Sombras que arden

Capítulo 38 — El Resplandor de Lunaria.

El sol ascendía lentamente sobre los picos escarlata del Reino de las Sombras Luz, bañando los jardines con destellos dorados que se mezclaban con el brillo violeta de las flores encantadas. Aquella mañana no era una más: el aire estaba cargado de emoción, de murmullos y risas, porque Lunaria, la hija de Lucian y su esposa demonio, cumplía dieciséis años.

El castillo se había vestido con tonos de fuego y luna. Lazos plateados colgaban de las torres, y antorchas con llamas azules marcaban los caminos hacia el gran salón del valle. Lyra y Dante llegaron temprano, acompañados de Evelyn, sus hijos y las mellizas; toda la familia estaba reunida para celebrar el nacimiento de una nueva heredera que llevaba en su sangre el poder de tres mundos.

Lucian la observaba desde el balcón superior.
Su hija, con un vestido negro y carmesí tejido con hilos encantados, caminaba entre los invitados con una elegancia que recordaba a su madre, pero en sus ojos brillaba la misma chispa de fuego dorado que él había heredado de Lyra.

—Parece mentira que ya tenga tu temple —dijo su esposa demonio, abrazándolo con orgullo.
—Y tu fuerza —respondió Lucian, sonriendo—. Nuestra pequeña ya no es tan pequeña.

Lunaria había pasado años entrenando bajo la guía de su abuela Lyra y de su tío Dante. Controlaba hechizos de fuego y sombra, y era capaz de comunicarse con los dragones del valle —algo que solo los de corazón puro podían lograr. Su don era la armonía: podía calmar las energías en conflicto, equilibrar fuerzas, sanar emociones.

Mientras la ceremonia avanzaba, Lyra tomó la palabra en el centro del gran salón.
Su voz resonó como un canto antiguo:
—Hoy, Lunaria, te presentas ante los reinos como portadora del equilibrio. En ti confluyen las tres sangres: la de las brujas, la de los vampiros y la de los demonios. Eres la promesa viva de que la unión no destruye, sino que crea vida.

El silencio reinó. Todos los presentes —ángeles, humanos, híbridos, brujos y demonios— se inclinaron ante ella.
Lunaria, emocionada, extendió su mano y el Libro de la Vida se abrió por sí mismo frente a ella, brillando con una luz purpúrea.
Las páginas giraron hasta detenerse en una que nadie había leído antes. Lyra se acercó lentamente, con los ojos abiertos de asombro.

—El libro la ha reconocido —susurró—. Es la portadora del Séptimo Equilibrio.
—¿Qué significa eso? —preguntó Evelyn, nerviosa.
—Que Lunaria tiene el poder de restaurar o quebrar la paz entre los mundos —respondió Lyra con solemnidad—. Su destino está entre la luz y la oscuridad.

Lucian miró a su hija, con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Entonces debemos enseñarle a elegir bien —dijo, apoyando una mano sobre su hombro.

La ceremonia continuó con danzas y cánticos, pero Lunaria no podía dejar de mirar el libro, que seguía brillando a su lado como si respirara junto a ella.
Se acercó a su abuela.
—Abuela… siento algo. Como si alguien me hablara desde dentro del libro.
Lyra asintió, con una sonrisa sabia.
—Esa es la voz de la vida, Lunaria. No todos pueden escucharla. Solo aquellos que han nacido para protegerla.

Mientras tanto, Dante observaba desde la distancia, con una expresión pensativa.
—¿Notas eso? —murmuró a Lyra.
—Sí… una energía antigua, una que no sentía desde la primera guerra —respondió ella en voz baja—. El libro no habla sin razón. Algo se aproxima.

En ese momento, las tres lunas del cielo comenzaron a alinearse. Un resplandor intenso iluminó el valle, y el aire se estremeció.
El fuego de las antorchas se tornó blanco.
Lunaria levantó la vista, sus ojos brillando con poder puro.
Y entonces, una frase se formó en el aire, escrita con luz:

> “Del linaje de la unión nacerá la guardiana del destino.
Su luz marcará el inicio del nuevo ciclo,
pero su sombra traerá la prueba final.”

El silencio se apoderó del lugar.
Lyra cerró el libro con delicadeza, miró a Lunaria y dijo con serenidad:
—Hija del fuego y la luna… el destino vuelve a moverse.

Lucian abrazó a su hija, sabiendo que aquel día no solo era una celebración.
Era el comienzo de una nueva profecía.

La música volvió a sonar, pero los corazones de todos los presentes latían con una mezcla de esperanza y temor.
Porque sabían que, donde el Libro de la Vida brillaba sin ser invocado, el mundo estaba a punto de cambiar otra vez.




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