Sombras herederas

Capítulo 4

Erika

“Hay encuentros que no son casualidad, sino promesas que el tiempo olvidó explicar”

Fui la primera en despertar.

Me encontraba sentada sobre la suciedad del piso del salón, mirando el gran techo y admirando la distancia que nos separaba. Todo estaba silencioso, excepto por los pájaros cantando.

No pude dormir en toda la noche. La charla con Caleb se repetía en mi cabeza una y otra vez.

Nunca lo había visto así. Tan… humano.

Siempre fue seco. Controlado. Distante. Los tres lo somos, en realidad.

Nuestros padres nos enseñaron a no confiar en nadie, a no demostrar lo que sentimos, a no reflejar emociones que pudieran usarse en nuestra contra.

Con el tiempo, creo que olvidamos lo que es el amor. O al menos cómo se siente.

Ver a Caleb dudar, verlo admitir que tenía miedo de repetir la historia de nuestros padres… me descolocó.

Estos días ha estado más raro de lo normal. Más atento a todo. Más atento a mí. Y eso me incomodaba.

Porque si él está preocupado… significa que algo no anda bien.

Sacudí la cabeza.

El cariño que siento por Caleb y Castiel es distinto. Es familia. Es protección. Es saber que daría la vida por ellos. Aunque nunca lo demuestre, aunque casi nunca lo diga.

Nosotros no abrazamos, pero nos cuidamos y eso es suficiente.

Un chillido proveniente de una de las camas que estaba a corta distancia de donde me encontraba me sacó de mis pensamientos.

Castiel se incorporó como si lo hubieran empujado al vacío.

Se levantó y caminó hacia mí arrastrando los pies.

—Buenos días —dijo con un bostezo.

—Buenos días —dije aburrida.

—¿Dormiste bien? —preguntó con interés—. Pude darme cuenta de que no parabas de voltearte en tu cama toda la noche —admitió.

—Además, luego de esa gran y divertida charla que tuviste con Caleb, dudo que pudieras pegar un ojo.

Lo miré con duda.

¿Cómo sabía eso?

—Escuché todo desde el baño —respondió como si hubiera leído mi mente—. Este lugar puede ser grande, pero tiene un gran eco.

Tiene razón.

Por un lado me siento tranquila de que él sepa. Tal vez se está sintiendo como Caleb… pero no lo demuestra.

Castiel puede tener un gran humor y hablar demasiado, pero es el que menos muestra lo que realmente siente.

Lo envidio por eso.

—¿Y tú qué piensas? —pregunté sin mirarlo.

Se encogió de hombros.

—Pienso que Caleb tiene miedo.

Eso me sorprendió.

—¿Miedo?

—Sí —bajó la voz—. No de ti. De perderte.

Guardé silencio.

Castiel se sentó a mi lado.

—No somos nuestros padres —añadió—, pero tampoco podemos fingir que no heredamos su poder.

Antes de que pudiera responder, un murmullo desde la otra cama hizo que ambos volteáramos.

Caleb se movió, incómodo.

—Están hablando demasiado temprano —gruñó.

Castiel sonrió.

—Buenos días, gruñón.

Caleb se incorporó, mirándonos con esa seriedad constante. Su mirada pasó por mí un segundo más de lo normal.

—Alístense. Ya que hoy somos todos madrugadores. Hoy vamos al pueblo temprano.

Comimos algo rápido. Pan duro, fruta que apenas sobrevivía.

Salimos juntos.

El pueblo ya estaba despierto cuando llegamos. Las calles empedradas hervían de vida y voces, y el aire olía a pan caliente, especias y polvo antiguo. Los toldos de los comerciantes teñían el camino con sombras de colores gastados, mientras los vendedores pregonaban sus mercancías y los viajeros avanzaban entre la multitud como si cada uno persiguiera un destino distinto. Casas torcidas de madera y piedra se inclinaban sobre la calle principal, con balcones repletos de flores y ventanas abiertas que dejaban escapar risas, discusiones y música lejana. Era un lugar caótico, vibrante y lleno de secretos… perfecto para perderse en él sin ser visto.

Hoy iba a demostrarles que podía aportar tanto como ellos.

Me separé de mis hermanos apenas entramos al mercado.

Fui directo a un puesto de joyería.

Saqué los brazaletes que había guardado durante semanas.

El comerciante los miró con mucha atención, analizando cada detalle.

De repente me miró serio.

Me extendió la mano con todos ellos.

¿Me los está devolviendo?

—No tienen un gran valor —dijo sin interés—. Están gastadas, sin brillo y estoy seguro de que son robadas.

Eso último me desconcertó.

Estaba en lo cierto. Pero eso no significaba que no valieran.

—No son robadas, señor —dije sin aceptar la devolución—. Eran de mi madre.

El hombre arqueó una ceja.

—Además de un valor sentimental, provenían de Aetheryn. Un lugar conocido por su inmensa riqueza.

El señor me prestaba atención ahora.

—Sí, están un poco gastadas, pero porque tienen millones de años, ya que venían de los Vaelthorn —mentí.

El señor me miraba con desconcierto.

—¿En serio no conoce a la familia más rica del mundo? —pregunté, fingiendo sorpresa.

Aún no terminaba de confiar.

—Te las compraré… pero solo si también me entregas eso —señaló mi colgante.

Me tensé.

Jamás le daría mi colgante, ni aunque me ofreciera toda la riqueza del mundo.

Era lo único que me quedaba de ellos.

De mis padres.

Había sido mi regalo de cumpleaños número cinco, el último que pasé con ellos.

—Disculpe, señor… pero no está en venta.

El vendedor suspiró.

—Es una lástima, entonces —dijo, devolviéndome los brazaletes.

—Por favor… —insistí.

—Si le ofrezco esto —dijo una voz a mi derecha—, ¿aceptaría los brazaletes?

Oh, no.

Esa voz.

Esa voz dulce otra vez.

Volteé hacia él.

Esos ojos grises que tanto me atrapaban.

Llevaba ropa distinta a la de ayer; claramente tenía un gran armario.

Tenía una camisa oscura, sencilla, de tela gruesa pero suave, sin remiendos ni hilos sueltos. Las mangas estaban arremangadas con descuido calculado, dejando ver antebrazos limpios, sin marcas de trabajo forzado. El pantalón, negro, caía recto y perfecto, sin desgaste en las rodillas ni roturas en el dobladillo.



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En el texto hay: herederos, plot twist, magia amor fantasia

Editado: 24.02.2026

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