Desperté con la cabeza adolorida, tratando de levantarme del piso, estaba oscuro y mis ojos trataban de adaptarse a la oscuridad.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Por un momento pensé que seguía afuera, frente al edificio, que solo me había quedado quieto demasiado tiempo, pero el suelo bajo mis manos estaba frío. Demasiado frío.
Parpadeé varias veces intentando enfocar algo. Nada. Solo oscuridad… y una sensación incómoda en la nuca que latía al ritmo de mi respiración. Intenté incorporarme rápido, pero todo comenzó a girar. Volví a apoyar una mano en el suelo y esperé a que el mareo bajara.
Respira. Me repetía cada vez que el dolor volvía, ¿Qué había pasado? Recordaba haber llegado, recordaba los números. Mi puerta, pero despues de eso...
Nada.
Tragué saliva y extendí una mano al frente buscando una pared.
Avancé despacio hasta que mis dedos tocaron una superficie lisa. Me apoyé en ella y comencé a ponerme de pie lentamente, ignorando las náuseas.
Necesitaba saber dónde estaba, sabía que aquello era una prueba. Pero aun así una sensación extraña se había instalado en mi estómago.
Antes de poder asimilar algo más, las luces se encendieron de golpe. Levanté una mano por reflejo y cerré los ojos.
El brillo atravesó mis párpados. Esperé unos segundos y después abrí los ojos poco a poco.
Al principio todo era solo blanco y formas borrosas. Luego las figuras comenzaron a tomar forma. Eso era ¿Vidrio.?
Fruncí el ceño. Frente a mí había una enorme pared de vidrio. Di un paso adelante.
No era una pared, era una ventana. Me acerqué lentamente y entonces lo vi. Más allá del cristal había otras personas. Decenas de ellas, distribuidas dentro de espacios idénticos al mío. Eran como cápsulas, filas y filas de estas. Comencé a contar, uno, dos, tres.... Seis filas. Seis columnas, treinta y seis personas.
Algunos seguían sentados en el suelo, otros recién se estaban levantando, algunos golpeaban el vidrio, unos pocos observaban en silencio.
Por un instante nadie habló. Solo había miradas cruzándose entre desconocidos, miradas que preguntaban exactamente lo mismo.
¿Qué está pasando?
Miré a mi alrededor. Mi cápsula parecía idéntica a las demás.
Vidrio por todos lados. Tanto arriba como abajo lo único que se veía era vidrio, nada más. Ni puertas, ni cerraduras, ni instrucciones.
Entonces algo ocurrió. El vidrio frente a mí se iluminó.
Retrocedí un paso. Líneas blancas comenzaron a dibujarse sobre la superficie transparente. Hasta que formaron un tablero.
El mismo fenómeno comenzó a repetirse por toda la estructura. Treinta y seis tableros aparecieron al mismo tiempo.
Debajo de las casillas apareció un rectángulo vacío. Y bajo él un pequeño teclado numérico.
El murmullo comenzó de inmediato.
—¿Qué es esto?
—¿Alguien entiende algo?
—¿Es otra prueba?
—¿Cómo se supone que salgamos?
Observé mi tablero. Habian tres filas. Seis casillas en cada una.
La primera y tercera contenían letras.
La segunda números.
C A F D B C
6 1 4 2 5 1
A a D I F T
Fruncí el ceño. No entendía nada, volví a mirar.
Las letras, Los números, La última fila. Nada.
Entrelace las manos en mi cuello y comencé a caminar, el espacio era reducido, daba dos pasos y llegaba a una pared de vidrio. ¿Como se supone que logre salir de....
Toc. Toc. Toc.
Levanté la cabeza. El sonido habia disipado mis pensamientos, venía de la cápsula a mi derecha.
Un chico moreno me observaba desde el otro lado del vidrio. Su cabello era negro, y ojos castaños. Parecía tan confundido como todos los demás.
Señaló mi tablero. Luego el suyo.
—¿Qué?
—Estaba mirando tu tablero.
—¿Y?
Señaló la última fila.
—Las letras de abajo.
—¿Qué pasa con ellas?
—Que están en el mismo orden.
Volví a revisar ambos tableros y tenía razón. Pensé que me haría perder el tiempo, pero resolvió algo de lo que no me había percatado por estar centrándome en querer salir solamente.
La primera fila era distinta. La segunda también, pero la tercera... No.
La tercera era idéntica. Incluso en el mismo orden.
—Es raro.
—Eso pensé.
Miré otros tableros cercanos. No podía distinguirlos por completo desde aquí, pero parecía que ocurría lo mismo.
Volví mi atención al chico.
—¿Cómo te llamas?
—Kyle.
—Dmitri.
Asintió.
—Creo que deberíamos decirles. — murmuré
—Tienew razón.
Kyle levantó la voz en ese mismo momento.
—¡Oigan!
Varias personas se giraron.
—¿Todos tienen las mismas letras en la fila de abajo?
—¿Cuales tienes tú? — Gritó una chica que estaba por una esquina.
—Son..... A. a. Minúscula... D. I. F. T. — Terminó de decir y las respuestas llegaron casi de inmediato.
—Sí.
—Acá también.
—Las mismas.
—Igual.
Kyle volvió a mirarme. Ahora lo sabíamos, la tercera fila era exactamente igual para todos, y justamente por eso debía ser importante. Volví a observar el tablero; las primeras filas eran diferentes, pero no tenía forma de saber para qué servían, suspiré.
Agradecía que esta prueba no tuviera límite de tiempo. Caminé hasta la esquina derecha y me senté, si daba una vuelta más, me volvería loco.
—¿También naciste aquí? —preguntó de repente Kyle, quien en algún momento también se había sentado.
Negué con la cabeza.
—No... Me trajeron a los ocho.
Kyle abrió un poco los ojos.
—¿En serio? Pensé que todos éramos nacidos aquí.
Miré el tablero.
—A veces me gustaría haber nacido aquí. —confesé.
Kyle tardó unos segundos en responder. —¿Tan malo era afuera?
Desvié la vista.
—No lo recuerdo mucho.— Mentira.
Kyle asintió despacio.
—Entonces… ¿por qué?
Lo pensé por un segundo...
—Porque habría sido más fácil.— confesé. El giró un poco la cabeza.—¿Más fácil?— Asentí.—Si hubiera nacido aquí… me habría ahorrado varios años. —No preguntó cuáles. Solo se quedó pensando, después soltó un suspiro.
—No lo sé.— Lo miré. Se encogió de hombros. —Si te trajeron cuando tenías ocho… igual llegaste bastante temprano.
Fruncí el ceño. Kyle siguió mirando al frente. —Además… si alguien logra que un lugar se sienta como un hogar… supongo que da un poco igual dónde naciste.
No respondí. Pero una sensación extraña se instaló en la parte de atrás de mis costillas.