mesa, adoptando una expresión distraída, como si hubiera pasado allí todo el día sin nada mejor que hacer, como si no hubiera atravesado medio pueblo por mi cuenta, como si el pulso no me latiera todavía con fuerza por culpa de esos ojos grises que se repetían en mi cabeza. Tomé aire una vez, otra.
Parecía relajada, pero no lo estaba.
El chirrido del portón resonó por toda la sala.
Castiel entró primero, hablando antes incluso de cerrar.
—Ya volvimos —anunció Castiel con entusiasmo.
Alcé la vista apenas.
—¿Cómo les fue sin mí? —pregunté con un tono apenas disimulado de frustración.
Castiel dejó un saco sobre la mesa y empezó a hablar sin filtro, como siempre.
—¡Increíble! Vendimos casi todo. Había un comerciante del norte que pagó el doble por las pulseras y además conseguí información interesante sobre…
Se detuvo. Me estaba mirando. Su sonrisa se fue apagando poco a poco.
—¿Te pasa algo?
Mi respiración se detuvo por un segundo. Negué con la cabeza increíblemente rápido.
—No. ¿Por qué?
Castiel entrecerró los ojos.
—Tienes mala cara.
Caleb no dijo nada, pero no dejó de mirarme fijo, demasiado fijo.
Castiel volvió a hablar, más despacio.
—¿Qué hiciste mientras nosotros no estábamos?
Sostuve su mirada.
—Dormí y di vueltas por el comedor como unas diez veces sin saber qué hacer… ya que alguien —miré a Caleb— no me dejó salir.
Silencio.
Caleb inclinó apenas la cabeza. No parecía enojado y eso resultaba mucho más inquietante.
Castiel observó primero a uno y después al otro. La tensión se volvió casi palpable.
—Eh… yo… creo que tengo que… sí, mejor me voy —murmuró de pronto.
Giró sobre sus talones, avanzó hasta el baño y cerró la puerta con rapidez. El clic del seguro sonó fuerte.
Y apenas la puerta se cerró…
—Estuviste afuera —dijo Caleb, firme.
Sin elevar la voz.
Sentí cómo se me erizaba la piel. ¿Cómo podía saberlo con solo mirarme? A veces me daba miedo.
—¿Qué? —soné sorprendida—. ¿Por qué lo dices?
Caleb suspiró lento.
—Desde que entramos has estado extraña —admitió—. Además… puedo sentir el aroma particular que llevas encima.
Parpadeé.
—¿Aroma?
—Frío. Metal. Calle húmeda.
Sostuve su mirada. Empecé a juguetear con el colgante de mi cuello.
—No sé de qué hablas —dije, segura de mí misma—. Me quedé acá encerrada como pediste —mentí.
Caleb no respondió de inmediato. Se acercó un paso, no agresivo, pero dominante.
—No estoy hablando de magia —aclaró con voz baja—. Estoy hablando de ti, mi hermana.
Silencio.
—Te conozco —continuó—. Cuando mientes, tocas tu colgante.
Lo solté. Tarde.
Me puse de pie.
—No estoy mintiendo.
Caleb me miró más de cerca.
—Tus botas están húmedas.
Bajé la vista apenas un segundo. Mal movimiento.
—Derramé agua —respondí rápido.
—No.
Un segundo más.
—Traes polvo en el dobladillo del pantalón.
—El suelo de acá también tiene polvo. Ustedes nunca limpian.
—No ese tipo.
La tensión empezó a escalar.
—¿Vas a interrogarme cada vez que respire distinto?
—Voy a hacerlo si siento que estás ocultando algo.
—¿Ocultando qué? ¿Que estoy aburrida? ¿Que me tratas como si todavía fuera una niña?
Eso lo hizo tensarse.
—Te trato como alguien que quiere seguir viva.
—Ah, claro. Encerrándome.
—Protegiéndote.
—Controlándome.
Caleb dio un paso más.
—Si saliste sola, fue irresponsable.
—Pero no salí.
Me sostuvo con la mirada, larga, silenciosa, hasta que finalmente dijo:
—No me mientas, Erika.
No alzó la voz. No hizo falta.
Tragué saliva. Mentirle me sabía amargo, pero decirle la verdad probablemente me condenaría a no volver a ver la luz del sol.
—No me moví —repetí con mayor convicción.
Caleb me observó unos segundos más. Luego habló despacio.
—Si algo te pasa… no me lo voy a perdonar.
Eso me descolocó. No era control, era miedo. Pero no podía ceder. No todavía.
—No me pasó nada.
—¿Nada?
Sostuve la mentira.
—Nada.
Caleb me miró dudoso. Luego se apartó.
—Bien.
Pero no me creyó, ambos lo sabíamos.
Me di la vuelta, dándole la espalda. Estaba a punto de irme cuando de pronto sentí una mano en mi hombro.
—Hay algo más de lo que debemos hablar —dijo, incómodo.
¿De qué quería hablar ahora? ¿Habrá descubierto algo más? ¿Sabrá sobre el chico?
Imposible. No sabe que salí.
—Creo que fue demasiado por hoy —dije, cansada.
Me miró de esa forma, la forma que siempre quedará en mi memoria, esa mirada de súplica que recuerdo… pero esta vez en unos ojos diferentes. Ahora provenía de unos ojos castaños.
Los de mi recuerdo no eran así. Eran más bien como los míos: azules, profundos y llenos de sentimiento.
Bajé la mirada al recordar a mi padre.
—Será solo un minuto —dijo desesperado—. Lo prometo.
Lo miré fijamente y asentí con la cabeza.
Ambos fuimos hacia la mesa y tomamos asiento. Él se encontraba a mi lado.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Caleb dudó; se notaba que estaba incómodo con la situación.
—Sobre nuestra discusión antes de irnos…
Ah, eso.
—Tienes razón sobre todo.
Mi rostro debió traicionarme. Sorpresa e incomprensión.
¿De qué exactamente tenía razón? ¿Desde cuándo mi hermano está de acuerdo conmigo?
—¿Sobre…? —dije sin entender a dónde quería llegar.
—Sobre nuestros padres. Nuestro linaje —su voz bajó un poco—. Somos los hijos de la leyenda más peligrosa de generaciones.