Sombras que arden

Capítulo 31 — Las Mellizas del Alba.

Habían pasado diez meses desde el día en que la luz volvió a reinar sobre los reinos.
Las flores crecían sin miedo, los ríos cantaban más claros y el cielo, cada amanecer, parecía bendecir la tierra con destellos dorados.

En el castillo de Lyra y Dante, la vida resonaba con risas pequeñas, suaves y dulces.
Las mellizas habían nacido con la primera luna del verano: Ariel y Celene, las hijas del equilibrio y la magia.
Una con los ojos dorados como su padre, y la otra con el brillo azul de su madre.
Desde el primer momento, se supo que eran especiales… un símbolo de la unión de todos los mundos.

Lyra las sostenía entre sus brazos, su rostro reflejaba paz y amor.
Dante las observaba con orgullo y devoción, aún asombrado por el milagro de tenerlas vivas y sanas.
—Son perfectas —susurró él—. Dos estrellas que iluminarán el camino de todos.
Lyra sonrió con lágrimas en los ojos.
—Lo que un día fue oscuridad… hoy es esperanza.

Ese día, los preparativos llenaban el castillo.
Lucian contraería matrimonio con su amada demonio, y justo después, se celebraría el bautizo de sus hermanas.
El aire estaba cargado de magia y alegría.

Evelyn y su esposo vampiro habían llegado temprano, trayendo regalos antiguos de la corte inmortal.
Lucian, vestido con la armadura blanca del consejo, parecía un príncipe salido de las leyendas.
Su prometida, radiante, lo miraba con un amor tan puro que hasta los demonios que la acompañaban sonrieron con respeto.

El sacerdote ancestral inició la ceremonia.
—Hoy se unen no solo dos corazones, sino dos mundos.
Que el fuego y la luz, el alma y la sombra, encuentren su equilibrio eterno.

Lucian tomó las manos de su amada y prometió:
—Lucharé por ti, como mis padres lucharon por nosotros.
Y ella respondió:
—Y yo cuidaré de tu alma, como tu madre cuida de cada vida que toca.

Cuando se selló la unión, el cielo se iluminó con chispas de magia blanca y roja, los colores de ambos reinos.
El aplauso resonó por todo el valle.

Después vino el momento más tierno del día: el bautizo de las mellizas.
Lyra, vestida con un manto plateado, se acercó junto a Dante al altar del jardín.
Los reyes, consejeros y guardianes de las especies se reunieron alrededor.

Evelyn, Lucian y sus parejas fueron los padrinos.
Las brujas del bosque levantaron sus varas y pronunciaron un antiguo hechizo de bendición:

> “Que estas hijas del amanecer lleven en su sangre la fuerza del amor,
la pureza de la luz y el poder del renacimiento.”

Pequeñas esferas de energía rodearon a las mellizas, y durante unos segundos, el jardín entero se llenó de destellos que formaron figuras de aves, flores y constelaciones.
Era como si el universo mismo celebrara su llegada.

Dante besó la frente de Lyra.
—Nunca imaginé que vería tanta paz en una sola escena —dijo con voz quebrada.
Lyra lo miró con dulzura.
—Lo merecemos, amor. Después de tanto luchar… esto es nuestro descanso.

La música comenzó, los invitados rieron, las especies brindaron juntas.
Los niños corrían entre luces flotantes, y por primera vez, no existían bandos, solo familia.

Esa noche, cuando el cielo se cubrió de estrellas, Lyra y Dante se asomaron al balcón con las mellizas dormidas entre ellos.
El viento susurraba promesas nuevas.
—Mira, Dante… —dijo Lyra—. El mundo está sanando.
Él le acarició el rostro.
—Y lo seguirá haciendo, mientras exista el amor que creamos.

En el horizonte, dos estrellas brillaban más fuerte que las demás.
Eran Ariel y Celene, las hijas del alba, las guardianas del futuro.

> “Y así, el ciclo continuó.
Donde hubo oscuridad, nació la luz.
Donde hubo guerra, floreció el amor.
Y el legado de Lyra y Dante vivirá,
más allá del tiempo y de los reinos.”




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