El amanecer era rojo, como si el cielo mismo llorara fuego.
El eco de los tambores de guerra resonaba desde el norte, y los portales del Reino de las Sombras se abrían una vez más.
Esta vez, la batalla no era solo por poder… sino por el destino de las nuevas generaciones.
Las mellizas Ariel y Celene, ya adolescentes, se encontraban al frente del ejército de unión, junto a sus hermanos Evelyn y Lucian.
Los cuatro, formados por los mismos lazos de sangre y magia, representaban el equilibrio perfecto entre luz y oscuridad.
Sus ojos reflejaban la fuerza de sus padres, y su determinación no conocía miedo.
A su alrededor, los vientos rugían, los dragones sobrevolaban el horizonte, y el suelo vibraba con la energía de todas las especies reunidas:
brujas, vampiros, demonios, y ángeles que alguna vez fueron enemigos, ahora luchaban codo a codo bajo un mismo estandarte.
Evelyn, con el vientre ya avanzado, se mantenía protegida por un círculo mágico creado por Ariel y Celene.
Su esposo, el vampiro heredero del linaje oscuro, no se separaba de su lado.
Lucian, por su parte, blandía su espada envuelta en llamas celestes, junto a su prometida demonio, que tejía hechizos de fuego y piedra.
El enemigo avanzaba: sombras con rostros sin forma, criaturas de pura magia oscura que devoraban la luz a su paso.
Pero antes de que el miedo pudiera sembrar raíces, una ráfaga de poder cruzó el campo.
Desde las alturas, Lyra apareció montada sobre su antiguo dragón de fuego.
Su cabello ondeaba como una llama viva, y sus ojos brillaban con el poder del Libro de la Vida, que resplandecía entre sus manos.
A su lado, Dante descendió envuelto en una tormenta de alas oscuras, su espada refulgente como el sol.
El rugido del dragón estremeció el valle.
Los hijos, al ver a sus padres, sintieron renacer la esperanza.
—¡Por la unión y por el amor! —gritó Lyra, alzando el libro.
El viento obedeció, y una lluvia de luz cubrió el campo de batalla.
Las mellizas unieron sus manos, invocando el hechizo que su madre les había enseñado: una mezcla de los cuatro elementos.
El suelo tembló, el aire cantó, el agua giró a su alrededor y el fuego danzó entre sus dedos.
De su unión nació un círculo sagrado, una barrera que envolvió a todas las especies, protegiéndolas del avance oscuro.
Lucian avanzó al frente junto a su demonio, cortando la sombra con su espada ardiente.
Evelyn, desde su círculo, canalizó la energía del libro que su madre le había confiado.
Su voz se elevó por encima del caos:
> “Que la oscuridad recuerde el nombre de quienes no temen amar.”
El cielo se abrió.
Una luz dorada descendió sobre todos ellos, y el poder de generaciones enteras —de brujas, vampiros y demonios reconciliados— se fusionó en un solo destello.
El enemigo gritó, disolviéndose entre el eco de la luz.
Y por primera vez en siglos… el silencio trajo paz.
Lyra cayó de rodillas, exhausta pero viva. Dante corrió hacia ella, la tomó entre sus brazos y besó su frente.
—Lo logramos, amor.
Ella sonrió débilmente.
—No… lo lograron ellos.
Las mellizas se acercaron, rodeando a sus padres junto a Evelyn y Lucian.
El sol volvió a brillar, y las ruinas comenzaron a florecer.
El dragón rugió al cielo, marcando el fin de la guerra.
Días después, el consejo se reunió una última vez.
Lyra y Dante fueron proclamados Guardianes del Nuevo Mundo, y sus hijos, Protectores del Equilibrio.
El libro de la vida fue sellado y guardado en el corazón del valle, donde solo el amor verdadero podría volver a despertarlo.
Con el paso del tiempo, un nuevo hogar se levantó entre montañas y ríos mágicos.
Allí, las especies convivieron sin temor ni leyes de separación.
Era el reino de la unión, donde brujas, vampiros, demonios y humanos compartían un mismo destino.
Una tarde, mientras el sol caía, Lyra y Dante caminaron juntos por el valle, tomados de la mano.
El viento jugaba con sus cabellos, y a lo lejos escuchaban las risas de sus hijos y nietos.
Lyra apoyó su cabeza sobre el hombro de él.
—¿Crees que al fin logramos la paz?
Dante sonrió, besando su frente.
—Sí… pero la verdadera paz está aquí —dijo, poniendo su mano sobre su corazón—, donde siempre has estado tú.
El dragón sobrevoló el cielo, dejando un rastro de fuego dorado que iluminó la noche.
Y así, mientras la luna ascendía, el mundo de Lyra y Dante descansó al fin…
en paz, amor y libertad.