Kael
“Lo enterrado no siempre muere”
El salón de reuniones siempre huele a incienso seco y piedra antigua.
Yo elegí ese aroma. Mantiene la mente clara. O eso debería hacer.
Esa noche no funcionaba.
Las antorchas mágicas incrustadas en las paredes proyectan una luz dorada y estable. Nada parpadea. Nada se altera. Todo está en orden.
Excepto ellos.
Cinco magos de alto rango permanecen alineados frente a mi escritorio de ébano. Sus túnicas azul profundo están impecables. Sus manos, no tanto. Las noto tensas, ligeramente crispadas contra la tela.
Tienen miedo.
Y con razón.
Apoyo ambas manos sobre la superficie pulida del escritorio y los observo uno por uno. No hablo de inmediato. El silencio, bien utilizado, es más eficaz que cualquier grito.
—Repítanme —digo al fin, con una calma que corta— qué fue exactamente lo que ocurrió en los Pueblos Bajos.
El más anciano traga saliva.
—Señor… los guardias respondieron a un altercado. Detectaron actividad mágica no registrada. Intentaron interceptar a los sospechosos.
—¿Y?
—Fueron neutralizados.
Neutralizados.
La palabra suena limpia. Técnica. Ordenada.
Veinticinco hombres inconscientes sobre piedra agrietada no tienen nada de ordenado.
Camino despacio alrededor del escritorio. El sonido de mis botas contra el mármol resuena en la sala como un metrónomo.
—Veinticinco guardias entrenados —murmuro—. Con sellos de contención activos. Magia reforzada.
Me detengo frente a ellos.
—Y ninguno fue capaz de sostener la posición.
El más joven de los cinco se adelanta un paso.
—Señor, los médicos ya finalizaron el análisis. No hay daño estructural permanente en la memoria, pero sí una interferencia mágica severa en el recuerdo inmediato del evento.
—Hablen claro.
—Recuerdan fragmentos. Dos hombres. Una chica. Movimiento rápido. Luego… nada.
—¿Nada?
—Oscuridad. Como si la secuencia hubiese sido arrancada.
Siento cómo algo frío se desliza bajo mi piel.
—¿Descripciones físicas?
Dudan.
Siempre dudan antes de decir algo que no me agradará.
—Incompletas. Alturas aproximadas. Siluetas. Cabello oscuro. No logran precisar rasgos.
Inútiles.
—Solo uno de ellos tiene un mínimo recuerdo sobre unos ojos azules, provenientes de la chica —dice uno de ellos.
Me tenso y me alejo de ellos. Cruzo la sala hasta las ventanas altas que dan al patio interior de la Asociación. Desde aquí puedo ver las estatuas de los antiguos fundadores, erguidas y orgullosas bajo la luna.
La Asociación de Magia existe porque yo la mantengo en orden.
Y el orden no tolera errores.
Luego vienen y me dicen que recuerdan unos ojos azules.
Vaya descripción.
—Solo tenían que ubicarlos —digo sin volverme—. Identificarlos. Traerlos.
Mi voz no se eleva. No necesito hacerlo.
—En lugar de eso, regresan con un informe incompleto y hombres incapaces de recordar el rostro de quienes los derrotaron.
El silencio pesa como plomo.
—Fue una pérdida de tiempo.
Las palabras caen secas.
Me giro finalmente hacia ellos.
—Retírense.
No protestan. No preguntan. Inclinan la cabeza y abandonan la sala uno por uno. La puerta se cierra con un sonido sordo.
Y entonces el aire cambia.
La máscara cae.
Camino lentamente hasta el centro del salón. Mis dedos se tensan apenas, imperceptiblemente.
El día del ataque sentí algo.
No lo mencioné. No lo mencionaré. Pero lo sentí.
En el momento exacto en que esos guardias cayeron, una vibración recorrió la red mágica que envuelve la ciudad. No fue caótica. No fue descontrolada.
Fue… afinada, precisa, antigua.
Mi propia magia respondió como si algo la hubiera rozado. Como si la hubiese llamado por su nombre.
Aprieto los dientes.
No puede ser.
Esa frecuencia desapareció hace años en cenizas.
Me detengo en seco.
No proviene de la Asociación. No es uno de mis magos. No es un artefacto prohibido.
Es sangre. La reconozco.
Mi respiración se altera apenas. Lo suficiente para que me incomode.
Camino hacia el balcón y abro las puertas con brusquedad. El aire nocturno invade la sala, frío y cortante. La ciudad se extiende bajo mí, con luces dispersas entre callejones oscuros.
Apoyo ambas manos en la baranda de piedra.
Cierro los ojos.
Y la siento.
Más clara, viva. No es poderosa todavía, pero lo será.
El aire abandona mis pulmones de golpe.
De repente recuerdo de dónde provenía la frecuencia.
Aquella que alguna vez conocí tan bien.
—Imposible.
Abro los ojos lentamente.
Creí haberlo enterrado. Sin embargo… ahí está.
Persistente, conocido y peligroso.
Mis dedos se tensan sobre la piedra.
—Esa energía… la conozco.
Y si la conozco, significa que algo que debía estar muerto… respira.