Sombras que arden

Capítulo 37 — El Legado de las Tres Lunas.

El amanecer llegó vestido de oro y esperanza.
El reino despertaba con una brisa suave, como si incluso el viento quisiera celebrar el día. Aquel no era un cumpleaños cualquiera: se conmemoraban los dieciséis años de los hijos mayores de Evelyn —la bruja de corazón puro y linaje sagrado— y el nacimiento y despertar de las nuevas trillizas, tres niñas que, según las runas antiguas, marcarían el rumbo del futuro de todas las especies.

En el palacio de cristal y fuego, Lyra observaba el valle desde los balcones altos. Su cabello, ahora con hilos plateados, brillaba bajo el sol de la mañana. A su lado, Dante sostenía una copa con vino oscuro, su mirada fija en los jóvenes que se entrenaban al amanecer.
Lucian y su esposa demonio estaban junto a los guardianes del consejo, mientras Evelyn ultimaba los preparativos para la ceremonia. Era una unión de linajes, un día donde las viejas heridas parecían cicatrices dulces que contaban historias de victoria.

La plaza principal se llenó de música, tambores elementales y antorchas que danzaban al ritmo del viento.
Los tres hijos mayores de Evelyn —Aiden, Cael y Lyssandra—, altos, fuertes y dueños de una magia mixta de fuego, aire y sombra luminosa, recibieron las insignias del Consejo de Vida: amuletos forjados del mismo metal que había sellado la guerra final.
A su lado, las tres nuevas trillizas —recién llegadas al rito del despertar— observaban con ojos curiosos, cada una con una marca distinta en el dorso de la mano: un dragón, una luna y una estrella.
Eran Mira, Selene y Nyra, nacidas bajo la alineación de tres lunas, símbolo de equilibrio entre las especies.

—Hoy celebramos el legado que defendimos con sangre y amor —anunció Elden, el abuelo de Lyra—.
—Y el inicio de una nueva era —agregó Dante, tomando de la mano a su esposa—. Donde nuestros hijos no hereden la guerra, sino la fuerza de haberla vencido.

Las familias se reunieron. Vampiros, brujas, demonios, dragones y humanos compartieron mesas y risas. Los niños jugaban con pequeñas chispas mágicas, los jóvenes entrenaban sus dones bajo la supervisión de los ancianos, y los dragones sobrevolaban el cielo, dibujando símbolos de unión.

Cuando el sol comenzó a caer, Evelyn reunió a sus hijos en el centro del jardín del palacio.
El Libro de la Vida, que había reposado en silencio durante años, flotó hasta ella, abriéndose por sí mismo. Las páginas se iluminaron con letras antiguas que solo Lyra comprendía del todo.

—El libro los ha reconocido —susurró Lyra, con una emoción que la hizo temblar—. Los seis… están destinados a continuar la historia.
—¿Los seis? —preguntó Dante, alzando una ceja.
—Sí —respondió Lyra con una sonrisa—. Tres que aprendieron de la batalla y tres que aprenderán del amor.

El aire se llenó de una energía vibrante.
Los mayores —Aiden, Cael y Lyssandra— extendieron sus manos sobre las de sus hermanas pequeñas, y una corriente dorada los unió. Las llamas del fuego sagrado danzaron en torno al círculo familiar, y del cielo cayó una lluvia de polvo luminoso: una bendición del mismo Árbol de los Elementos, que había presenciado la última gran guerra.

El libro se cerró con un suave eco, y sobre su tapa apareció un nuevo símbolo: seis marcas entrelazadas.
Las profecías decían que cuando el Libro de la Vida marcara un nuevo sello, un ciclo había terminado y otro comenzaba.

Lyra abrazó a Evelyn, ambas con lágrimas en los ojos.
—Has criado hijos fuertes —le dijo—. Hijos que saben lo que es la paz, pero que no olvidarán nunca de dónde viene.
—Gracias a ti, madre —respondió Evelyn—. Porque me enseñaste que incluso en la oscuridad, el amor puede tejer destino.

Mientras la noche caía y las lunas gemelas ascendían, la familia entera se reunió frente al gran fuego del valle.
Los jóvenes contaron sus sueños:
Aiden habló de explorar los reinos humanos;
Cael, de proteger los valles del norte;
Lyssandra, de enseñar magia a las nuevas generaciones;
y las trillizas, aún pequeñas, prometieron aprender de los seis elementos para que jamás regresara la oscuridad.

Dante tomó la mano de Lyra y susurró con ternura:
—¿Recuerdas cuando todo esto era solo una promesa entre especies que no podían amarse?
Ella sonrió, apoyando la cabeza en su hombro.
—Sí… y míranos ahora. Amor, familia, paz… y seis razones para seguir creyendo en la vida.

Las tres lunas se alinearon sobre el castillo, bañando de luz plateada a los hijos de Evelyn. El viento llevó un eco suave, como un canto antiguo que decía:

> “De la unión nació la vida,
de la vida el poder,
y del poder, la promesa
de que el amor siempre renacerá.”




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