Sombras herederas

Capítulo 5

Erika

“Éramos felices, aunque no lo sabíamos”

Otra noche sin dormir.

Ya empezaba a sentirse como una costumbre.

Sigo acostada, mirando hacia la cama de Castiel, donde se encuentra durmiendo profundamente. O eso intento creer. Sus ronquidos retumban en la habitación como si quisieran competir con una tormenta.

Me aplasto la almohada contra la cabeza.

Ese chico debería hacerse ver por un médico.

Estoy segura de que, si no viviéramos tan alejados del pueblo, quienes viven cerca también lo escucharían.

Consideré pararme para ponerle una cinta en la boca, pero estaba segura de que eso no iba a acabar con el sonido.

Agotada, me levanté con cuidado y caminé hacia el baño, procurando no despertar a ninguno de mis hermanos. La puerta chirrió al cerrarse. Esperaba no haber despertado a nadie.

Encendí la luz.

Mi reflejo me devolvió una imagen que no me gustó.

Las ojeras marcaban mi rostro como si alguien hubiera dibujado el cansancio con tinta oscura.

Deslicé la mirada hacia mi cabello. El mechón blanco empezaba a notarse demasiado. Pronto necesitaríamos más tinte.

Bajé la vista.

La herida de mi pierna estaba mejor. La tela seguía presionándola y ya no sangraba como antes… pero todavía dolía.

Volví a mirarme.

No sabía cómo sentirme.

Había algo dentro de mí que no lograba descifrar. No era solo tristeza. No era solo cansancio.

Era…vacío.

Y lo peor es que no había una regla que explicara cómo llenarlo.

Tenia miles de pensamientos atravesando mi mente, todos a la vez. Era una saturación de sentimientos.

Una invasión de recuerdos comenzaron a reproducirse en mi cabeza.

El collar. Mi cumpleaños. Las voces cantando.

La vela encendida frente a mí.

El olor dulce de la torta recién hecha.

Castiel, a mi derecha, dando brincos mientras intentaba afinar. Miraba el pastel como si fuera el mayor tesoro del mundo.

A mi izquierda, Caleb. Sonriendo de una forma que casi nunca muestra ahora. Cantando sin dejar de vigilar la llama de la vela, asegurándose de que no me acercara demasiado.

Siempre temía por mí. Incluso por una chispa mínima.

Frente a mí… mis padres.

Orgullosos.

Con lágrimas brillando en los ojos.

Mi madre estaba preciosa.

Recuerdo que llevaba puesto un vestido corto de mi color favorito: el verde. Sus ojos castaños siempre transmitían tranquilidad; su pelo rojizo, poder, con el mechón blanco que tanto marcó a nuestra familia.

Me agrada saber que me parezco a ella: el color similar en nuestros cabellos, los rizos en él, sus pecas, su estatura y, lo más admirable, su valentía.

Luego miro a mi padre: pelo oscuro y ondulado, el famoso mechón como señal de desgaste. Ojos azules, como los míos.

Él era alto y musculoso. Podría decirse que mis hermanos heredaron casi todo de él.

Ese día es uno de los pocos recuerdos que conservo intactos.

Éramos felices. O al menos, ellos se aseguraron de que lo fuéramos.

Mientras vivían otra realidad.

El golpe en la puerta me arrancó del pasado.

Sentí las mejillas húmedas y la respiración agitada.

No me había dado cuenta de cuándo había empezado a llorar.

Me lavé la cara rápido. Sonreí al espejo. Una mentira ensayada.

Controlé mi pulso y abrí la puerta.

Caleb estaba apoyado contra el marco, la mirada perdida. Al verme, su expresión cambió.

—¿Estás bien?

—¿Por qué lo dices?

Me observó con demasiada atención.

—Yo solo… —suspiró—. Castiel me ha dicho que no has estado durmiendo bien estos días.

No otra vez.

No esa mirada.

Esa que tanto me debilita.

Aparté la vista y caminé hacia mi cama, pero sentí su mano sujetar mi muñeca.

—No quiero que te sientas incómoda ni forzada a contarme nada —dijo con cierta torpeza—. Sé que hablar de… sentimientos no es lo nuestro.

Tragué saliva.

—No hace falta…

—A veces no puedo dormir pensando en ellos —me interrumpió.

Lo miré.

No estaba siendo el líder frío.

Estaba siendo mi hermano.

—Recuerdo los cumpleaños donde estábamos los cinco —continuó—. O cuando nos asustaban las tormentas y ellos nos decían que debíamos ser valientes.

Esbozó una sonrisa leve.

—“Las tormentas pueden ser una ayuda para el futuro. Y recuerden… ustedes son más fuertes y más temidos comparados con ella”.

Los dichos extraños de papá.

Me quedé en silencio.

A veces olvido que ellos tenían ocho años cuando todo terminó.

Ellos recuerdan más.

Y esos recuerdos son los que me hacen dudar.

Nada de eso encaja con la imagen de una pareja temida, peligrosa, practicante de magia oscura.

Sí, eran duros. Sí, nos entrenaban sin suavidad.

Pero también eran nuestros padres.

Nos querían.

¿O todo fue una actuación?

—No entiendo —dije dubitativa.

—¿Qué cosa?

—¿Cómo se supone que ellos son los villanos de esta historia? —dije levantando la voz—. ¿Cómo es posible que desataran tanto caos?

Caleb parecía impactado por mi pregunta.

Luego miró a Castiel, sorprendido de que siguiera dormido.

—Es decir, siempre fueron buenos padres. Nada de esto tiene sentido.

—No lo sé —dijo, decepcionado de su respuesta.

—Ya no sé en qué creer —dije bajando la voz—. ¿Debería creer en los rumores?

Tragué fuerte.

—¿O en la historia que recuerdan unos niños?

Caleb tardó en responder.

—Los niños no inventan cómo se sentía un abrazo.

Levanté la mirada.

—Pero sí pueden olvidar el miedo.

Él negó suavemente.

—Nunca les tuve miedo.

Su voz no tembló. La mía sí.

—¿Y si todo fue una mentira, Caleb? ¿Y si el mundo tiene razón?

Su mandíbula se tensó.

—El mundo siempre necesita un villano.

Silencio.



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En el texto hay: herederos, plot twist, magia amor fantasia

Editado: 24.02.2026

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